Geraldina BACA-SPROSS
“No todo debe ser fortissimo”
Aprendió a tocar piano al escuchar cómo lo hacían otros. Calcula que sabe de memoria miles de piezas.
Por Juan Carlos Lemus
Fotos: Carlos Sebastián

Cuando los sentidos persiguen hacer contacto con el Universo, acuden al arte. Se da, entonces, una comunión (hombre-Universo) que es producto de una confabulación de fuerzas estructuradas de tal forma que el espectador goce de lo que el artista propone. Esas fuerzas, bien combinadas, son una buena producción.
En este sentido, concebir hechos artísticos como lo hace la Organización para las Artes Francisco Marroquín es como presidir una orquesta donde cada elemento funciona en perfecta armonía.
Tanto los laberintos como los terrenos empinados de la música, la administración de los recursos, todo requiere de ser acomodado desde sus cimientos hasta sus más altos puntos.
Esa es la responsabilidad que tiene la fundadora y presidenta de dicha organización que este año celebra sus bodas de plata, Geraldina Baca-Spross, quien en esta entrevista explica algunos aspectos concernientes a esa institución.
¿Cómo se originó su interés por el arte?
Mis padres me expusieron a la música clásica, a lecturas de biografías de los grandes compositores en versión infantil y a la asistencia a conciertos en forma regular. Poco después, llegó mi primer piano.
¿Cómo fue aquella época?
Como todas las mujeres de entonces, mi madre era una mujer muy apegada a las ocupaciones de la casa. Ella bordaba, cosía y cocinaba muy bien. Yo era muy pequeña, tendría uno o dos años, la acompañaba a hacer estas faenas del hogar y ella siempre oía música clásica. Mi madre me decía que yo lloraba cuando la escuchaba.
Era que la emoción de escuchar la música estaba llegando muy profundamente en un corazón tan tierno. A los cinco años, mis papás comprendieron que yo tenía un sesgo artístico y que no era para las artes plásticas, sino hacia la música.
Además, en esa época todas las niñas de mi edad bailaban ballet; había una academia muy prestigiosa a donde eran enviadas, pero mis padres tuvieron la sabiduría de evaluar, con gran pragmatismo, que por mi morfología yo no tenía camino en el ballet y que ya había demostrado ampliamente que lo que quería era tocar el piano.
Entonces, llegó para un mi cumpleaños un piano vertical muy lindo, muy tipo de casa, y me pusieron a recibir clases con un gran maestro que se llamaba Óscar Arzú, quien siempre fue un gran maestro y gran amigo de los niños.
¿En qué momento de su vida decidió que crearía un concepto de producción artística de tales magnitudes?
Cuando yo tenía 29 años de edad, trabajé con el Patronato de Bellas Artes y allí lancé mi primera producción, el espectáculo navideño Nueces y Cascabeles, y me apasionó la idea de llevar al escenario imágenes que yo creé para los niños. Comprendí que la producción musical iba a ser uno de mis fuertes.
Mi dedicación a esa fase llegó cuando asumí la presidencia del Comité de Música del Patronato, para luego florecer como presidente de la Organización, a partir de 1983.
Se tiene la idea de que el arte es la sufrida Cenicienta de los Estados, ¿qué opina usted?
Creo que es una verdad a medias. Primeramente, un talento como el artístico no espera por nadie. Surge y se posiciona en relación directa con la evolución del artista, sin esperar la mano del Estado.
El rol promotor que antes tuvieron los reyes o las casas nobiliarias ahora lo tienen las agencias privadas de conciertos al actuar como intermediarios entre el artista y los presentadores internacionales ante el gran público.
El soporte indispensable lo brindan los patrocinadores y benefactores y los medios de comunicación. Sin embargo, el caso de orquestas, compañías de danza o teatro, etcétera, es diferente.
En este caso, el rol del Estado es vital en todos los aspectos para su supervivencia y apoyo en el mayor de los casos, inclusive en la promoción. Pero lo que no se ha comprendido en muchos países, Guatemala entre éstos, es la importancia de este rol.
Los conjuntos artísticos son los mejores embajadores que un país puede tener para abrir caminos. Veamos el caso reciente de la Filarmónica de Nueva York en Corea del Norte hace unas semanas. Este es sólo un ejemplo. Hay muchos.
¿Cómo es la curva biológica, en el caso de los productores?
En el caso de los productores es muy similar a lo que ocurre con los pintores y sobre todo con los literatos. Tienen que llegar al punto de madurez. En primer lugar, para producir hay que conocer mucho de las emociones de la vida.
Hay algo que es sabio y es conocer la importancia de las pausas. En toda producción tiene que haber una pausa; usted no puede mantener a su público ni a los artistas en un clímax continuo, sino que siempre tiene que haber pausas en las que al público se le permite bajar para volver a subir en sus emociones.
Toda producción responde a un estímulo absolutamente humano y esa es la diferencia tan grande que existe en lo que llamamos “interpretación”. A veces, esta palabra está mal aplicada. Interpretar no es solamente poder ejecutar una obra, sino es interpretar lo que va a sentir un ser humano.
Es como cuando usted llama a su hijo, no lo llama tres veces de la misma forma; la primera tiene una intención, la segunda tiene otra y, posiblemente, la tercera, si el chico no responde, ya lleva un poco de enojo. La música tiene que representar cómo hablamos, con qué intención lo hacemos, a qué velocidad decimos tantas cosas, en qué tono; es saber decir algo.
Y esos conceptos, usted los aplica a todas sus producciones.
Totalmente. Siempre, en nuestras producciones existe eso, como que yo le estuviera a usted contando algo. Ni se lo puedo contar todo a gritos ni se lo puedo decir sólo musitando, tengo que contárselo con las diferentes variantes que genera cada acción. Piense en algún excelente director de cine y analice la película con base en las emociones. Hitchcock, por ejemplo, no nos va a mantener todo el tiempo inmersos en una emoción altísima.
Por eso se llama suspenso, porque va a llegar a cierto clímax y, de allí, baja; inclusive, los cuentos para niños, como los de Hans Christian Andersen o los Hermanos Grimm, y no digamos los literatos superiores como Pushkin, cuando usted los lee, mira esos descansos. Un buen programa musical es algo que a la gente le va a provocar respiro después de una obra que ha tenido una gran fuerza.
Incluso cuando se tiene un grado de virtuosismo muy alto, al público se le debe permitir volver a la calma.
Todo eso entra en juego a la hora de seleccionar un programa con los artistas y ellos lo saben muy bien. No deberían mantenerse hora y media con un nivel de virtuosismo exagerado, donde todo es un fortissimo y un prestissimo.
Es un error componer un programa con obras que solo requieren una alta excitación.
Según dicen, a veces es difícil tratar con artistas.
¿Cuál ha sido su experiencia?
Si, lo es. A lo largo de 25 años hemos sufrido una que otra experiencia desagradable por la falta de respeto que se observó en ellos hacia nuestro país. En algunos casos, no se prepararon suficientemente bien, subestimaron al público guatemalteco y ello nos causó roces y decepciones, en lo profesional y en lo personal.
El caso más notorio fue el de la cantante griega Nana Mouskouri, quien resintió la excelencia del Grupo Terracota y se encolerizó al punto de faltarme el respeto violentamente. Este caso fue público.
Pero en un 95 por ciento, el trato personal ha sido excelente y todos, sin excepción, quieren volver al país y a nuestro escenario.
En este sentido, es importante la impresión del país que ellos se llevan.
En efecto. Y los productores tenemos que comprender que los artistas que vienen al país son los mejores embajadores de Guatemala una vez se van; por eso es muy importante que nosotros seamos muy buenos en la organización de eventos.
Lamentablemente —y tenemos que aceptarlo—, puede ser que algún artista crea que como va a dar un concierto en América Latina no tiene que preparase tanto. Nosotros queremos mostrar a Guatemala no sólo con sus cualidades culturales, sino también por nuestra educación y nuestra eficiencia.
Por eso, seleccionamos muy cuidadosamente a quienes traemos. Tenemos muchas solicitudes de todo el mundo, pero trabajamos con agencias de conciertos de buena reputación.
Hasta la fecha, jamás hemos tenido a alguien se haya ido quejando de una mala organización. Alguna vez, en estos 25 años, he tenido problemas de salud y el concierto ha salido igual que si yo estuviera.
Así se nota, además, el amor de los directores de la Organización para las Artes, toda la devoción que tienen, pues logran que todo salga bien aunque yo no esté.
Supongo que tiene anécdotas, ¿puede compartir alguna?
Tenemos dos excelentes. En la década de 1980 invitamos al gran violinista Daniel Heifetz. Nos entrevistó el noticiero Aquí el Mundo, pero lamentablemente lo presenté como violinista y reconocido antropófago.
Quise decir ¡filántropo! Lo increíble fue que nadie se fijó y así salió al aire.
Otra anécdota fue en la iglesia de La Merced, cuando decidimos conmemorar el tricentenario del nacimiento de Bach, Haendel y Vivaldi. Mandamos hacer 300 pasteles para venderlos en el concierto y no se vendieron. Al día siguiente, los intentamos vender a Q20, y al segundo día, a Q5. Al tercer día, nos dimos a la tarea de regalarlos ante la pesadilla de seguir viéndolos alineados en nuestras casas.
¿Qué significa organizar eventos de ese tamaño?
En primer lugar, siempre hay que tener otra alternativa en caso de que haya cancelaciones o cambios; en segundo, encontrar el balance entre la vida personal y la profesional.
Esto no es fácil. Por algo se ha acuñado la frase “el show debe continuar”. Las vacaciones no son posibles en este trabajo, y, por último, marchar siempre con ideas novedosas.
Otro punto importante es ofrecer actividades para todas las edades y gustos. A ello se debe que llevamos a cabo el Festival Internacional Bravissimo, la Serie Galas y el Espacio Bambinos y Bombones (el festival para bebés y niños pequeños y sus familias).
¿Qué siente llegar a las Bodas de Plata de la Organización?
Como presidente fundadora, una gran felicidad y asombro. Como ser humano, agradecimiento a Dios, a nuestras familias y a todos los seres que han estado involucrados en este gran proyecto, sean los artistas, las grandes empresas, los medios de comunicación o las personas individuales que nos han rodeado durante todo este tiempo.

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