Semanario de Prensa Libre • No. 196 • 06 de abril de 2008

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En primera persona

Tiempo para protestar y para nacer
Gracias al Todopoderoso por ese día tan especial.

Debido al descontento del pueblo austríaco con la coalición política del gobierno de turno, en Viena se organizó una manifestación de protesta contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia, entre otras cosas, para el día sábado 19 de febrero del 2000.

Como guatemalteca residente en este hermoso país y como testigo de los acontecimientos de las dos últimas semanas, aparte de que los extranjeros habían sido llamados a participar, pensé que si en algo podría contribuir para una causa que significara un mundo mejor para mis descendientes, era asistir a la manifestación de protesta.

Sin embargo, ese mismo día, a las 10 horas, recibí una llamada del segundo de mis hijos. Su esposa, en estado de gestación, se preparaba para ir al hospital. ¡El trabajo de parto había comenzado! ¡Dios mío! ¡Era una noticia excelente! Mi reacción inmediata fue ir al hospital, pero luego me di cuenta de que únicamente se me permitiría estar con ellos hasta que naciera el bebé.

Yo iba a ser abuela por primera vez y por supuesto quería ser la primera en estar ahí. ¿Pero, qué hacer? ¿Asistir a la manifestación, que en ese momento consideré un deber cívico y humano, o cumplir con mi deber de abuela e ir a sentarme a una sala de espera por quién sabe cuánto tiempo? Al pensar en los momentos que se estaban viviendo y que ésta era mi única oportunidad para solidarizarme con el grupo activista, mientras que abuela lo iba a ser para el resto de mi vida, decidí ir primero a la manifestación y luego ir a esperar al hospital.

Llevé conmigo el celular de mi hija y acordé con mi hijo que me llamaría inmediatamente cuando naciera el bebé, luego yo iría al hospital. Calculé que el viaje me tomaría unos 15 minutos.

A las hora acordada, me uní al grupo latinoamericano de manifestantes. Fue tan emocionante desfilar detrás de los tambores brasileños al ritmo de samba. Una hora después, mis pensamientos iban de un lado para otro hasta un punto en que visualicé a una cigüeña. En ese momento, le pedí a la madre naturaleza que me permitiera ser la primera, después de los padres, en ver y abrazar al bebé que estaba por nacer.

Como no había escuchado el celular que llevaba conmigo, asumí que hasta el momento, nada había sucedido. A las seis de la tarde, consideré que mi participación era suficiente. Me separé de la manifestación y, acompañada de una amiga, fui a un café para tomar algo.

A las 18.30 horas, mi amiga recibió una llamada en su teléfono. Era mi hijo mayor. En ese momento me dijo lo que yo esperaba oír. ¡Era una niña y había nacido a las 16 horas! Tomé inmediatamente el transporte hacia el hospital y en el camino me di cuenta que jamás habría podido escuchar el sonido del teléfono en medio de la manifestación.

Para mi decepción, luego me di cuenta que, en lugar de ser la primera, fui la última en saber que ya era abuela, pues mis hijos habían llamado a nuestros familiares en Guatemala.

Llegué al hospital con un atraso de tres horas. Por la noche, de regreso a casa, le di gracias al Todopoderoso por haberme permitido vivir ese día tan especial, lleno de emociones. Para mí fue tiempo para protestar y para mi nieta (en foto, hoy tiene 8 años de edad), tiempo de nacer.

Marta G. González Molina
marta.gonzalez@chello.at

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