Semanario de Prensa Libre • No. 197 • 13 de abril de 2008

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D cultura

El escritor y su casa
La Historia de San Michele, donde Axel Munthe narra la construcción de su casa y su vida, es un monumento a la literatura mundial.

Por SÉbastien Perrot-Minnot
Fotos: cortesÍa de Villa San Michele (Peter De Ru)

Una casa dice mucho de la persona que la deseó. En la actualidad, uno de los atractivos turísticos de la encantadora isla italiana de Capri es la villa San Michele, situada en un promontorio rocoso.

Desde sus jardines, terrazas y ventanas se disfruta de una fantástica vista a la ciudad de Capri, a la accidentada costa y al azul tan intenso del mar Mediterráneo. Se mira también, en el continente, el monte Vesubio (el volcán que sepultó, en el primer siglo de nuestra era, las ciudades romanas de Pompeya y Herculano).

La villa San Michele se integra perfectamente en el paisaje de este montañoso rincón llamado “Anacapri”. El color blanco de los muros y los amplios arcos difunden profusamente la luz del sol a todas partes de la casa. Fuera y dentro de ella, las columnas de estilos antiguos, las esculturas romanas, etruscas y egipcias y el elegante mobiliario crean un ambiente sereno propicio para la contemplación y la reflexión.

Peter Cottino, director actual de la villa San Michele y vicecónsul de Suecia en Capri, opina que es “un lugar mágico” y “un ejemplo único y vivo de un sueño hecho realidad”.

Este sueño fue el del doctor Axel Munthe (1857-1949), médico y notable escritor sueco. Estudió en la Universidad de Upsala, en Suecia, antes de seguir en París, donde defendió su tesis en 1880, para convertirse en el médico más joven de Europa. Asistió a las clases del gran profesor Jean-Martin Charcot, precursor de la psicopatología, y conoció al famoso Louis Pasteur que inventó, en particular, la vacuna contra la rabia y el proceso de pasteurización.

Su consultorio en París experimentó un rápido éxito que hizo de Munthe un “médico de moda”. Pero este facultativo sueco demostró su valor e inagotable filantropía en circunstancias mucho más dramáticas, en particular durante la epidemia de cólera en Nápoles (1899), después del terremoto de Mesina (1908) y en el transcurso de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Afirmaba que “no se da nada a los hombres si uno no se da a sí mismo”. Su generosidad iba dirigida igualmente a los animales abandonados y martirizados, algo que siempre recuerdan las sociedades protectoras de animales.

Munthe era, además, un hombre de ecléctica cultura y hablaba fluidamente varios idiomas. Sus cualidades profesionales y personales le valieron el aprecio de los humildes y poderosos, y recibió una lluvia de condecoraciones de varios países.

A los 18 años llevó a cabo su primer viaje a Capri y se enamoró de la isla, o mejor dicho, de su parte más elevada, Anacapri. Allí construyó, durante años, la casa de sus sueños, a la que aportó constantes modificaciones, a la manera de un inquieto artista. “Mi hogar tiene que estar abierto al sol y al viento y a la voces del mar —como un templo griego— y con luz, luz, luz por todas partes”.

Eligió el lugar donde estaba la casa de su amigo y maestro Vincenzo y al poner los cimientos, se encontró con los vestigios enterrados de la quinta del emperador romano Tiberio. La vida en San Michele ayudó a Munthe a superar la desesperanza causada por la ceguera que le afectó en 1909 (pero en 1934, el médico recuperó la vista gracias a una operación). El testamento de Munthe dejó la casa al Estado sueco; el sitio es hoy administrado por la Fundación San Michele, cuyo propósito es también promover los intercambios culturales entre Suecia e Italia.

La pasión de Munthe por su casa recuerda la historia del cartero francés Ferdinand Cheval (1836-1924), que durante 33 años construyó su casa, designada como el “Palacio Ideal”. El edificio, que despertó el interés de destacados artistas, se considera como una obra maestra de la arquitectura naïf.

Pero Axel Munthe escribió también un libro sobre su casa: La historia de San Michele (1929), un monumento literario erigido por un explorador de la estructura del cuerpo humano y de las formas arquitectónicas.

A menudo suele existir una íntima relación entre el escritor, su producción literaria y su casa. Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Ernest Hemingway, William Faulkner, entre tantos más, sintieron una verdadera pasión por su hogar.

Dumas presentaba su castillo de Montecristo como la “Casa de sus sueños” y el parque del castillo, como “una reducción del paraíso terrenal…” En 1994, Marguerite Duras, Eric Lennard y Francesca Premoli publicaron en Francia, sobre este tema, un libro titulado Casas de escritores. En 1997, se fundó en la patria de Víctor Hugo la Federación de Casas de Escritores y del Patrimonio Literario. En varios países de Europa y del resto del mundo se desarrollan las iniciativas que buscan preservar y promover esas venerables viviendas.

La historia de San Michele mezcla las narraciones de la construcción de la villa y de la vida de Munthe. Y sin embargo, la humildad del autor lo obligó a aclarar: “Los unos la llamaron una autobiografía; otros, las memorias de un doctor. Me parece que no se trata de ni de esto ni de eso”.

El libro, traducido en más de 40 idiomas, tuvo un éxito planetario. Un éxito que Munthe no entendía: “Es más fuerte que yo, no entiendo nada de ello”, confesó un día a Pierre Benoît, de la Academia Francesa.

El destacado médico guatemalteco Rodolfo Herrera Llerandi, que leyó la obra maestra literaria de Munthe y visitó la villa en la década de 1950, considera que todos los estudiantes de Medicina deberían de conocer La historia de San Michele, aunque por supuesto, el libro transmite un mensaje universal más allá de la ciencia en mención. A pesar de que Munthe reconocía que la muerte, su “siniestra colega”, raramente estaba ausente de sus pensamientos, La historia de San Michele es definitivamente un canto a la vida y al amor.

En su villa de Anacapri, el médico Munthe hubiera podido decir como el poeta español Juan Ramón Jiménez: “El sol de la vida entra por mi ventana”.

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