AMOR
sin límites
Carecer de algún sentido no ha limitado a muchas parejas a formar una familia y disfrutar a plenitud la vida.
Por Francisco
Mauricio MartÍnez fotos: Carlos
sebastiÁn
La imposibilidad de hablar, oír o mirar es para muchos sinónimo de familias sólidas y para ninguno de sus integrantes significa anormalidad. Se levantan de madrugada, trabajan, educan a sus hijos, practican deportes, cocinan, se divierten y discuten sus problemas cotidianos de acuerdo con sus propios códigos de comunicación.
La situación y el momento en que Cupido flechó a cada una de estas parejas son diferentes, lo único que tienen en común es que, casi siempre, el primer coqueteo sucedió durante cierta actividad cultural, social, educativa o deportiva, organizada por alguna de las instituciones que se dedican a atender personas con discapacidad.

Después de algunos años de noviazgo, donde abundaron las conversaciones, paseos y visitas a restaurantes, decidieron jurarse amor eterno ante las leyes y la Iglesia, y en la actualidad forman familias con hijos que no han heredado su discapacidad.
En Guatemala se desconoce cuántas personas carecen del sentido de la vista o el oído debido a que no se ha llevado a cabo un censo nacional de discapacidad. El único dato con que se cuenta es la Encuesta Nacional de Discapacidad 2005 que levantó en 35 mil hogares el Instituto Nacional de Estadística asesorado por el Consejo Nacional para la Atención de las Personas con Discapacidad (Conadi).
Éste proyectó que 401 mil personas tienen algún tipo de discapacidad, de las cuales el 27 por ciento padece de algún grado de deficiencia visual, el 21 sordera y el resto otro tipo de limitación.
Nació el amor
Reyna Elizabeth Estrada (32), por ejemplo, no olvida el momento, en 1992, cuando Carlos Pontaza Gallo (39) —quien trabajaba en el Departamento de Transcripciones al Sistema Braille en el Comité Prociegos— le ofreció ayuda para resolver una tarea en inglés, sin tener conocimiento de este idioma.

También recuerda la vez, en ese mismo año, en que un amigo le pidió el número telefónico de su casa, y Carlos lo escuchó y memorizó. Días después, la llamó; empezaron un noviazgo y se casaron en 1995.
Pocos meses después de la boda, Reyna dio la noticia a su esposo de que estaba embarazada, quien no dejó de sentir cierto temor por la posibilidad de que el bebé heredara el padecimiento (desprendimiento de retina) que lo dejó ciego cuando contaba con 10 años de edad.
Meses después, nació Gerrson Eduardo (12), quien actualmente cursa el sexto grado de primaria en la Escuela República de Ecuador, y padece un nivel de miopía. “Por los riesgos, solo lo tuvimos a él”, dice Reyna.
Otras parejas, en cambio, han llegado al altar por las actividades deportivas que periódicamente practican. Los encuentros de futbol en el Campo de Marte, en el traslape de 1970 y 1980, permitieron que Leonel López (60) y Mirna Regina Bran (48), ambos sordos, iniciaran una relación sentimental.
Él formaba parte del equipo Los Ángeles Sordos, que utilizaba una camisola azul y blanco con un quetzal en el pecho. Ella llegaba a animar al equipo, y fue en esos momentos cuando principió la química.
Para ganarse el amor de Mirna, la invitaba a pasear a cualquier lugar de la capital, y algunas veces comían juntos, momentos que aprovechaba para cortejarla. Leonel relata, a través del lenguaje en señas, a su hijo Leonel Adolfo (19), que uno de sus lugares favoritos para comer era un restaurante de comida china que estaba ubicado en la 7a. calle y 4a. avenida de la zona 1.
Los primeros galanteos sucedieron en 1985 y tuvieron como momento cumbre cuando ambos se juraron amor eterno el 27 de febrero de 1988. El matrimonio tuvo como frutos a Leonel y Melissa María (14).
“Vamos a ser papás”
La noticia de la paternidad ha sido una de las que mayor impacto ha causado en la vida de estas familias. Claudia Somoza (35), quien reside en Palín, Escuintla, no olvida ese momento. “¡Dios mío!”, recuerda que se dijo a sí misma, cuando supo que estaba embarazada. Lo increíble era que esto sucedía después de que había tenido problemas de salud, por lo que ser madre era casi un sueño. “Yo, supuestamente no podía tener hijos porque me habían operado un ovario”, indica esta mujer con deficiencia visual.
Lo que nunca imaginó Claudia fue que, junto a su esposo Byron Aldana (35), con el tiempo integraría una familia numerosa. Después de 11 años de haber unido sus vidas, son padres (“hasta el momento”, dice ella, entre risas) de Ángel Israel (10), César Gustavo (7), Violeta Mercedes (5) Milton Raúl (3) y Fátima (11 meses), todos sin problemas visuales.
Se casaron cuando tenían 24 años, pero sus primeros acercamientos los hicieron cuando tenían 16 años, y ambos estudiaban la educación primaria en la Escuela para Ciegos Santa Lucía, ubicada en la zona 11. “Ahí nos conocimos, y desde ese momento no nos soltamos”, relata Claudia, quien con nostalgia recuerda que pese a que era prohibido entablar relaciones sentimentales en el internado, “nos veíamos a escondidas de la directora”.
Las carreras del día
Rosa Elena Castillo (33) y Mario Jerez Mauricio (40) forman una pareja de invidentes que reside en Palín, Escuintla. Ella cuenta que antes de casarse, su vida era muy triste, debido a que vivía sola junto a su madre. No tenía con quién salir o platicar, y deseaba tener alguien con quien compartir su vida, “en eso, se me atravesó él... desafortunadamente”, dice en broma. “Lo que pasa es que soy guapo”, responde su esposo, entre risas.
Durante el día, ella cumple con las tareas de ama de casa, mientras su esposo trabaja en una finca de café ubicada a tres kilómetros de distancia. Lava, plancha, cuece los alimentos y está al tanto de los juegos de sus hijos, Ana Sofía Alejandra (4) y Josué Antonio (3). Para Rosa nada es complicado, lo único que le cuesta un poco es darse cuenta del momento en que debe retirar la comida del fuego, cuando está en su punto de cocción. “Lo que hago es probarla”, explica.
El orden de colocación de la ropa, los enseres de cocina y herramientas de trabajo son condiciones clave en el funcionamiento de esta familia. Esto permite encontrar en cualquier momento lo que están buscando.
Mario, por ejemplo, sabe perfectamente en dónde están guardadas cada una de sus prendas de vestir, para lo cual su esposa, después de lavarlas, las ubica en el lugar de siempre. Lo mismo sucede en la cocina. “Conozco dónde están mis utensilios, y si no los encuentro es porque mis hijos me hicieron una travesura, por lo que me los tienen que buscar”, relata Jerez.
La intuición es otra de las habilidades que gozan las personas con discapacidad visual. Cuando el silencio se adueña de la casa, ambos padres empiezan a sospechar que algo “malo” podrían estar haciendo sus hijos. Los llaman y les preguntan qué están haciendo, y para asegurarse de que les están diciendo la verdad les ordenan que les pongan en sus manos lo que están jugando. “Si es peligroso, les digo que eso no lo deben hacer”, cuenta.
El sueño de todos
Sin titubeos, estas parejas aseguran que su mayor afán es que sus hijos estudien y sean personas de éxito. Por eso, se esfuerzan a diario y los apoyan en las tareas escolares, como lo hace cualquier pareja. Pontaza (licenciado en Ciencia Política y su esposa en Ciencias de la Comunicación), por ejemplo, dice que su gran sueño es que Gerrson se gradúe de ingeniero civil o en sistemas. “Deseamos que sea una persona de bien y que supere lo que nosotros hemos logrado en lo académico”, cuenta.
Para ayudarlo, sobre todo en época de exámenes, sus padres emplean algunas estrategias especiales. Una de las que más utiliza Carlos es grabar, con la voz de su hijo, los contenidos de las materias en una cinta magnética, los cuales escucha y analiza, para posteriormente hacerle preguntas.
Otra manera es que el niño le lea los cuestionarios y su padre los transcribe al sistema braille. Esto le permite al padre plantearle las preguntas de manera verbal a su hijo en cualquier momento.
No a todo se les cumple este deseo, ya que el dinero le es insuficiente. Este es el caso de Leonel (19), hijo de Leonel y Mirna, quien debido a problemas económicos abandonó sus estudios cuando cursaba el 4º. grado de bachillerato. En la actualidad trabaja como mensajero en la Asociación de Sordos de Guatemala (Asorgua), aunque también cumple con el trabajo de intérprete de personas sordas. “Yo lo que más deseo es que siga en la universidad y forme una familia”, expresa su madre por medio de señas.
Conocer otros mundos
Algunos han tenido la suerte de residir en el extranjero por años, gracias a becas y programas de capacitación.
Leonel trabajaba, en 1990, en una imprenta, y Mirna en una maquila, ambos tuvieron la oportunidad de viajar ese año a Estados Unidos, lo cual les permitió recorrer ciudades como Los Ángeles, Texas y Nueva Orleáns. En este periplo, ella se dedicó a cuidar niños sordos y él pintaba casas y además trabajaba en agricultura. “Nos regresamos porque mi hermana (Melissa) padece de asma y el clima de allá le afectaba”, cuenta Leonel (hijo).
Estos años les permitieron a la pareja aprender el inglés por medio de señas. El momento fue aprovechado por el hijo, quien también aprendió hablar este idioma gracias a la relación que sostenía con los niños de la escuela, sus vecinos y los hijos de los sordos de ese país con quienes mantenía contacto la pareja. Leonel (hijo) cuenta que debido a la falta de práctica se le está olvidando el inglés, tanto hablado como en señas.
Esta familia aún recuerda con asombro las facilidades que tienen para desplazarse y comunicarse los discapacitados en ese país. Cuentan que era normal encontrar intérpretes en cualquier lugar en caso de urgencia, aparatos para adaptar a los teléfonos y comunicarse por medio de mensajes escritos. (Ahora lo hacen por medio de teléfonos celulares.) También regresaron maravillados de la limpieza de las ciudades, y no olvidan los recorridos que hicieron en algunos museos, galerías de arte y otros centros culturales.
Angélica Lissette Leal (39), quien trabaja en el Departamento de Recursos Humanos de McDonald’s y Luis Vásquez (38) que lo hace en Conadi (ambos sordos) también tuvieron la oportunidad vivir en EE. UU., durante dos años. Los dos, por separado, fueron elegidos en 1990 para gozar de una beca en Pensilvania y capacitarse en Publicidad y Literatura. También debieron aprender inglés. “Esta experiencia nos permitió conocer otras culturas”, indica Angélica, a través de su hijo Pablo André (10), quien cursa el 4º. grado de primaria.
Cuando viajaron a esa ciudad no tenían ningún tipo de relación, pero cuando permanecieron en dicho país tuvieron la oportunidad de salir juntos algunos fines de semana, debido a que en el internado era prohibido mantener relaciones sentimentales. Las veces que lo hicieron aprovecharon para comer en restaurantes, recorrer la ciudad y conocerse un poco, lo cual sembró la semilla del amor en la pareja, que regresó a Guatemala en 1992.
Fue hasta volver cuando se dieron cuenta de que sentían cierta atracción, lo cual se puso de manifiesto cuando se reencontraron. “Me enamoré de ella porque mostraba tener buenos sentimientos”, dice Luis. Después de más de dos años de noviazgo, se casaron en 1995, ahora tienen dos hijos. Pablo André (6) estudia preparatoria y Luis Pedro (5), que está en párvulos.

La adaptación
La vida entre estas familias transcurre con toda normalidad, bromean a la hora de las comidas o cuando se reúnen con sus amigos. Están al tanto de lo que sucede en el país, ya que (los ciegos) escuchan las noticias que transmiten las radioemisoras y la televisión; en el caso de los sordos se las transmiten por señas sus hijos. También ven películas (para sordos, mejor si están tituladas), y los ciegos las escuchan y sus hijos les describen escenas.
En la vida cotidiana es fundamental el papel de los hijos, quienes ayudan a sus padres para las actividades se puedan hacer en menor tiempo y con mayor exactitud. Gerrson, por ejemplo, ayuda a sus padres a seleccionar los productos en el supermercado, observar los precios y ordenar los billetes. También es el encargado de llevar el control de las facturas y recibos de servicios, como el agua, luz y teléfono. “Él nos presta sus ojos”, expresa su madre.
También ayudan a sus padres a llegar de manera más rápida y segura a lugares conocidos o encontrar direcciones nuevas. Jerez Mauricio cuenta que los niños avisan cuando pueden atravesar una calle en forma segura, dónde hay un hoyo o cualquier otro obstáculo. También, sin necesidad de preguntar a las personas, sube y baja de los autobuses urbanos. “Las primeras veces uno les enseña los lugares, después, ellos lo llevan a uno más rápido”, indica.
La comunicación entre los integrantes de estas familias es fluido y normal, debido a que los hijos desde pequeños aprendieron el lenguaje de sus padres, y el que utiliza la mayoría lo captaron de su entorno, como familiares y amigos. Esto les permite entender desde los estados de ánimo, incluso los regaños, que reciben de sus padres por algo que no hicieron de buena manera. “Yo no tuve problemas para aprender a hablar, porque estaba rodeado de personas que tenían esta capacidad”, comenta Leonel.
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