Semanario de Prensa Libre • No. 197 • 13 de abril de 2008

Portada | Archivo | Contacto | Directorio


   > Editorial
   > En primera persona
   > Cartas
   > D frente
   > D fondo
   > D todo un poco
   > D base de datos
   > D oficios
   > D salud
   > D portafolio
   > D mundo
   > D farándula
   > D viaje
   > D Punto final

 


En primera persona

Aquellos días, en Zacapa
Mi abuela dijo: “Señales en cielo, desgracias en la Tierra”.

Soy originaria de Zacapa. Recuerdo que cuando tenía unos 14 años, solíamos las y los jóvenes ir al parque central, los martes, jueves y domingos, que eran noches de marimba en el aquel entonces moderno quiosco inaugurado en la década de 1960 por el entonces alcalde Manuel de Jesús Velásquez (QEPD, mi padre, asesinado en la década de 1980).

Había una tradición muy bonita: las mujeres caminábamos alrededor del parque en sentido de las agujas del reloj, mientras los varones, los patojos, en sentido contrario a nosotras. Esta tradición era con la intención de que en cada vuelta los varones pudieran vernos, a las mujeres jóvenes, para entablar un romance. Nos reíamos y platicábamos de todo durante la caminata mientras duraba el concierto de marimba. Esta tradición se perdió, como el bonito quiosco, derribado por las últimas autoridades municipales de Zacapa.

Dentro de estas tradiciones, los hombres acostumbraban ponerse botas, espuelas, sombrero, pistola y navaja en la cintura; ahora, hay que agregar el celular. Los muchachos han cambiado el sombrero por la gorra (algunos la usan al revés), cambiaron las botas por los tenis, y el pantalón de lona lo usan muy flojo, pero la pistola sigue: una escuadra u otra clase de arma de fuego.

Era costumbre, en aquellas noches de calor, que la mayoría de la población adulta sacara sus sillas a la calle para refrescarse un poco antes de dormir; también era común escuchar descargas de pistolas. Se esperaba siempre que otra pistola contestara. Era normal, no causaba alarma.

Pero esta tradición se ha agravado. Fuimos con mis hijos a pasar las fiestas de fin de año, y la costumbre de disparar a medianoche no se ha dejado, sino se ha intensificado demasiado. Ahora son tantas descargas por todos lados, que forman una lluvia de balas.

Sentí terror porque no se sabe dónde caerán. No se tira hacia los cerros, los descampados, sino en plena ciudad, sin importar lo que pueda pasar. Es recurrente que mucha gente comente que en la noche le cayeron proyectiles en su cama o en su patio. Es necesario que las instituciones que legalizan el uso de armas divulguen que esto es peligroso, sobre todo para los niños que juegan en los patios de las casas y los ancianos que descansan en sus amplios corredores.

Recuerdo, finalmente, que unos meses después del terremoto de febrero de 1976 fuimos al parque con mis hermanas y primas. Estábamos en plenas vueltas cuando pasó por el cielo una enorme bola de fuego, como un cometa enorme, que lo iluminó todo y parecía de día. Nos dio pánico y salimos corriendo.

Mi abuela dijo: “Señales en el cielo, desgracias en la Tierra”. Y todo ello se ha cumplido, porque son enormes las desgracias que hemos vivido: desastres naturales, violencia y muerte.

Añoro y extraño aquellas noches de marimba, de alegría con mis primas y hermanas, aquella paz con la que caminábamos en las calles, sin lluvia de balas.

Maritza VelÁsquez Estrada

La vida está llena de anécdotas, unas tristes, otras alegres,
pero también hay sucesos fantásticos y heroicos. Cuéntenos la suya.
Envíela a revistad@prensalibre.com.gt o por correo a 13 calle 9-31 zona 1, 9o. piso.


   

© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.

www.prensalibre.com