Semanario de Prensa Libre • No. 198 • 20 de abril de 2008

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Punto final

La actualización de un eterno código moral

La crisis financiera de Estados Unidos afecta la estabilidad inmobiliaria del Viejo Continente.

Por EDUARDO PORTER

Resulta difícil establecer reglas que duren para siempre. La reciente sugerencia de un obispo de la Oficina del Pecado y Penitencia del Vaticano, en cuanto a que la globalización y la modernidad dieron origen a pecados diferentes a los que se remontan a tiempos medievales, para muchos fue algo similar a un reconocimiento de que el mundo, efectivamente, está cambiando.

Las normas, creadas cientos de años atrás, para guiar la conducta humana en una pequeña sociedad agrícola, no podrían representar a la globalizada economía informática de tipo posindustrial. Si bien es discutible, nuevas conductas pecaminosas que menciona monseñor Gianfranco Girotti, regente de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano, para muchos católicos contemporáneos son de mayor relevancia que la contracepción, como la contaminación del ambiente, el narcotráfico, participar en manipulaciones genéticas o provocar desigualdades sociales.

“Si el pecado de ayer tenía una dimensión más bien individualista, hoy tiene un valor y resonancia que es, sobre todo, social, debido al gran fenómeno de la globalización”, declaró Girotti al diario L'Osservatore Romano.

El pecado, sin embargo, no soporta bien las manipulaciones. Muchos pensadores católicos reaccionaron vigorosamente en contra de la idea de que hacían falta nuevos pecados para complementar o suplir el canon clásico. Acusaron a la Prensa de exagerar las palabras de Girotti. Su reacción puso de relieve el grado de dificultad que la Iglesia enfrenta para manejar un código moral fundamentado en verdades eternas en una época de cambio vertiginoso.

Desde hace mucho tiempo, el Vaticano ha estado desgarrado por su tensión entre el dogma y el mundo exterior. Sin embargo, eso podría aplicarse a cualquier religión: resulta más difícil un reajuste de las normas cuando se supone que la verdad es inamovible para siempre.

Los beneficios fundamentales de las religiones, a diferencia de otras instituciones mundanas, a menudo se relacionan con la vida después de la muerte. No obstante, algunos científicos sociales argumentan que muchos de los beneficios de la membresía en la Iglesia serán recibidos de este lado de la muerte. Lo que se gana no difiere mucho de las ventajas de un club de personas con mentalidad similar. Las religiones proporcionan reglas por las cuales vivir, solaz en tiempos de problemas y un sentido de comunidad. Algunos estudios económicos sugieren que lo anterior puede fomentar mayores niveles de educación e ingresos; mayores índices de matrimonio y menos divorcios.

Un club o asociación de este tipo necesita reglas firmes y creíbles. Al igual que el matrimonio, la membresía será más valiosa mientras mayor sea el compromiso que tengan otros participantes con la causa común. Normas exigentes —digamos, celibato o evitar la carne durante la Cuaresma— contribuyen a incrementar el sentido de compromiso.

Gary Becker, economista y ganador del Premio Nobel, comenta que las reglas estrictas eliminan a los gorrones que desean gozar de los beneficios de la membresía pero están reacios a invertir el celo necesario en la empresa. Las reglas proporcionan puntos de compromiso —como planes de 10 puntos para dejar de beber. Asimismo, forman vínculos más estrechos mediante una sustitución de tabúes —como el consumo de bebidas alcohólicas y el baile— por actividades aceptables, como rezar los domingos o ir al catecismo.

Larry Iannaccone, economista por la Universidad George Mason que ha estudiado diversas religiones, nota que algunas de las más exitosas, como los testigos de Jehová o los cristianos pentecostales, que tienen congregaciones muy fervorosas, exigen estrictos requisitos. Las religiones que relajan las reglas lo hacen a su propio riesgo.

“Las religiones están en la inusual situación en que rinde beneficios efectuar exigencias gratuitamente altas”, comentó Iannaccone. “Cuando debilitan las exigencias que les hicieron a sus integrantes, socavan su credibilidad”.
El Vaticano se muestra atento, en particular, a estos rigores. El catolicismo ha perdido impulso en muchas partes del mundo.

Tan solo 24 por ciento de los adultos estadounidenses se identifica con la Iglesia (Católica), aunque más de 31 por ciento dijo que había recibido educación bajo ese credo. En Italia, solamente una de cada cuatro personas entrevistadas en un sondeo de opinión efectuado en el 2002 respondió que la religión le era de suma importancia.

Muchos tradicionalistas atribuyen el descenso de la Iglesia al debilitamiento de sus rigores. Creen que fue dañada por el Concilio Vaticano II de los años 1960, el cual buscó un acercamiento de la Iglesia con la gente, en mayor medida; proclamó la libertad de culto, acogió de buena gana a otras religiones cristianas y reconoció la verdad en otros credos.

Así que quizás no cause sorpresa que la Iglesia haya estado empujando en la otra dirección. El papa Benedicto XVI revivió ritos que habían sido abandonados tras el Concilio Vaticano II, al reafirmar el viejo control de la Iglesia sobre la verdad.

En este contexto, una actualización de pecados, de forma que se pudiera eliminar el énfasis en las faltas individuales y más bien se desviara el enfoque sobre crímenes sociales que mostraran una responsabilidad colectiva, podría ser engañosamente difícil. Los nuevos pecados podrían ser un modelo más apto para el mundo moderno, pero corren el riesgo de ganarse la enemistad de la membresía.

The New York Times

   

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