Semanario de Prensa Libre • No. 198 • 20 de abril de 2008

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D frente

“Soy una sobreviviente”
Es lo que Norma Cruz afirma, después de enfrentarse a tres situaciones: violencia contra su hija, la guerra y el cáncer; a pesar de todo, sigue adelante.

por Julieta Sandoval
Fotos: Carlos Sebastián

A sus 47 años, Norma Angélica Cruz Córdova ha llegado a ser una sobreviviente, es decir, una persona que toma el poder de la situación, se enfrenta a ella y sale fortalecida. Sin embargo, la prueba más difícil que tuvo que resistir fue el abuso por parte de su ex esposo en contra de su hija. Esto la llevó a organizar la Fundación Sobrevivientes. “Creo que todo lo que es positivo tiene que pasar por un parto doloroso, y eso fue lo que pasó con la Fundación”, comenta.

En esta entrevista habla de lo que ha vivido.

¿Qué la hace crear la Fundación Sobrevivientes?

La iniciativa empieza cuando me toca enfrentar el caso de mi hija, quien fue víctima de abusos y violación por parte de quien fuera mi esposo. Me tocó enfrentar la violencia contra las mujeres, en especial la sexual. Un tema del que se habla poco, pero que tiene un impacto grande. En el trayecto de ese caminar me di cuenta de la falta de organizaciones que atendieran esta problemática. Ahí surgió la Fundación Sobrevivientes. Empezamos en el asunto de la violencia sexual, pero luego se sumó la agresión intrafamiliar y, más tarde, familiares de mujeres asesinadas se acercaron.

Durante el proceso de su hija, ¿qué fue lo más difícil de enfrentar?

El hecho de que a las mujeres no se nos cree. En la sociedad hay todo un patrón de conducta machista, en donde hasta las mujeres justificamos los hechos de los hombres. Quienes sí creyeron nos recomendaban no hacerlo público por la vergüenza social, era mejor solucionar el problema en casa. Esa fue la parte más dolorosa. En Guatemala, si te violan es porque te lo buscaste, si te golpean es porque algo se hizo mal, y si te matan es porque andabas en malos pasos; siempre hay una justificación.

¿La violencia contra la mujer se observa en cualquier clase social?

Éste no es un problema de gente pobre, se da en todos los niveles económicos. Hemos atendido a esposas de finqueros, de profesionales, autoridades del sistema de justicia y a funcionarias. Es un asunto de patrones de conducta, en donde se dice que la mujer vale menos y, si no cumplimos con los requisitos, el hombre tiene autorización de la familia y de la sociedad para agredirnos.

Esto acabará cuando eduquemos a nuestros niños con otros patrones en el hogar y en la escuela; cuando les enseñemos sobre los derechos de las mujeres, a respetarlas, a no agredirlas, y que hay leyes que las protegen. No hay por qué aguantar palo, todo eso puede cambiar.

Antes luchaba por los derechos en general.

Luchaba por una mejor Guatemala, sin violencia, para que hubiera justicia, paz; pero nunca me había tocado vivir en carne propia lo que era un acto de violación a los derechos fundamentales por ser mujer. A veces somos grandes activistas, pero sin tener conciencia de género, eso me nació con el caso de mi hija. Me di cuenta de la dimensión del problema, el silencio y la impunidad, que aumenta para la mujer.

¿Cómo se inició en el activismo social?

Yo nací en una época muy convulsionada, en 1962, cuando había solo gobernantes militares. Tuve la experiencia en una familia que, por sus ideas progresistas, fue perseguida por las fuerzas de seguridad. Desde pequeña tuve que refugiarme; muchas veces llegaron judiciales con gorros pasamontañas a allanar mi casa, a veces se llevaron a algunos miembros de mi familia, quienes aparecieron en cementerios clandestinos, y otros fueron ejecutados en sus hogares. Ahí me nace la conciencia en el marco de los derechos humanos, y a muy corta edad empecé a tener una participación muy activa en la Iglesia Católica, tratando de encontrar respuestas.

Comprendí las grandes desigualdades e injusticias. Desde la Iglesia hice trabajo misionero, lo que me llevó a querer en algún momento ser religiosa, porque pensé que desde ahí podía canalizar toda esa ansia que tenía para llevar amor, y calmar el dolor de la gente que estaba sufriendo.

¿Qué la hizo ya no ser religiosa?

La violencia en Guatemala empezó a ponerse cada vez más fuerte, con la quema de la Embajada de España, que coincidió con el asesinato de un miembro de mi familia. Eso me llevó a la decisión de integrarme al movimiento revolucionario, en donde estuve desde 1981 hasta la firma de la paz (1996). Estuve, aproximadamente, seis años en calidad de refugiada en Nicaragua, en los años más difíciles de la tierra arrasada en Guatemala.

Actualmente, ¿cree que sí valió la pena el enfrentamiento armado?

Creo que la historia nos coloca a todos en determinadas situaciones en donde se toman opciones. Al mirar hacia atrás se observan los momentos cuando Guatemala era gobernada por tiranos, cuando quien pensaba diferente era eliminado. No hubo otra opción.

Prueba de eso es que mucha gente se alzó en el movimiento revolucionario sin ser comunista ni marxista, sino simplemente por tener un pensamiento democrático, por querer cambiar al país que teníamos. No me pongo a pensar si la Guatemala de hoy es por la que luchábamos, porque nos quedamos cortos, pero ha cambiado. Al no haber militares en el poder, hay una democracia incipiente y una libertad de expresión. El costo fue alto, pero era el que debía pagarse por tener lo que ahora tenemos, aunque quisiéramos que fuera mucho más.

¿Cuándo volvió a una vida tranquila?

Al firmarse la paz. Quienes estuvimos en el movimiento teníamos que regresar a nuestro punto de partida, entonces, se da una etapa de discernimiento. Para mí, en 1997 empezó un proceso de pensar en donde centrar mis esfuerzos y aportar toda la energía y experiencia que acumulé. Pero la experiencia que pasé con mi hija me señaló el camino. Fue doloroso, porque muchos testimonios hablan que la crueldad vino del Ejército; en mi caso, provino dentro del movimiento revolucionario. Eso me confirma que la violencia contra la mujer no tiene bandera política.

Yo soy creyente, católica, con una fe muy grande, que he mantenido toda mi vida. Esa fe me ha dado fortaleza para sobrevivir.

¿Nada la ha hecho dudar de esa fe?

(Silencio). Sólo hubo una vez que sí me peleé. Fue en 1982, cuando murió mi primer hijo en medio de las ofensivas. Un bebé de cinco meses, precioso. Me dolió mucho. De acuerdo con las creencias religiosas, en mayo la Virgen recoge angelitos; pero no es eso, lo que sucede es que con las lluvias se disparan los parásitos y nuestros niños se mueren de enfermedades curables. Al mes de esa dolorosa pérdida me detectaron un cáncer, en ese entonces tenía 19 años. Fueron experiencias muy duras y por eso sí me enojé con Dios, porque le decía que no era justo.

¿Sobrevivió al cáncer?

Sí. Creo que Dios para algo me ha querido viva, porque soy una sobreviviente del cáncer, de la guerra y de la violencia hacia mi hija.

Para finalizar... Yo soñé con dejarle a mi hija una Guatemala diferente, pero no se la pude heredar; ahora sueño con heredársela a mis nietas, para que ellas sí puedan disfrutar de un país diferente.

Creo que Norma Cruz no sería lo que es hoy, ni tendría el compromiso que hoy tiene ni la visión, si no hubiera pasado por todo esto.

Además

  • Para crear la Fundación se solicitó al Congreso de la República un fondo, el cual fue aprobado en noviembre del 2005 por Q2 millones y medio. Se entregó en julio del 2006, y así surgieron el centro y el albergue.
  • Han atendido a 10 mil mujeres hasta el 2007. Entre 50 y 60 mujeres acuden a la organización a diario. Ahí trabajan 35 personas —abogados, psicólogos, trabajadores sociales y personal administrativo—. “Somos la única organización no gubernamental que publica en su página web en qué gastan los aportes que recibimos”, comenta Norma Cruz.
  • Fue miembro del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP).
  • Fundadora del Frente de Pobladores de Guatemala (Frepogua).
  • Acompañó el surgimiento del Consejo Nacional de Desplazados de Guatemala.
  • Estuvo en los primeros años como acompañante de la Comisión Nacional de Viudas de Guatemala (Conavigua), con Rosalina Tuyuc.
  • Fue parte de la Oficina Múltiple de la Conferencia de Religiosos de Guatemala, en donde se daba acompañamiento a las víctimas del conflicto
 
   

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