Semanario de Prensa Libre • No. 213 • 03 de agosto de 2008

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D viaje

Donde la tierra no termina
Quiché esconde un exótico lugar, en el que es posible ver el vuelo del quetzal.

Imagen

por ROBERTO VILLALOBOS
FOTOS: CARLOS SEBASTIÁN

San Miguel Uspantán, municipio al este de Quiché, es uno de esos lugares poco conocidos por los guatemaltecos, pero de los que más entusiasma a los turistas extranjeros, en especial a los aventureros.

Su historia se remonta hacia 1529, cuando los españoles trataron de conquistar en dos ocasiones a la ciudad uspanteka; sin embargo, los ibéricos fueron derrotados. Por fin, un año después, los colonizadores pudieron dominar a la aguerrida población, que fue reducida drásticamente, al punto de que para 1660 sobrevivían tan solo 300 personas de aquella etnia, cuando vivían unas 700 en un inicio.

El 11 de octubre de 1825, Uspantán fue decretado municipio, que en aquel entonces pertenecía a Totonicapán, pues en aquellos días aún no existía el departamento quichelense, establecido hasta 1872.

Para el descanso

El pueblo está rodeado de montañas, ríos y lagunas. Su gente presume de la tranquilidad y paso lento con el que transcurren sus días.

El edificio municipal, la iglesia, el mercado y el parque —decorado con una concha acústica— conforman la parte central del lugar, donde abundan los tuc-tuc y una decena de camionetillas que viajan de forma constante hasta San Cruz, la cabecera departamental.

En los alrededores se encuentran casas de adobe y calles de adoquín, en donde los niños aún juegan al trompo o disfrutan de una chamusca, mientras sus padres vigilan a la distancia con tranquilidad.

“Aquí todos nos conocemos; nos gusta mucho recibir a los turistas”, menciona una vendedora de tomates en el mercado, quien prefiere no decir su nombre, según dice, por pena de hacerse famosa en la Prensa. Ella, sin embargo, representa al típico uspanteko: amable, sonriente, tímido y trabajador.

Enigma del agua

En las cercanías del pueblo, y luego de atravesar un camino de terracería, se encuentra la Laguna Danta, conocida también como la Laguna Misteriosa. El enigma es que durante el verano se mantiene llena de agua, mientras que en el invierno se seca, cuando debiera ser al revés. Al preguntar a los guías turísticos, Cosme Reyes y Miguel Ajpí, sobre la razón de dicho fenómeno, no saben responder con exactitud. No obstante, poco importa saber cuál es la razón científica, pues para los pobladores eso la hace más especial, y bien vale la pena observar sus aguas color turquesa oscuro.

La aldea con un Nobel

Después de la laguna hay que seguir por el camino de barro y piedrín para llegar hasta la fría aldea Laj Chimel (pequeña aldea, en español), la tierra que vio nacer a Rigoberta Menchú Tum, premio Nobel de la Paz en 1992. El lugar está a unos 24 km de Uspantán.
Ahí vive María Vicente Hernández, una alegre vecina. “Aquí, los hombres se dedican a la siembra de maíz y frijol, que es lo que comemos. Las mujeres también nos dedicamos a la agricultura, así como a mantener la casa; también a hacer sombreros, canastas y otras artesanías con hoja de pino”, cuenta. “Vendo mis productos a los gringos aquí, ya que ellos no nos dejan ir para allá”, exclama entre risas.

En la población, relata Vicente Hernández, aún existe el recuerdo de las masacres suscitadas durante el conflicto armado: “En ese tiempo nos tuvimos que ir, para huir de las balas; dejamos nuestras casas y cuando regresamos, hasta 1995, nuestras tierras se las vendieron a otros, y tuvimos que comprarlas otra vez. Los nuevos dueños, al principio, nos pidieron Q25 mil. Por fin, nos los dejaron en Q11 mil, pero eso todavía es demasiado para nosotros”, comenta.

De hecho, Laj Chimel, junto a las aldeas Caracol y Laguna Danta, fueron las más afectadas por la guerra. Más allá de ello, la pequeña aldea parece renacer y superar la sombra del pasado. “Rigoberta Menchú nos ha apoyado bastante, pues ella gestionó la carretera y nos ayudó para tener vivienda; ahora ya no tenemos frío, ya no nos sopla el viento”, indica.

En esa área boscosa hay un pequeño sendero diseñado por los pobladores del sector, adonde hay que subir unos 360 escalones. Árboles de diferentes tipos, la fresca humedad y el sonido de las aves conforman el sensacional ecosistema.

En el trayecto hay un bejuco, en el que el visitante puede subir una cuerda y lanzarse hacia un precipicio, muy al estilo Tarzán.

Aunque al principio parece peligroso, en realidad es algo muy fácil, divertido y que deja con las ganas de tirarse una y otra vez.

Más adelante hay pequeños sitios de descanso, equipados con churrasqueras y un techo de paja. El turista puede llevar sus encendedores, carbón, carne, frijoles enlatados, café y otros utensilios para pasar una perfecta velada —con fogata incluida— entre el silencioso bosque. El aire puro, claro, es gratis y un gran regalo para alejarse de la contaminada y estresante ciudad.

En la cima del sendero se encuentra un fascinante mirador; si el clima está despejado, se contemplan las sencillas casas que mantienen un diálogo con las altas montañas. Si la neblina es densa, no importa, pues hay una extraña sensación: es como estar solo, pero feliz en medio de la nada. Aquí, al mirar al horizonte, no se sabe en dónde termina la tierra, ni dónde empieza el cielo.

Sobre San Miguel Uspantán, Quiché

  • Feria titular, del 4 al 9 de mayo; feria patronal, del 27 al 30 de septiembre, en honor a San Miguel Arcángel.
  • Origen. El vocablo Uspantán deriva del náhuatl uz-pant-tlán, que siginifica lugar de las murallas y gorriones.
  • Su población es de 57 mil habitantes, que hablan español, uspanteko, k’iche’ y kaqchikel.
  • En la actualidad, sus habitantes se dedican al cultivo de frijol, maíz, zanahoria, repollo, ejote francés y arveja china.
  • Existe una gran variedad de hoteles en el lugar, dos bancos y un cajero automático.
  • Destinos turísticos: Aldeal Laj Chimel, Catarata Los Regadillos, Cerro Xoconeb´, gruta El Desengaño y Peña Flor.
  • Para actividades turísticas, contactar con la oficina de turismo de la localidad, a los teléfonos 7951-8125 y 5586-5535.

   

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