El Maestro Lustrador
La historia de un hombre que hace brillar el calzado
Pablo Diego Luis —don Pablito, para muchos— es uno de los cientos de lustradores que se encuentran en las diferentes zonas de la capital; sus manos manchadas con grasa negra son la viva muestra de un hombre que se faja con su trabajo para poder comer.
“¿Lustre, joven?”, pregunta a sus posibles clientes desde hace casi un cuarto de siglo. Así, todos los días, desde primeras horas de la mañana hasta el ocaso, recorre con paso lento las calles del Centro Histórico en busca de calzado opaco para hacerlo brillar.
Don Pablito nació en San Pedro Soloma, Huehuetenango, hace 54 años. Tiene cinco hijos: tres hombres y dos mujeres; además, con orgullo cuenta sobre sus siete nietos. Su esposa vive en la húmeda tierra huehueteca, quien está a cargo de cuidar el “terrenito” que ahí tiene. “Por ocho años dejé de trabajar de lustrador y me dediqué a la siembra de la milpa, pero el abono se puso muy caro y no pude seguir; por eso tuve que regresar a la capital para ganarme los centavitos”, comenta.
Su labor, no obstante, es difícil, pues al día logra juntar unos Q30 o Q40, cuando le va bien. Encima de todo, debe pagar Q350 de alquiler por un cuarto. “Muchas veces solo almuerzo, pues no tengo para desayunar o para cenar”, expresa. Sin embargo, en su largo andar ha encontrado a gente de buen corazón que le ha ayudado a solventar sus carencias económicas.
Se torna triste cuando piensa en lo solo que está en esta ciudad. Se sienta sobre su pequeño banco, sujeta con fuerza su caja de madera y deja escapar lágrimas por su familia. Su fe en Dios es lo que le da fuerza para seguir adelante y, a pesar de los problemas —que también sufren millones de guatemaltecos—, mantiene su mirada al frente. Quizás usted se tope algún día con él y, de seguro, se dará cuenta del buen trabajo de este maestro lustrador.
(RVillalobos)
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