De barro
Una nube de lluvia tenue, de ligeras gotas, es para muchos un día normal, quizá hasta un tanto aburrido, pero para aquellos que viven de la tierra se trata de una jornada llena de bendiciones.
No solo los campesinos esperan con ansias a que el agua ofrezca vida a sus cultivos, sino también los alfareros, quienes desean que esa masa que resulta de la mezcla de tierra y de la sustancia formada por un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno tome consistencia, para que con sus manos puedan moldear platos, fuentes, jarras, vasijas o cántaros.
La alfarería, uno de los viejos oficios que está a punto de extinguirse, ha formado parte de la historia de Guatemala constituyéndose en uno de los patrimonios más valiosos, tal como lo describe la periodista Julieta Sandoval en el tema Dfondo de esta edición.
Sandoval detalla los lugares de arcilla más importantes del país, como San Antonio La Paz, El Progreso, Salamá, Rabinal o San José La Arada, Chiquimula. Además, el trabajo diario de las alfareras de Santa Apolonia, Chimaltenango —que cada vez son menos y, en muchos lugares del área rural, las pocas que quedan ni siquiera tienen a quién transmitir sus conocimientos—, así como la labor de quienes fabrican la teja o de aquellos que emplean el barro para fines medicinales o estéticos.
Viviana ruiz,
editora
|