Semanario de Prensa Libre • No. 234 • 28 de Diciembre de 2008

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D cultura

Un duelo épico en la literatura
Tan perdurable como sus obras, la rivalidad entre Góngora y Quevedo, grandes poetas del Siglo de Oro español, ha pasado a la historia..



Texto e ilustraciÓn: MarÍa JosÉ Prado

La hoja de aquella arma peculiar relucía ante la luz de las velas. Su portador meditaba su próximo ataque. En cuanto lograba fraguar una maniobra oportuna, soltaba una serie de florituras apasionadas; ¡uno, dos, tres! ¡Un golpe bajo y, para acabar, un golpe mortal en el punto final! En esa febril actividad, los emblemáticos maestros de la poesía española Luis de Góngora y Francisco de Quevedo gastaban sus horas, amenazando la reputación del otro con sus afiladas plumas.
Sin pertenecer a la misma generación (Góngora era 20 años mayor que Quevedo), fueron contemporáneos del Siglo de Oro español (XVI-XVII), época que lanzó a grandes figuras literarias como Miguel de Cervantes y Lope de Vega, por mencionar a algunos. Fue entonces cuando los dos primeros mantuvieron una especie de correspondencia poética que no hacía sino injuriarse de manera tenaz, pero con la gracia de un poeta.
Al respecto, en el II Congreso Iberoamericano de Teatro de la Universidad de Cádiz, en 1996, se criticó la estrategia pedagógica de resaltar la confrontación entre estos dos personajes: “Es un capítulo que los colegiales españoles recitan de corrido, aun sin haber abierto un libro…”, ilustra un documento oficial de dicho congreso. Pese a ello, los maestros siguen viendo útil tal antipatía: resulta que Quevedo pertenecía a la escuela conceptista, y Góngora, a la cultista, entonces los alumnos ya saben, al menos, que había dos escuelas literarias en la época.
El problema es que, en realidad, esas escuelas no eran irreconciliables, como más tarde lo mostrará la obra de estos autores. Si bien los roces iniciaron por cuestiones literarias (el estilo de la escuela gongorista fue tachado por muchos enemigos conceptualistas de tener una oscuridad hiperculta, prácticamente indescifrable), la crudeza de los ataques que recibió de parte de Quevedo hace necesaria una razón más personal.

Conflicto de prejuicios

Desde el inicio de su carrera literaria, Quevedo se mostró provocativo. Incursionó en el ámbito bajo un seudónimo y copió el nuevo estilo cultista, con mucho éxito. Esto alertó a Góngora y, por naturaleza, empezó a considerar a Quevedo un auténtico rival. No obstante, cuando Quevedo escribió un soneto llamado Contra don Luis de Góngora y su poesía, cerca de 1613, en el que se refiere a éste como “cima del vicio y del insulto; éste, en quien hoy los pedos son sirenas”, se hace clara una evolución en la esencia del ya conocido antagonismo.
Los ataques de Quevedo se mostraron siempre mucho más personales que los de su enemigo y, si bien ambos se odiaban, Góngora estaba simplemente respondiendo al odio enraizado que el primero le manifestaba. La literata Andreé Collard, en su libro Nueva poesía: conceptismo, culteranismo en la crítica española, afirma que “los argumentos de la controversia —literarios en apariencia— se fundan al mismo tiempo sobre consideraciones étnico-sociales”.
De ahí parte una cuestión fundamental, pues Góngora encarnaba una serie de cuestiones que irritaban a Quevedo, y que fueron blanco de sus mordaces versos: para empezar, era un cristiano converso de origen judío, de lo cual se desconfiaba socialmente. “El sectario Góngora, cristiano nuevo, provoca una guerra civil en que los intereses literarios pasan a un segundo plano. Sus innovaciones se interpretan como sello de su condición de judío converso”, analiza Collard en el mismo estudio.

Más que cristiano, Góngora era sacerdote, pero jugador y juerguista, burgués indiferente a los problemas de su sociedad, e incluso, según las críticas de su enemigo, un afeminado, por no decir homosexual, de poca gallardía.
En contraparte, Quevedo tenía un espíritu muy combativo, y exaltaba la fuerza masculina; era nacionalista al punto de la xenofobia, y se obsesionaba con los problemas sociales de España; defendía la limpieza de la estirpe noble, y veía en los burgueses una sucia amenaza de desprestigiarla. En efecto, Quevedo identificaba esta “usurpación” con el lenguaje gongorista: por fuera parecía culto, fino, pero no era más que un vestido artificial que escondía una inferioridad natural.
A todo esto, se añade la influencia del barroco, movimiento que llamaba a volver a la espiritualidad a través de un dramático arte religioso y la negación de los placeres mundanos. La poesía de Quevedo está llena de esta crisis existencial, pero la gongorista, a pesar de provenir de un sacerdote, no hace sino hablar de placeres, cosa que para el conceptualista era una verdadera infamia.

Más allá de la muerte

Griegos contra troyanos, ateneos contra espartanos, comunistas contra capitalistas, Góngora contra Quevedo; todas estas son batallas épicas que han traspasado el ámbito del tiempo y el espacio. No importa que uno de los protagonistas ya no exista, el antagonismo cobra una faceta que parece de origen ancestral.
Góngora murió en 1627, casi 20 años antes que su gran rival. No obstante, ni siquiera la muerte le impidió a Quevedo mantener la pluma desenvainada y acerada, para escribirle poemas epitáficos que no reparaban en sacar a la luz sus vicios, tanto el sexo y la bebida, como la trampa en las apuestas: “Sacerdote de Venus y de Baco, caca en los versos y en garito Caco, la sotana traía, por sota más que no por clerecía”.

“Anacreonte español, no hay quien os tope.
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope”

Luis de Góngora (1561-1627)

“Yo te untaré mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino”

Francisco de Quevedo (1580-1645)

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