Semanario de Prensa Libre • No. 234 • 28 de Diciembre de 2008

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En tercera persona

De paso por La Palmilla
“Me siento feliz y orgullosa de toda mi familia”.

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Nos encontramos en el kilómetro 118 de la carretera al Atlántico, un desvío en la ruta, una brisa calurosa, las uvas frías y el olor de la melonera nos dicen que hemos llegado a La
Palmilla, Usumatlán,
Zacapa.
Mi amada abuelita, Mama Ía, que descansa al lado del Señor, nos heredó el privilegio de ser descendientes palmillecos. La Palmilla es un lugar en el que hay alegría, tranquilidad y armonía; un sitio en donde todos somos parientes. Desde pequeña, me ha fascinado pasar allí mis vacaciones con toda mi familia. Es un lugar idóneo en el que uno puede descansar en las hamacas de maguey, pasar un día entero en el hermoso y cristalino río de La Palmilla, ya sea en la posa clara, en la posa de los esclavos o en el lavadero.
De comida, ni hablar: se desayuna huevitos con frijol y leche al pie de la vaca; de almuerzo, un delicioso “calderón” de gallina de patio, iguana asada, pescaditos asados o carnitas acompañadas de una deliciosa limonada, fresco de maguey o naranjada. Por las tardes, no hay nada mejor para sacarse el sudor que un cafecito hervido y deliciosas semitas, porositas o quesadillas hechas por doña Gloria. No hay sábado en La Palmilla sin los churrascos de Enma y doña Rosamelia. Ni se diga de los deliciosos mangos, jocotes verdes, maguey con salita, papaya, sandía o los melones que están en los patios de las casas.
No cabe duda de que los chapines orientales son de lo mejor, y los palmillecos no son la excepción. Siempre enamorados, trabajadores, sencillos, humildes, solidarios, atentos, alegres y ocurrentes.
Esta gran aldea se engalana en noviembre con su feria titular en honor a la Medalla Milagrosa, que empieza con la ele-
cción de la Flor de la Feria, el jaripeo, los bailes y los juegos. Esperamos la feria para bailar hasta cansarnos; comemos garnachas, naranjas con pepita, dulces típicos; nos subimos a la rueda de Chicago, a las sillas voladoras y bromeamos con la muchachada.
Mi Mama Ía no nos pudo dejar mejor herencia que nuestra familia en La Palmilla, ya que en las casas de mis tíos, en el río, en el quiosco, en la loma, en el cementerio, en el puente de hamaca, y en cada lugarcito de mi amada tierra se siente su presencia, y habitan en mi mente los recuerdos y momentos vividos a su lado.

María Alejandra Marín
alemarin79@gmail.com

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