La llama se opaca
¿A quién le pareció, en primer lugar, que al diablo le molesta que lo quemen?
por maría josÉ prado
Es 7 de diciembre, y en muchos barrios de la ciudad se levantan lúgubres piras, de basura generalmente. A eso de las seis, el cielo se torna aún más oscuro, luego de que las hogueras empiezan a arder bajo una figura roja y cornuda envuelta en llamas y que exhala un denso humo negro.
La estampa es tétrica. De hecho, algunas páginas web para turistas advierten sobre las circunstancias que rodean el 7 de diciembre, para que éstos no crean que la ciudad se está incendiando. Aún así, hay una cuestión en todo este asunto. ¿Por qué, en primer lugar, “quemamos” al diablo? ¿En qué momento el fuego es nocivo para aquel que habita en el infierno?
Al igual que el Carnaval y Halloween, la quema del diablo surge de lo supersticioso: preparar el clima para la subsiguiente fiesta religiosa, en este caso, la de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Se desconoce el origen exacto de la tradición; durante la época colonial no hubo un documento que explicara de esto, pero es probable que haya nacido alrededor de la proclamación del dogma de la Inmaculada (8 de diciembre de 1854).
De este modo, la idea de la quema es básicamente “limpiarnos” de malos espíritus para entrar en el ciclo navideño, esto en un contexto donde el fuego es considerado un elemento purificador.
¿Cuántos guatemaltecos, ahora bien, tienen esto en mente al momento de quemar? A la vista de que la costumbre se opaca con los años, encontramos una pérdida de significado dentro de la nueva mentalidad social, y un choque contra la situación ambiental.
La tradición languidece, eso sí. Y aunque “es difícil asegurar que la gente ha entrado en conciencia”, comenta la ecologista Lucía Corral, “al menos hay una nueva preocupación por los riesgos de las hogueras, principalmente los accidentes”.
Algunos queman su basura, sin considerar que en ella hay productos peligrosos que pueden ocasionar daños. Además, muchos adultos dejan a los niños divertirse con el fuego, y con las calles ya escoltadas por ventas de cuetes y familiares, ¿qué muchachito travieso no querrá invitarlos a la fiesta?
Entonces, si buscamos motivos conscientes, hallamos que el significado, en efecto, se ha transformado en simple diversión para unos, y un auténtico negocio para otros. Si usted se perdió el Halloween, las discotecas aprovechan para convocar una nueva fiesta de disfraces; si busca concretamente quemar al cachudo, o hasta una diablita sexy, las piñaterías de la 9a. calle, zona 1, producen, cada una, unos 70 diablillos para la ocasión, con lo que cada local puede recibir hasta Q1 mil 750 solo en ese día.
No obstante, el desvanecimiento paulatino de la tradición ha dejado su impacto. Un vendedor de piñatas que ha estado en el negocio “desde que se acuerda”, comenta que antes se enviaban trabajadores al Árbol Gallo tres días previos a la fiesta; ahora ya no, porque la demanda se ha reducido. Se elaboran menos piñatas, que se compran solamente el día 7 y, como afirma otro vendedor, si pasan las 18.30 horas, “uno sabe que ya se quedó con el diablo”.
Entonces, ¿tenemos una tradición en peligro de extinción? Al menos en su significado original, sí. Después de todo, quemamos papel, basura, tiempo y viejas ideas, pero ¿quién quema “al diablo” hoy?
- El ecologista Abel Alejandro Anzueto observa que la costumbre de quemar se está perdiendo, por lo que el efecto no es tan grave. Aún así, “al día siguiente se ve que cambian las condiciones atmosféricas, porque la estación favorece el efecto invernadero (hace más calor)”.
- La historiadora Ivonne Martínez dice al respecto: “Día a día, se envenena nuestro aire. La quema del diablo es solamente un día, y creo que vale la pena defenderla como tradición”.
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