Negocios longevos
Legendarios comercios del corazón de la ciudad son testigos de la historia de la capital guatemalteca.
Por Ingrid Roldán Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
Diseñados con trazos de otras épocas, los edificios del Centro Histórico guardan esa elegancia que da el tiempo, que habla de glorias pasadas, de otras ideas y dinámicas que movían a la sociedad. En este sector convergen buses, personas, oficinas; sus calles han sido testigos de procesiones y protestas de los habitantes. Aquí también se ha desarrollado parte de la actividad económica del país, sobre todo del comercio. Muchos recuerdan cuando los almacenes de prestigio se ubicaban a lo largo de la sexta avenida y otras calles de la zona 1.

La ciudad fue cambiando, personas y comercios se trasladaron a otras áreas; la costumbre de ver vitrinas se trasladó de domicilio, a los centros comerciales. Decenas de vendedores ambulantes colocaron sus productos en frágiles estructuras; se apropiaron de las banquetas. Se redujo el espacio para caminar y creció la fama del Centro como un lugar inseguro. El volumen de ventas bajó, algunos locales cerraron. Desaparecieron el almacén La Perla, la librería Pax (en la novena calle), el cine Sexta Avenida.
En medio de este panorama desolador sobreviven centenarios, nonagenarios y septuagenarios comercios como la panadería Las Victorias, fundada en 1890; el almacén Los Dos Leones, establecido de forma original en 1880 con otro nombre y rebautizado en 1952 con el actual. Sus historias forman parte de la colección Puntos de Identidad del Centro Histórico, publicada por el Ministerio de Cultura y Deportes.
Entre solfas
El almacén Casa Música fue fundado en 1923 por Jorge Palomo. Más adelante fue su hija, Raquel, quien se hizo cargo del negocio. Ella falleció en el 2005.
Palomo comenzó a vender aparatos como radios, refrigeradoras, accesorios de música y discos. El local original estaba a pocos metros del actual, sobre la sexta avenida.
Yolanda Quintana, la administradora, quien tiene 46 años de trabajar en el lugar, recuerda cuando tenían como vecinos a almacenes como La Paquetería, Flor de París y Mi Casa.
Casa Música hace honor a su nombre. De las paredes penden un par de guitarras envueltas en plástico transparente. En una vitrina exhiben baquetas para marimba, púas para tocar guitarra, boquillas para instrumentos de viento y accesorios para redoblantes.
Los instrumentos musicales comparten espacio con imágenes religiosas de la Virgen María, Jesús Sepultado y un par de Nazarenos.

El largo local conserva letreros de tiempos pasados que anuncian los productos a la venta. A mediados de noviembre comenzaron a colocar los adornos de Navidad y, en las estanterías, juguetes y vajillas envueltas en papel celofán.
La Juguetería
En 1927 abrió sus puertas este almacén fundado por Francisco Molina Nájera y dedicado a importar artículos para niños, sobre todo juguetes. Traían mercadería de Alemania, Japón, Inglaterra y Checoslovaquia.
El establecimiento original se ubicaba en la 8a. avenida entre 2a. y 3a. calles, pero en 1942 se trasladaron al de la 6a. avenida entre 9a. y 10a. calles, donde permanece hasta hoy.
El economista Hugo Molina, hijo del fundador y actual propietario rememora la primera presentación de yo-yos que ofrecieron en 1938, en el área cercana a los templos de Tikal, con el apoyo del juguetero estadounidense Louis Marks.
Fue en La Juguetería donde se vendieron las primeras muñecas Barbie que produjo Mattel, así como los indestructibles carros Tonka de metal, los triciclos Big Weel, los clackers, los Hula Hoops, los muñecos del personaje del cine ET y los Power Rangers. Además, ampliaron su oferta a prendas de vestir, máscaras y disfraces de todo tipo.
Los gustos de los niños han cambiado, mas no la ilusión. En la actualidad los juguetes son otros. Para ofrecer siempre lo mejor, Iveth de Nájera, nieta del fundador, viaja todos los años a Las Vegas para escoger producto en las ferias que tienen lugar en esa urbe.
Calzado Herrera
Fue fundado por Jacinto Herrera a principios de la década de 1940. Él era originario de Quetzaltenango, donde aprendió a fabricar calzado. En 1938, se trasladó a la capital con su familia, sus hijos estaban pequeños. Aquí fundó un taller y después estableció la zapatería.
Hoy es su nieta, Martiza Barrios Herrera, quien atiende el negocio. El zapato que vende es hecho a mano por artesanos de seis talleres.
Hace décadas que ocupan el local de la octava calle, entre 9a. y 10a. avenidas. Es alquilado. En este momento, Barrios se encuentran en una incertidumbre; la propietaria del inmueble tiene planes de establecer otro negocio en el edificio y es probable que deba trasladarse a otro sitio. “Cuando me avisaron me dio depresión, aquí nací y aquí nos criamos”, comenta Barrios, quien recuerda que sus padres la llevaban de pequeña a la tienda cuando ellos atendían el local.
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