Reflexiones de fin y principio de año
Por Sergio
Muñoz Bata
En el 2007 no hubo un solo día que conmoviera al mundo.
En el 2007, afortunadamente, no ocurrió un solo acto de brutalidad comparable al atentado terrorista del 11 de septiembre del 2001. Tampoco cayó algún equivalente al muro de Berlín o sucedió otra revolución semejante a la cubana. Y aún cuando se avanzó en el reconocimiento del problema del calentamiento global, el año pasado no hubo un desarrollo científico significativo por su profundidad o alcance. Lo que prevaleció por todo el orbe fue la violencia sectaria y la tensión política.
En el panorama mundial, Irak fue protagónico por cuarto año consecutivo sobre todo por la continuación de la violencia indiscriminada en la era de la ocupación militar estadounidense. También porque la permanencia de las tropas ahí es tema central de la carrera presidencial de este año en Estados Unidos y motivo permanente de desasosiego mundial.
El personaje del año fue Vladimir Putin, quien sofocando a sus opositores y castigando a la libertad de expresión, reimplantó el autoritarismo en Rusia y se esmeró por recuperar para su país un espacio semi-protagónico en la escena internacional con un discurso agresivo sustentado en los altos precios del petróleo.
Aún es demasiado temprano para saber cuáles serán las implicaciones mundiales del reciente asesinato de la líder de la oposición paquistaní Benazir Bhutto, pero la inestabilidad política de un país que cuenta con un arsenal nuclear y sirve de refugio a Osama Bin Laden y sus seguidores presagian más conflicto en la turbulenta región.
Otra tendencia negativa que se acrecentó fue la intolerancia religiosa. Aumentó el número de inocentes victimados por el fanatismo musulmán y se multiplicaron las confrontaciones violentas entre musulmanes y cristianos en el Líbano, Egipto y Etiopía. En Estados Unidos, en medio de una campaña electoral en la que se busca borrar la línea de separación entre la Iglesia y el Estado, Mitt Romney, uno de los candidatos republicanos, afirmó que “no hay libertad sin religión ni religión sin libertad”, en una diatriba contra el estado laico. No menos alarmante ha sido la resurgencia del antisemitismo en algunas partes de Europa.
América Latina no fue protagonista. Pese a los delirios, los pleitos callejeros y los petrodólares, Hugo Chávez sigue siendo un personaje de reparto en la escena mundial. La prolongada agonía del dictador más viejo del mundo sigue impidiendo la instauración de la democracia en Cuba. Las controvertidas asambleas constituyentes fundacionales en Bolivia, Ecuador y Venezuela fomentan la división interna en vez de zanjar las diferencias. Y ni la sucesión hereditaria en Argentina ni el retorno al pasado sin gloria en Nicaragua tienen mayor significación para el hemisferio.
Respecto de la relación entre EE. UU., y Latinoamérica, en el 2007 el claroscuro sería quizá el término que mejor la define. Pese a las percepciones a contrario, el esfuerzo de la Casa Blanca por profundizar el acercamiento fue evidente. El presidente George W. Bush visitó cinco países de la región y presidió reuniones hemisféricas en Canadá y en Washington D.C. Propició el acercamiento entre las dos economías más grandes del hemisferio occidental vigorizado por el impulso a la explotación de los bio-combustibles y mostró los términos de convivencia con un presidente socialista, Luiz Inácio Lula da Silva.
La Iniciativa de Mérida augura una nueva etapa de cooperación en materia de seguridad con México y América Central. Y en lo comercial, justo es reconocer el empeño por lograr la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Perú.
Lo oscuro sucedió en el Congreso, donde los republicanos hicieron fracasar la reforma al sistema migratorio que deja en el limbo a millones de trabajadores indocumentados y promovieron la humillante construcción del muro de la ignominia en la frontera con México.
¿Mejorará el panorama en el 2008? Lo más probable es que no y puede que sea peor. Habrá que esperar a ver cómo evoluciona la actual crisis hipotecaria estadounidense y cruzar los dedos porque sus efectos no profundicen los problemas de una economía que ha venido sufriendo con un dólar debilitado y un déficit presupuestario y comercial creciente, pero continúa siendo motor fundamental del desarrollo económico mundial. |