Semanario de Prensa Libre • No. 183 • 06 de enero de 2008

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D frente

ivonne SOMMERKAMP
Una monja polifacética
“Dios me preparó para cuidar hijos abandonados por sus padres y soy muy feliz haciendo ese trabajo”.

Por Francisco Mauricio Martínez

Llevar de la mano a los niños abandonados por sus padres a que tengan un futuro mejor es la misión que la monja ortodoxa Ivonne Sommerkamp ha cumplido durante más de 10 años de apostolado en el hogar Rafael Ayau (fundando en 1857), ubicado en la zona 1. Su objetivo lo tiene tan claro que su mayor satisfacción es lograr que los chicos de la casa aprendan a leer y escribir. “Jesús dijo: Dejen que los niños se acerquen a mí, y yo dejo que vengan acá para transformar su vida”, comenta.

Muy pocas personas saben que detrás de su habito hay una mujer polifacética. Aparte de su amor por los niños, esta ciudadana guatemalteca de padre alemán no esconde su pasión por los hongos y los deportes. Durante sus años estudiantiles en la Universidad de San Carlos, practicó esquí y vela en el lago de Amatitlán; tres veces fue campeona nacional de softbol con su equipo Pony. También fue la encargada de la panadería Alemana fundada en 1930. Revista D charló con la sudirectora y coordinadora general del Hogar Rafael Ayau.

¿En qué momento nace su interés por la ciencia?

Después de graduarme en el colegio Americano de Guatemala sentí el deseo de estudiar en el extranjero, pero por muchas razones no pude. Deseaba estudiar algo relacionado con biología o química, que eran las materias que más me gustaban en el colegio, por lo que ingresé a la gloriosa Universidad de San Carlos (1977) a la facultad de Ciencias Químicas y Farmacia, donde aprendí mucho de nuestra realidad nacional.
Fue una época muy difícil, por lo menos para mí, ya que vi muchas cosas, como por ejemplo, el nacimiento de movimientos guerrilleros, mientras que nosotros éramos un grupo de estudiantes que únicamente quería estudiar mucho para ayudar a nuestro país.

¿Qué fue lo más difícil en esos años?

Sufrir ataques armados, incluso dentro del aula. Un día, un grupo de la guerrilla entró al salón donde estábamos recibiendo clases de microbiología con el catedrático Gustavo Gini, de quien me impresionó su valor cuando les dijo: “Deténganse porque estos estudiantes únicamente quieren aprender, no los amedrenten y retírense”. El valor del profesor me impresionó tanto que marcó mi vida.

Nunca he creído en la violencia, porque pienso que cualquiera puede cambiar un país con su trabajo y productividad, haciendo las cosas honorable y decentemente. También vi cómo nació y creció el Frente Estudiantil Robin García debido a que en esos años fue asesinado. Hubo un tiempo, creo que fue cuando estudiaba el tercer año, que las clases se detuvieron y tuvimos que estudiar casi por correspondencia, ya que sólo recibíamos guías de estudio. Creo que a mi generación le tocó madurar mucho.

¿Qué hizo para no dejarse involucrar en algún bando?

Siempre he querido mucho a Dios y tuve una madre muy piadosa y católica romana que rezaba por nosotros. Me recuerdo que los estudiantes hacían grandes barricadas a la salida de la Usac, tanto en la del Anillo Periférico como en la de la avenida Petapa, y no podíamos salir de la universidad, por lo que un día nos pusimos a analizar cómo podríamos salir cuando sucediera algo serio dentro del campus. Fue así como hicimos una puerta tipo talanquera que daba a la colonia Villa Sol (zona 12).

En esos años, pensaba mucho en que la Santísima Trinidad nos iba a proteger. Toda mi vida he recurrido a ella conscientemente, debido a que el intelecto que da una carrera científica también puede estar en la oración, porque ésta no es sólo un ejercicio efímero, sino también intelectual.

Al graduarse en la universidad, ¿cómo le nació el interés por los hongos?

Mi ejercicio profesional supervisado de seis meses de química bióloga lo hice en el hospital nacional de Tiquisate, Escuintla, en 1984, pero para ese entonces ya sentía un gran interés por los Macromicetos (hongos o reino Fungi) especialmente los comestibles, tóxicos, alucinógenos y los destructores de madera.

Mi tesis de graduación estuvo relacionada con los hongos y la hice en el biotopo Mario Dary Rivera en Purulhá, Baja Verapaz. El doctor Dary principió a asesorarme (terminó Heidi Logemann) y por eso mismo llegué a quererlo y respetarlo muchísimo.

Para mí fue terrible cuando lo asesinaron, porque teníamos un grupo de amigos que creía que algún día podríamos hacer política. Pensábamos que si llegábamos al Congreso de la República de ese tiempo, podríamos lograr que hubiera gente más honorable y respetable y así obtener dos cosas básicas: mayor educación y salud en todo el país.

Aparte de sus tesis, ¿hizo otros estudios del reino Fungi?

Al graduarme (1984) me fui a estudiar a México en el Instituto Nacional de Investigación de Recursos Bióticos con el doctor Gastón Guzmán, donde me especialicé en la taxonomía de los Micromicetos. En esos años viajé mucho, inclusive a Asia, para asistir a seminarios, congresos y otro tipo de eventos relacionados con los hongos. Lamentablemente, un día mi padre enfermó y tuve que hacerme cargo de su negocio (de 1987 a 1990) que era la panadería Alemana, la cual fue fundada en 1930 por mis abuelos.

¿De qué manera se divertía en esos años?

Yo fui feliz en la Usac, porque en la facultad nos prepararon bien y no se perdía el tiempo. Nuestro afán era pasar los fines de semana en una casa que mis padres tenían en las orillas del lago de Amatitlán, por eso me interesa mucho lo que sucede en torno a la recuperación de este ecosistema.

Siempre me gustaron mucho los deportes, sobre todo el softbol, el cual me dio la alegría de pertenecer, como jugadora, al equipo Pony; ganamos tres veces el campeonato nacional. En esa época vivía una vida normal dedicada al estudio y los deportes, ya que también practiqué esquí acuático y hacía vela en el lago.

¿En qué momento pensó ser monja?

Asistía a la Iglesia Católica y tuve como guías espirituales a varios sacerdotes en la parroquia de San Cayetano, en ciudad de Plata, zona 7, muy allegados a mi familia. A finales de la década de 1980, fui a varios conventos y platiqué con distintos sacerdotes, incluso, viajé al extranjero para tratar de encontrar lo que mi corazón me pedía.

¿Sentía algún llamado especial?

Experimentaba un llamado muy grande, pero seguía con mis hongos y otras cosas. En las tardes y noches me iba en mi bicicleta a misa y hablaba con el padre Francisco, de la Parroquia del Perpetuo Socorro, a la cual yo pertenecía. A veces yo era la única en la misa.

En 1990, me fui a vivir sola a Amatitlán, y me sentía desesperada buscando un monasterio, porque estaba segura de que Dios me llamaba. Un domingo, en 1991, fui a la misa de las seis de la tarde de la iglesia El Calvario de Amatitlán, del padre Bernabé Salazar, y observé a dos monjas vestidas de negro que lo estaban visitando. En ese momento sentí que eso era lo que yo estaba buscando.

¿Cuál fue su actitud?

Ese día no hablé con ellas, fue hasta la misa del domingo siguiente cuando platicamos. Eran la Madre Inés Ayau, actual directora del hogar Rafael Ayau y la madre María, de origen filipino, quien aún continúa aquí. La madre Inés me invitó al hogar y me dio muchos libros; esa noche no dormí debido a que pasé leyendo qué era la iglesia ortodoxa y mi corazón se sentía muy contento con esa fe, la cual me pareció muy lógica, racional y espiritual. Me dije: Mi vida se resume en esto. En 1991 empecé a hablar más con madre Inés y en 1992 ingresé al monasterio formalmente, donde inicialmente fui novicia durante dos años.

¿Cuál fue la reacción su familia y amigos?

Fue un choque, ya que era atlética y me gustaban los deportes, aunque nunca fui parrandera. Fue un susto para todos, desde mis amigos hasta mi familia.

¿Hay algunas cosas de las cuales usted se arrepiente?

Me arrepiento de mis pecados de juventud, creo que todos los tenemos. Incluso, un Salmo dice. “Perdóname por los pecados de mi juventud”. También hay un refrán que me encanta y dice: “Si la juventud supiera y si la vejez pudiera”. Creo que a medida que vamos avanzando y madurando nos damos cuenta de lo que es la vida.

“Mis compañeros y amigos recibieron un gran susto
cuando supieron que me convertiría en monja”.

 
   

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