Semanario de Prensa Libre • No. 184 • 13 de enero de 2008

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D ciudad

Jugando con la vida
Cientos de personas arriesgan su vida al no utilizar las pasarelas.

Por Francisco Mauricio Martínez

Una escena que es común a los ojos de los capitalinos, tanto de conductores como de peatones, es la manera como muchos transeúntes “torean” los vehículos para poder atravesar las principales calles y avenidas de la ciudad. Sin embargo, la peor ironía sucede cuando a escasos metros de donde se registran estos actos existe una pasarela.

Algunos ven con horror la manera en que las personas encargadas de llevar a los niños a escuelas y colegios atraviesan corriendo tres o cuatro y hasta seis carriles en medio de la retahila de vehículos, cuyos conductores apresuradamente se dirigen a sus labores cotidianas. Édgar Morales, un ciudadano que reside en la zona 12, cuenta que esta escena la observa todas las mañanas en el anillo periférico y “lo peor es que también sucede en puntos donde hay pasarelas. Parece que lo toman como un juego”, comenta.

Mario Cruz, vocero de los Bomberos Voluntarios, expresa que es común que atiendan casos de personas que son atropelladas debajo de una pasarela. Estima que cada semana sucede un caso y que se registran a menos de cien metros de estos puentes y que algunas veces fallecen y otras resultan con fracturas, sobre todo en las piernas. Informa que donde más ocurren estos hechos es en la calzada Roosevelt y la Aguilar Batres.

Ricardo Lemus, portavoz de los Bomberos Municipales, dice que es difícil establecer la cantidad de accidentes de este tipo que se registran en estos puntos, de lo que sí está seguro es de que son frecuentes. “Pese a que ahí están, los peatones no hacen uso de ellas. Deben usarlas para proteger su vida” aconseja.

Ambos voceros coinciden en que la mayoría de personas se juegan la vida en estos tramos por “aparentemente” ahorrar tiempo. A la vez explican que algunas víctimas les han comentado que no utilizaron este puente por temor a ser asaltadas, debido a que la publicidad colocada en las barandas obstruye la visibilidad, lo cual es aprovechado por los ladrones. “Otras dijeron que cometieron la imprudencia debido a que le tienen miedo a las alturas”, comenta Cruz.

Aída Arbizu, de Desarrollo Social de la Municipalidad, indica que en la capital hay aproximadamente cien pasarelas y que se trabaja en la recuperación de éstas, debido a que fueron copadas por las ventas callejeras. Considera que las personas están obligadas a utilizar estos pasos para preservar la vida y porque las leyes de tránsito eximen de responsabilidad al conductor cuando una persona es atropellada a menos de 100 metros de una pasarela.

Kilómetros por hora

La velocidad de los vehículos involucrados en atropellos es el factor determinante en la gravedad de las lesiones del peatón. Investigaciones internacionales señalan que la tasa de mortalidad en atropellos, en vías cuyo límite de velocidad es de 50 Km/hr., es nueve veces más alta que en aquellas con límites inferiores a 30 Km/hr.

Esto se debe fundamentalmente a que a mayor velocidad disminuye la posibilidad de detener el vehículo de manera rápida para no impactar al peatón ante un imprevisto.

El flujo vehicular también influye en los siniestros de tránsito. Flujos vehiculares bajos implican altas velocidades de los automotores y una brecha alta, lo que aprovechan los peatones para atravesar las vías. Esto agrava las consecuencias de los accidentes, ya que a mayor velocidad las tasas de mortalidad y de lesiones graves aumentan.

Misión imposible

El desorden en la colocación de ventas callejeras, vallas publicitarias y cabinas telefónicas también complican la utilización de estos pasos, debido a que los obstruyen. Sebastián Toledo, representante de los ciegos ante la Comisión Nacional de Discapacitados (Conadi) dice que a ellos les resulta complicado conducirse por estas construcciones debido a que constantemente tropiezan con las ventas colocadas en las gradas y sobre el puente.

Toledo considera que el área más problemática es la del Trébol, ya que es donde más se marca la secuela de la destrucción, debido a que algunas personas han roto las barandas y las gradas. Este problema también se observa en otros sectores. Toledo cita como ejemplo lo sucedido al presidente de la Asociación Nacional de Ciegos, Gilberto Morales, quien cayó en el agujero de una grada de una pasarela ubicada en la ruta al Atlántico, zona 18.

Los discapacitados que se movilizan en silla de ruedas también tiene su propio calvario, ya que no pueden utilizar las pasarelas debido a que carecen de rampas, y donde las hay tienen un grado de inclinación alto. Marta Juliana de Acajabón, representante de este sector ante el Conadi, cuenta que ella vive por la calzada Roosevelt, pero que no utiliza las pasarelas del sector porque no puede subir las gradas.

“Se supone que las rampas son para que uno se pueda mover de manera independiente, pero en algunas de éstas ni las personas normales pueden subir por su grado de inclinación”, indica de Acajabón. Ella considera que las únicas que llenan este requisito son las que están frente al edificio del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social de Pamplona.

Toledo asevera que todo diseño universal de construcción urbana debe considerar la movilización de las personas con discapacidad. Lo lamentable, agrega, es que en el país no se ha construido con esta visión y si las autoridades quieren hacer la adecuación a las ya construidas, el trabajo sale muy caro, contrario si lo hubieran incluido en el momento de la construcción.


   

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