Semanario de Prensa Libre • No. 185 • 20 de enero de 2008

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D frente

walter GUERRA
Entre la medicina y el rock
Debido a su profesión, estudia las enfermedades; como pasatiempo, recopila la música que sonó décadas atrá

Por Francisco Mauricio Martínez

El doctor Walter Guerra es polifacético. Se dedica a actividades muy distintas y tiene múltiples aptitudes. Es patólogo, director del Instituto de Cancerología (Incan), conduce dos programas de rock en la radio, además es un gran coleccionista de música. Al preguntarle qué resaltaría de su persona, dice que espera no pecar de vanidoso, pero “sería mi sentido de compañerismo y el amor que siento por mi gente, sin importar su condición social”. En cada actividad que ejecuta, desea devolver algo de la bendición que Dios le ha dado.

¿Cómo combina la medicina con programas de rock?

Tengo varias funciones. Mi día es un poco agitado. Soy catedrático universitario, director del Incan; atiendo mi laboratorio por las tardes, con tres socios. Y a esto le uno mis dos programas de radio. Uno se llama Memories, de música pop, rock-pop y balada. Lo hago junto a Sergio Orellana, corredor de seguros, y el doctor Jorge Luis Berger. El otro es Cultura rock, dedicado solo a este tipo de interpretaciones, con mi colega Sergio Marroquín.

¿Cómo nació su afición por el rock?

Me gradué de bachiller en el colegio Salesiano Don Bosco, en 1972. Allí había una radio de circuito cerrado llamada SDB. Los curas se la asignaban a estudiantes de cuarto bachillerato. A mí me la dieron junto a otros dos. Eso me dio el gusto por la colección de música. En mi casa tengo unos tres mil CD y acetatos.

Al concluir mi formación en el colegio, trabajé en emisoras de radio como ayudante. En 1988, un amigo, locutor profesional (José María Rodas) que conduce el programa Siempre jóvenes, me enseñó a mí y a otros coleccionistas a no tenerle miedo al micrófono y a operar los controles.

Más que locutor, soy conductor. Ser coleccionista lo hace a uno conocer mucho sobre cierto tipo de música; tengo literatura que cuenta, por ejemplo, qué canción estuvo en primer lugar el 3 de marzo de 1960. Además viví y crecí con la música, porque en aquel tiempo la televisión era poca o mala. A veces era solo nocturna, en el día uno oía programas de radio. He logrado conseguir, por medio de la tecnología, los discos de SOS, Credens de Guatemala, Opus Tres, Siglo Veinte, Apple Pie. Son joyas.

Al tener ese gusto por la música, ¿por qué eligió medicina?

Desde los 5 años quise ser médico. Quizá incidió que a los 4 años se me metió en la planta del pie una aguja capotera, me operaron tres veces para sacarla y eso me sensibilizó.

Además, en la época cuando estudiaba el bachillerato, los padres y maestros nos orientaban a seguir las cuatro grandes profesiones: ingeniería, derecho, medicina y economía.

Mi carrera es preciosa, la volvería a cursar. Fue una época muy alegre, a pesar de haber vivido la más dura represión, varios compañeros desaparecieron y los mataron. Me gradué de médico en 1980, durante el gobierno de (Romeo) Lucas. El acto se hizo a puerta cerrada, porque el decano estaba amenazado.

En esa etapa de su vida, ¿no le llamó la atención involucrarse en política?

Mi padre fue político de tendencia izquierdista, cónsul en Chile y embajador en República Dominicana. Fue tal su afición por la política que mi mamá la odió, y ella me hizo prometer que yo no iba a involucrarme en eso. Para evitar ese tipo de actividades, pues en la Usac (Universidad de San Carlos de Guatemala) era muy fácil pertenecer a la AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios) o a la AEM (Asociación de Estudiantes de Medicina), me volqué hacia los grupos juveniles católicos. Estuve en el emproísmo, la línea oficial de la Iglesia católica para la juventud. Quizá ahí desemboqué la parte política que tenía.

¿Por qué patología?

Al pasar a cuarto año de medicina, iba con ilusión, pues entraba en el hospital, pero me decepcioné al ver que los grandes maestros, esas vacas sagradas, eran poco investigativos.

Daban muchos tratamientos sintomáticos. Por ejemplo, si a alguien le dolía la cabeza medicaban para eso, pero no averiguaban de dónde provenía. Además, me encantaba estar en contacto con el microscopio. Por lo cual hice el curso electivo en patología, al igual que mi tesis. Mi primer trabajo lo hice en el anatorio Antituberculoso San Vicente, hasta que conseguí una plaza para hacer la especialidad de patología en el hospital Roosevelt; al finalizar pasé al IGSS (Instituto Guatemalteco de Seguridad Social). Después gané una beca del Gobierno colombiano, para estudiar patología de tumores en ese país. Desde enero de 1987, laboro en el Incan, tengo 21 años de estar ahí.

Después de varios años como profesional, ¿se considera una vaca sagrada?
Por el tipo de educación que recibí, y al vivir en una época llena de rebeldía, en donde mis padres detestaban el rock y eran anti Beatles, lo mínimo que puedo ser es buen padre y catedrático. Con mis alumnos tengo una agradable relación, en donde me entrego en cada clase.

Tengo varios años de experiencia en la patología, que hacen una diferencia al tener seguridad y certeza en el diagnóstico, pero no me considero una vaca sagrada, en especial aquella intransigente. Soy más abierto. Eso lo he llevado al Incan, en donde desde que está bajo mi cargo se ha abierto a la docencia. Este año se inicia el posgrado de cirugía oncológica, reconocido por la Usac. Oficialmente, se vuelve un hospital escuela.

Su trabajo lo mantiene en contacto con personas con algún tipo de cáncer. ¿Afecta ver morir a los pacientes?

Hay un término llamado burn out, es el estrés acumulado a través de los años que sufre el médico que ve morir a gente de forma constante. Esa depresión sale de repente. Yo trato de combatirla por medio de mi afición por la música, también hago atletismo, estoy en un equipo del hospital que participa en carreras como la Max Tot, la vuelta al lago o la de Cobán, eso ayuda mucho. Además, todos los miércoles me reúno con varios colegas a platicar de diferentes temas. A esto se une que en el Incan se ofrece ayuda profesional de psicología a los médicos. Porque al estallar se puede tratar mal al paciente, lo cual se trata de evitar, pues aquí vienen en busca de ayuda.

Usted tuvo una etapa de hippie, ¿cómo fue?

No la viví mucho, no llegó al punto de irme de casa a una comunidad. Sí tuve el pelo largo, no se usaba cola, zapatos de plataforma, medallón en el pecho con el símbolo de paz y amor. Lo que más asimiló mi generación fue ese sentido de libertad, la rebeldía, que al no salir de otra manera, la reflejábamos en el rock. Yo fui de los que seguían a los grupos; por eso, cuando sabía que El plástico pesado, Apple Pie, SOS, y Cuerpo y Alma iban a tocar en algún sitio, íbamos todos. En aquel tiempo había más unión, nos llevábamos bien los de colegios con los instituteros. Los del Don Bosco participábamos en la fiesta del Central y nunca hubo una bronca, como ahora. En el colegio fue difícil ser hippie, porque los padres salesianos nos cortaban el pelo. En la U pasé cuatro años sin tocarme el cabello, pero al llegar al cuarto año, otra vez me lo corté porque los médicos eran muy estrictos, pero el sentimiento sigue.

Al estar en el programa de radio, ¿regresa a alguna época de su vida?

Hay canciones como La vi parada allí, de los Beatles, que no importa en dónde esté y la hora que sea, al oírla parece que alguien agarrara mi cerebro y lo arrastrara a 1964-1965, no recuerdo a alguien en especial, solo tengo la sensación de estar allí. En la cabina bailamos o cantamos, pues sabemos las letras. De repente alguien dice que le recuerda la fiesta de su graduación, o a la novia o cuando se casó un conocido. Por eso hay muchos tipos de colecciones, como sellos, aviones o cualquier otra, pero la mía es la mejor porque me devuelve algo, no es solo apilar discos, trae remembranzas.

¿Cómo le gustaría que fuera su retiro?

En el laboratorio tenemos un trato con mis colegas: retirarnos a los 65 años, cuando uno todavía está potente. Mi generación está en no pasar más allá de esa edad, porque después se vuelve una obsesión estar en el trabajo. Hay compañeros que no quieren irse porque no aprendieron a hacer otra actividad que no fuera la medicina.
Tengo la idea de terminar mis días profesionales como docente, porque me encanta, sin dejar mis programas de música de coleccionista. Además, quisiera que me recordaran como a alguien que irradia paz.

 
   

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