Semanario de Prensa Libre • No. 185 • 20 de enero de 2008

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En primera persona

Gracias, papá Miguel
El Teatro Nacional era parte de su vida.

Tenemos la bendición de contar con ciudadanos especiales que han contribuido al desarrollo de nuestro país; tuve la suerte de conocer y convivir con uno de ellos; mi abuelo: Miguel Ángel Xar Melgar. Nació el 8 de mayo de 1923, en la ciudad de Chimaltenango. Cuando tenía 16 años, vino a la capital a trabajar en la albañilería, y a pesar de no conocer nada de eso, su deseo de superación le bastó para aprender y luego volverse un maestro en el oficio. Su primer empleo fue en la construcción del Palacio Nacional, donde trabajo durante tres años. Contaba que era muy alegre trabajar allí, a pesar de que ganaba 20 centavos al día; cuando el general Jorge Ubico pidió que se aceleraran las labores, tenía jornadas que iniciaban a las 6 de la mañana y terminaban hasta las 10 de la noche, aunque mejor remunerado: 40 centavos la hora. Al finalizar la construcción del Palacio, ingresó al Cuartel de Caballería. En ese entonces se dieron cuenta de su talento, lo que valió para que le encomendaran la terminación de los detalles de ese edificio. Trabajaba en ese lugar cuando inició la Revolución de 1944, y tenía bastante que hacer: limpiar durante todo el día las armas y tanques que allí se guardaban.

En 1960 empezó a trabajar en donde luego consideraría su hogar, el Teatro Nacional de Guatemala. Al llegar, no encontró nada, solamente cerros de tierra que fueron parte del cuartel que quedó luego de la Revolución. “Era difícil trabajar ahí”, comentaba, tenían que hacer columnas de granito y fundir todo el edificio, muchos de los que empezaban a trabajar ahí no aguantaban por mucho tiempo, y fueron pocos los que quedaron hasta el final.

Su ardua labor y el amor que ponía en su trabajo hizo que en el año 1998 el presidente en funciones de ese entonces: licenciado Álvaro Arzú, le entregara personalmente un reconocimiento por sus años de servicio en la construcción. Siguió trabajando en el área de mantenimiento de este lugar y a sus 83 años aún trabajaba, y no lo hacía por obligación, lo hacía porque decía que el Teatro era parte de su vida, que el día que dejara de laborar ahí se acabaría y así fue: el paso de los años no permitieron que “papa Pichón” como le decíamos todos sus nietos, continuara con la vida que disfrutaba, caminar diariamente desde su casa en la 40 avenida de la zona 5 hasta el Teatro Nacional.

El 1 de diciembre del año pasado ingresó por deficiencias cardiacas al IGSS de la zona 9. Para nuestra familia fue la navidad más triste de todas. El 30 de diciembre de ese mismo año dejó de existir, tranquilamente, en una de las camas de ese hospital. Mucha gente llegó a despedirse de aquel vecino especial, del excelente padre y, en mi caso y el de mis primos, a despedirnos de ese ser maravilloso que teníamos por abuelo, fue una experiencia muy triste…

Aunque ahora sus restos descansan en un cementerio de la zona 5, en el corazón de sus hijos, nietos y bisnietos todavía sigue vivo el recuerdo de nuestro querido abuelito, nuestro papá Miguel, “gracias por las grandes lecciones de vida heredadas, siempre estarás en nuestro corazón”.

Tu nieta que te extraña
Priscila de León

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