El poder y la condición femenina
Las primarias entre Clinton y Obama,
una lucha de género y no de raza.
Por Sergio Muñoz Bata
Esta no es la primera ocasión en la que una mujer o un afroamericano busca la nominación a la candidatura presidencial de su partido para la elección de noviembre.
En 1872, la sufragista Victoria Chaflin Woodhull se lanzó como candidata presidencial, para adelantar la igualdad de género. Cien años después, Shirley Chisholm, una mujer afroamericana que hiciera historia al haber ganado un escaño al Congreso, también buscó, infructuosamente, la nominación del partido demócrata a la Presidencia.
En 1984, Jesse Jackson fue el primer candidato negro que logró ganar algunas primarias en un quijotesco intento por llegar a la Casa Blanca.
Pero lo nuevo en la carrera presidencial del 2008 es que por primera vez en la historia de Estados Unidos, una mujer o un afroamericano tienen posibilidades reales de ganar la Presidencia. Y la confrontación entre miembros de dos minorías ha generado una serie de debates sobre su elegibilidad, el estado de las relaciones interraciales en el país y la condición de las mujeres y su acceso a los puestos de poder. Los republicanos, no en balde su conservadurismo, optaron por la vía más segura al postular solamente a un puñado de hombres blancos.
Como bien ha notado la escritora feminista Gloria Steinem en reciente artículo, la competencia entre un negro y una mujer ha mostrado que más que la raza, el género sigue siendo el factor que más restringe la vida en Estados Unidos.
“A los hombres negros”, escribe Steinem, “se les concedió el voto 50 años antes que una mujer, de cualquier raza, pudiera emitir un sufragio. Y, en términos generales, los hombres negros han podido ascender a posiciones de poder, desde las fuerzas armadas hasta las juntas de directores de las grandes corporaciones, mucho más rápido y en mayor número que las mujeres”.
Lamentablemente, esto es así porque a principios del siglo XXI siguen predominando los estereotipos en la visión que se tiene de las mujeres que asumen puestos de liderazgo. Estereotipos que las definen alternativamente como criaturas adorables, inútiles y emocionalmente inestables, o como seres fríos, distantes, competentes, pero manipuladores.
Rara vez se les ve como seres humanos que, si bien cometen errores, también son capaces de superar sus naturales ambigüedades y, ocasionalmente, tienen también sus momentos de grandeza.
En este sentido, no es accidental que a las pocas mujeres que han podido triunfar en la política por mérito propio, pienso en Golda Meir, Margaret Thatcher o Angela Merkel, se les caracterice como “damas de hierro”.
En el caso de Hillary Clinton, lo inaudito es que sus detractores le han aplicado el estereotipo de principio a fin sin compasión alguna, y sin siquiera ponerse a reflexionar en la contradicción que ello implica.
Antes de la primaria en Nueva Hampshire se la acusaba de ser fría, calculadora y manipuladora, se llegó incluso al extremo de hacer del reconocimiento de su inteligencia más un vicio que una virtud. Luego, dos incidentes de campaña, propiciaron un súbito cambio de opinión en la mente de algunos votantes.
En el primero, los ojos de la candidata se humedecieron al contestar una pregunta sobre cómo pudo combinar sus deberes de madre y esposa con una carrera política.
En el otro, reaccionó con ira a los ataques que le lanzaban sus dos más cercanos competidores. En ambos demostró que, después de todo, la senadora por Nueva York es, simple y sencillamente, un ser humano.
Para algunos observadores, la “dama de hierro” finalmente se humanizó, pero al mostrar su sensibilidad se vio débil, con lo cual demostró así su incapacidad para gobernar el país. También es posible que algunas votantes se hayan conmovido y salieran a votar por ella, lo que le dio el triunfo en la primaria. Para otros, sin duda los más cínicos, ambos gestos fueron simplemente una farsa porque, para ellos, Hillary Clinton sigue siendo una persona fría, hipócrita y manipuladora.
Es evidente que no es solamente el sexismo lo que motiva el rechazo a Hillary Clinton, una mujer que carece del carisma que Obama ha desplegado, y que tanto le sobra a su marido Bill Clinton.
También es cierto que el contraste entre los candidatos revela un desencuentro generacional. Los jóvenes apoyan a Obama y Hillary es popular entre los votantes mayores de edad. Esto no implica, sin embargo, la superioridad del hombre.
Lo interesante, en todo caso, es que para cuando llegue el momento crucial de la elección, las dos minorías tendrán que zanjar sus diferencias para lograr el objetivo común: sacar a los republicanos de la Casa Blanca.
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