Semanario de Prensa Libre • No. 186 • 27 de enero de 2008

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D viaje

Playa Dorada

La tranquilidad de sus aguas y el reflejo de los rayos del sol en el piedrín recrean la vista de los visitantes.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

A la orilla del Lago de Izabal se encuentra Playa Dorada. Tan sólo su nombre advierte al visitante un paisaje muy distinto al que los ojos de la mayoría de personas está acostumbrado a observar. El color de su arena, que más bien es piedrín, asemeja pepitas de oro dispersas a través de un corredor de un kilómetro de largo y unos 10 metros de ancho.

Sus mansas aguas, el sol y el inusual color de su ribera convierten el lugar, en un sitio perfecto para un paseo familiar o con amigos. Para disfrutar aún más el ambiente los visitantes puede alquilar una moto acuática y sentir la brisa del lago de Izabal o dar un paseo montados en una banana inflable. Héctor Leonel Miguel, un lanchero del lugar, dice que un paseo en moto cuesta Q25 y en banana Q10. “A todos se les proporciona una chaleco salvavidas por su seguridad”, explica.

Bien dormido y comido

Playa Dorada cuenta con ocho restaurantes donde es posible disfrutar de excelente comida que, en su mayoría, tiene como esencia los productos del mar. Se puede degustar desde un caldo de mariscos (Q80) hasta el pachay (Q30) que es un plato elaborado por los q’eqchi’es. Este se elabora con una mojarra cocida al vapor en hoja de maxán (y otros condimentos), al cual se le agrega bastante chile cobanero. “Hasta lágrimas le salen a uno, por lo picante”, expresa Enrique Sosa, propietario del restaurante Kari.

Para que los visitantes lo puedan degustar, los cocineros de Playa Dorada lo preparan con una cantidad menor de chile. Sosa cuenta que esta comida la aprendió a elaborar debido a que su esposa es de origen q’eqchí. “Es una comida antigua, ya que el papá de mi mujer cuenta que lo comía cuando era niño”, relata.

Para las personas que desean pasar varios días o un fin de semana en el lugar hay siete hoteles y pensiones, entre éstos uno de lujo. Los fines de semana abren sus puertas las discotecas Izabal Lake y Oasis, en donde aparte de bailar, se puede beber una copa de vino o cualquier otro tipo de bebida alcohólica.

Para regresar con una huella del viaje, los turistas pueden comprar alguna artesanía. Los vendedores ofrecen veleros y cayucos de madera, collares y pulseras elaboradas con conchas y caracoles.

Pero el mejor recuerdo que se puede traer es tener la suerte de observar algún manatí cuando se acerca a la playa. Julio Brenes, vecino del lugar, cuenta que observa estos ejemplares, en peligro de extinción, unas dos veces a la semana. “Se les ve el gran lomo café oscuro”, comenta.

No todo es dorado

Pero no todo lo que sucede en Playa Dorada brilla como el metal, ya que sus vecinos dicen sentirse abandonados por las autoridades, debido a que se está deteriorando. Sosa dice que el mayor problema que enfrenta la angosta playa es que el piedrín dorado es muy codiciado en todo el país por su color, a raíz de lo cual es explotado sin ninguna limitación. Este aprovechamiento, agrega, ha ocasionado que la orilla se haya reducido unos 50 metros.

Para evitar que la destrucción continúe, algunos vecinos han construido muros que tienen el objetivo de evitar que las aguas continúen penetrando la playa. También han colocado rótulos donde expresan que está prohibido llevarse el material.

Los comuneros cuentan que este material se lo han llevado en grandes cantidades para distintos lugares, entre éstos México. También fue utilizado en la ornamentación de la plaza central y otros parques. “En Jalapa, hay un finquero que construyó un kilómetro de carretera con este tipo de grava”, cuenta un vecino.

Otro de los principales depredadores del sitio son los turistas, quienes acostumbran regresar a su casa con una bolsa de esta arena. Algunos lo llevan para adornar alguna parte de su casa, jardín, maceta o una pecera. “Imagínese que cada uno lleve tres libras, ¿cuánto se habrá perdido durante todos estos años?”, reclama Karen Reyes, una visitante que reside en la capital.

Sosa dice que es urgente que instituciones como el Instituto Guatemalteco de Turismo, Consejo Nacional de Áreas Protegidas, Defensores de la Naturaleza, Ministerio de Ambiente y la Oficina de Control de las Áreas de Reservas Territoriales del Estado hagan algo para detener el deterioro. “El lugar sería más precioso si se hubiera cuidado desde hace tiempo”, expresa.


   

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