El público llena los teatros
Las salas viven su buena época, aunque siempre algún melón sale podrido.
Por Juan Carlos Lemus
Foto: Lucía Herrera
La cantidad de público que asiste al teatro ha aumentado considerablemente. Hace apenas 10 años, las mejores obras eran presenciadas en salas prácticamente vacías, salvo algunas excepciones.

Ciertamente, Rubén Morales Monroy, Luis Tuchán o René Molina, por mencionar algunos nombres, también llenaron salas en las décadas de 1960 a 1980.
Hoy día, óperas, teatro del absurdo, comedias y dramas en general tienen su buena cantidad de asistentes. No diremos que la gente madruga o hace fila desde la noche anterior a la función; tampoco que se quedan sin boleto unas 200 personas, como sucede con los conciertos de rock en los estadios, pero sí que 50 butacas vacías contra 150 llenas es un gran logro.
Los actores y directores se encuentran ante un público cada vez más voraz y exigente. El repunte de nuestra época incluye la asistencia de familias, grupos de amigos o diletantes en solitario que aplauden y hasta se ponen de pie para dar la felicitación final.
Ese logro, tan codiciado por los artistas en cualquier sociedad, parece ir en aumento, pues observamos largas filas para ver a Madame Butterfly, Falstaff o Carmina Burana, pero además a La cantante calva, algo de teatro circo y danza contemporánea.
Como quien dice, son cada vez más frescas las olas. Mas como muchas cosas buenas de la vida (la verdura trae su gusano, el melón sale podrido, el sapo nació tuerto), junto con el público respetuoso entra el que va cargado de ruido y de papalinas. Suenan los teléfonos y se conversa como si se estuviera en un mercado. Las edecanes, cuando las hay, guían con cuchicheos y entre la oscuridad a las personas que llegaron tarde.
Los teatros serios del mundo no permiten la entrada de nadie durante una función. Esto es bien puesto en práctica por la Organización para las Artes de la Universidad Francisco Marroquín, donde nadie ingresa mientras la soprano mantenga la boca abierta o el pianista un dedo en el teclado. Afuera esperan los que tuvieron un retraso y pueden entrar hasta un intermedio.
Nuestros bisabuelos vivieron, a principios del siglo XX, el otro extremo conductual en los teatros, pues no se quitaban el sombrero ni durante la función, aunque podían fumar, y se sentaban separados de las mujeres.
En algunos casos ni siquiera se les permitía aplaudir. Tales escenas, llenas de tesura, podemos leerlas hoy, cien años después, en Diario de Centro América, por ejemplo. Los teatros europeos, por entonces, eran ya unos ancianos.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX nuestro pueblo se refugiaba en las representaciones religiosas, en los atrios de las iglesias y al mismo tiempo comenzaban a surgir algunas compañías teatrales que imitaban al teatro europeo. Según Héctor Gaitán (en Historias de la Ciudad de Guatemala), la primera ópera montada en Guatemala tuvo lugar en el año 1835. Se trata de Adolfo y Clara y fue presentada en el Teatro de Fedriani.
Un estudio muy completo al respecto de los orígenes del teatro y las primeras obras presentadas es el elaborado por Catalina Barrios y Barrios en sus aportes a la Historia de la Literatura Guatemalteca, donde anota que el teatro popular “se manifestó por medio de pastorelas, loas y otros bailes o dramas (…) como el de Moros y Cristianos, La Conquista, La Sierpe, El Venado, El Torito y otros”.
Otro importante trabajo de la investigadora es su libro Estudio histórico del periodismo guatemalteco, donde nos habla de las salas de antes y después de Rafael Carrera; esto es, el Coliseo de Aduana y el Teatro de Oriente, que cedieron paso al Teatro Carrera.
Tiempo después, las llamaradas resplandecientes del modernismo comenzaron a iluminar las páginas literarias y, por supuesto, las de los tornasolados críticos de aquellos tiempos cuyos primeros asomos encontramos en las revistas Juan Chapín. Llenos de frases hechas, adornadas con colochos y adjetivos, hacían énfasis en los aplausos y también en los vinos que se repartían durante el intermedio.
Si en un tiempo asistir al teatro fue un pretexto para lucir los zapatos, para presumir la chalina, la madrileña o los bigotes bien barnizados, eso no perduró y con el paso de los años las puertas se fueron haciendo cada vez más anchas. En la actualidad, el público asiste lo más cómodo y relajado que puede, aquí y en Alemania.
Es posible que tenga razón Gaitán cuando escribe que después de que se presentara Hernani o El Honor Castellano, en 1859, en Teatro Carrera, “hasta el más humilde artesano silbaba o tarareaba cualquier aria operática cuando iba por la calle. Se iniciaba en la ciudad la época romántica y bohemia que hizo florecer a poetas y músicos”.
Acaso aquel fue el germen de una devoción por las artes escénicas y que se sigue expandiendo en el siglo XXI.
Alguna vez el público se mostró tenso, hundido bajo su sombrero y la corbata; otras veces, encadenado al complejo de la moda o incluso sumido en un absurdo glamour; en estos tiempos, parece que hay mucha sinceridad por parte del espectador ante el hecho artístico, a excepción de quienes comen, hablan por teléfono, irrespetan al artista y malgastan su propio dinero, pues bien podrían botarlo menos si se largaran a una cafetería.
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