Semanario de Prensa Libre • No. 187 • 3 de febrero de 2008

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D oficios

Orfebre en tierra propia
Luis Ovando Pinto conoce muy bien el manejo de metales como el oro y la plata: sus trabajos llevan el sello de la calidad.

Por Ingrid Roldán Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

Cuatro meses de intenso trabajo le llevó a Luis Ovando restaurar la lámpara de plata del templo de San Cristóbal Acasaguastlán, que pesa unas 70 libras. El enorme artefacto se desprendió de la cúpula durante el terremoto de 1976. Cuando un tractor removía los escombros, la aplastó y la destruyó. Alguien la guardó y así permaneció durante años hasta que, en el 2005, representantes de Adesca y la Embajada de Alemania lo contrataron para cumplir con esa delicada misión en una pieza que data del siglo XIX.

Pero este no es el único tipo de trabajo que sabe hacer. Aprendió el oficio en casa. Su padre, Luis Ovando Romero, era conocido como el Platero de la Calle Manchén. Le enseñó a hacer argollas de matrimonio cuando Ovando Pinto tenía 7 años de edad. “Las hacía con cobre, porque esa es la forma de aprender el manejo de la lima (para pulir)”, recuerda.

El tiempo que compartió con su padre fue poco; él murió cuando su hijo tenía 12 años de edad. Los hermanos mayores le enseñaron lo que habían aprendido.
De adolescente trabajó con el maestro salvadoreño Rigoberto Caballero, con quien aprendió a fabricar un tipo de cadena conocido como “china”, además de otros dos estilos: Cartier y martillada.

A los 18 años comenzó a hacer reparaciones de joyas. Después conoció al suizo Erick Alplanal, de la joyería y relojería La Duquesa, quien le enseñó los secretos de la relojería: de bolsillo, de péndulo, de suspensión. Además del aspecto técnico, con él aprendió a ser exigente consigo mismo y preciso en el trabajo.
Después de algunos años, Alplanal volvió a Suiza y vendió su negocio. Ovando trabajó tres años con el nuevo propietario hasta que decidió irse a Estados Unidos.
Los conocimientos que tenía de varias ramas de la joyería y la relojería le sirvieron para abrirse camino en aquel país. Allá montaba brillantes de uno y dos kilates y hacía trabajos de joyería fina. Después de cinco años, decidió regresar a Guatemala y montar aquí su taller, primero en la joyería El Sol y, desde 1989, en el pasaje Víareal, en la sexta avenida de la zona 1.

De las paredes de su local penden relojes de distintos tamaños. En otra área tiene apilados los moldes de anillos y la herramienta que utiliza para hacer y reparar joyería. “Es un trabajo muy creativo y de mucha concentración”, comenta, “reconstruir una pieza que ha sido dañada es algo muy delicado”.

Además de la lámpara de San Cristóbal Acasaguastlán, reparó la chispa (o aureola) de la Virgen del Rosario del Templo de Santo Domingo, que está hecha de plata dorada. Para este trabajo lo contactó el presidente de la Hermandad, Jorge Portillo. Inicialmente, la intención era que sólo agregara las piezas que faltaban, pero al final hizo la reparación en toda la pieza. Se tardó casi seis meses y utilizó 55 galones de dorado electrolítico de oro de 24 kilates.

Otras piezas que trabajó fueron los faroles de Jesús de La Merced.

Ojo de joyero

Hacer este tipo de tarea no se aprende la noche a la mañana. Puede llevar años conocer los materiales y los químicos que se necesitan para procesarlos. Tiene que dominar el manejo de éstos y la forma adecuada de combinarlos. Además, tomar en cuenta las características de cada pieza y su tamaño. Las más pequeñas requieren un esfuerzo más meticuloso, pero las más grandes demandan mucho tiempo.

Determinar a primera vista si una pieza es de oro no es algo sencillo. “Tiene que comprar muchas para irlas conociendo, es un largo caminar”, comenta. Conoce el oro por el color, pero el peso del objeto no es un indicativo de su calidad, comenta.
Es una labor que le apasiona, pero Ovando también habla de los inconvenientes: se requiere de un esfuerzo muy minucioso y las personas no siempre están dispuestas a pagar lo justo. Además, aunque le gusta enseñar, no es fácil encontrar quien quiera dedicar mucho tiempo para aprender esta tarea. Son años de experiencia en el manejo de la fundición, el forjado, hacer moldes a mano, moldes de hule, inyección y limpieza.

Considera el suyo un trabajo artístico que requiere de habilidad escultórica y mucha entrega. Esa es la dedicación que le da a cada pieza.

La platería

En Guatemala, esta actividad data de la época de la Colonia.

La Historia General de Guatemala menciona a los plateros dentro de los artesanos de los primeros seis años de la presencia española en este territorio.

Según esta obra, la orfebrería fue de los primeros oficios europeos establecidos en Santiago de Guatemala. “La demanda de objetos, especialmente de plata, determinó que desde temprano vinieran plateros españoles. Sin embargo, hay indicios sobre la existencia de indígenas dedicados a este oficio desde los comienzos del período colonial, tanto en la capital como en otros poblados del Reino”.

Hacían piezas variadas, entre éstas, las de carácter religioso: custodias, cálices, cruces procesionales, candelabros y lámparas.

A lo largo del siglo XVII aumentó el número de fabricantes y sobresalieron algunas dinastías o grupos familiares en los que se heredaba el oficio. Se fueron definiendo rasgos especiales que se afirmaron en el siglo XVIII, lo que sirvió de fundamento a Diego Angulo Íñiguez para afirmar que existió un estilo o escuela guatemalteca de orfebrería.

La plata también fue utilizada por los miembros de las cofradías, También se hicieron imágenes religiosas vestidas de plata.

Con el traslado de la ciudad en 1776, este arte llegó a la Nueva Guatemala de la Asunción y, aunque en menor escala, permanece en la actualidad.


   

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