La amistad, recuerdo imborrable
Quizás somos los mismos, en el fondo no hemos cambiado y quisiéramos volver a vivir esos días.
¡Cuántos años! Y henos aquí, un grupo de viejos nostálgicos que nos hemos acordado que tuvimos instituto, sobre todo al pensar que es mejor que nos haya correspondido ahora y no en la próxima reunión, ya que si seguimos juntándonos cada 30 años, la próxima vez que nos reunamos va a ser en el hogar de ancianos, y la mayoría de nosotros va a estar más preocupada de nuestros bastones, pañales y audífonos que de lo que realmente importa, que es esa palabrita tan difícil: amistad.
Parece que es verdad que todo tiempo pasado fue mejor, que sentimos que tenemos una deuda con aquel período de nuestra adolescencia en el que vivíamos confiados, desinformados, inocentes, optimistas y felices. Que tal vez esos fueron realmente los mejores años de nuestras vidas, pero no lo sabíamos entonces.
Que el Mono, el Conejo, la Muñeca, el Coyote, el Choco (milk), la Mamaíta, el Marchantón, el Chucho y su camada, Bananito, el Tartajo, el Chucho (el otro), el Sapo, el Carretón del Henshell, Rabanito, Heladito, Chilo, Manotas, Chilolo, Sobuca, Chorizo, el Esquimal, el Tripa, y muchos otros, que sería largo mencionar, iban a ser nombres que permanecerían ligados a nuestra memoria colectiva.
Lo quisiéramos o no, cada vez que mirábamos para atrás estaban allí. Sentíamos su presencia y la tratábamos primero con irreverencia, más tarde con nostalgia y finalmente con reconocimiento y respeto, al darnos cuenta del tremendo rol que habían jugado en nuestro desarrollo. Muchos de ellos ya partieron a un merecido descanso (Mario Peruano, el Bello, Barrera, Max Pacay, el Buitre, el Chita , y otros más) pero dejaron en nosotros su legado, legado que nos obliga a recordarlos y homenajearlos en esos momentos que para mí fueron solemnes.
A ustedes, hijos que nos acompañaron, mañana estarán haciendo lo mismo. Y les apretará en la garganta el mismo nudo que ahora me incomoda a mí, e incomodó a sus papás, cuando se den cuenta de que el Técnico fue nuestra casa grande; de que una parte de nosotros se quedó allá y que hay que llegar a buscarla.
No para llevárnosla, solo para darnos cuenta de que quizás somos los mismos, que en el fondo no hemos cambiado mucho; que quisiéramos volver a vivir esos días. Y probablemente apreciaríamos mejor lo que tuvimos y que ya no volveremos a tener. Pero que nos dejó un recuerdo imperecedero.
Nuestra amistad. Esa que solo se da con tanta pureza cuando se es estudiante del Instituto Técnico Industrial Georg Kerschensteiner, de Mazatenango, y que intentaremos, después de media vida, ratificar hoy y siempre…
Rodrigo Pérez Nieves
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