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La belleza de la mujer no solo está sujeta a las curvas de su figura; muchas veces depende más de los ojos de quien la observa.

Por ROBERTO VILLALOBOS
La cultura helena fue la primera en querer sistematizar el concepto de belleza: creían que el universo guardaba un orden esencial que provocaba en el hombre una atracción conocida como kalleina, que indicaba al observador que se encontraba ante algo precioso. Para los griegos, la belleza era un asunto de proporción, simetría y matemática.
Decía Aristóteles: “El derecho de mandar corresponde a los bellos”, pues la belleza era capaz de hacer que una persona encontrara un puesto de trabajo o sentencias favorables en un juicio. Sin embargo, Immanuel Kant afirmaba que la belleza era simplemente el sentimiento de placer que se produce en el observador. Por ello, lo que es feo para unos, es atractivo para otros.

Nace el mito
Filóstrato, orador y filósofo griego, cuenta en sus crónicas el mito de la Venus de Milo, una escultura inspirada en una prostituta llamada Phryné y creada por Praxíteles, quien —según él— conquistó el corazón de un hombre que, muy enamorado de ella, quiso desposarla. “Ni una palabra me has concedido”, le dijo, resentido. “Por eso, echo sobre ti la maldición más estremecedora para los seres hermosos: deseo que envejezcas”.

Praxíteles siguió al pie de la letra los cánones de la belleza griega, y así esculpió una excepcional pieza, armoniosa a la vista por sus medidas: el torso, que reposa en la actualidad en el museo de Louvre, Francia, tiene 90 centímetros de busto, 60 de cintura y 90 de caderas.

Investigadores de la Universidad de Texas, EE. UU., proponen que las dimensiones perfectas de la figura femenina debieran ser 60.96 de cintura y 86.36 de caderas. El producto de la división es 0.7058, cifra que ha sido bautizada como “la proporción áurea del deseo”.

Aunque es muy difícil que alguien posea exactamente esas medidas, sí existe una modelo en el mundo de la farándula: Kelly Brook, considerada por muchos como una divinidad.
Otras hermosuras
La estrella de Hollywood de los años cincuenta, Marilyn Monroe, no llenaba los requisitos de los helenos o de los científicos, pues tenía anchas caderas y piernas gruesas, pero sensuales.
Tiempo más tarde, en el decenio de los noventa, apareció Pamela Anderson, quien con facilidad hipnotizó (y aún lo hace) a los televidentes de la serie Guardianes de la Bahía, por la voluptuosidad de sus pechos, muy lejos de lo catalogado como normal, y que hasta en las tertulias de señoras de edad se escuchaba decir que eran “sucios y vulgares”, quizás por envidia, o tal vez con una pizca de rencor por la atención desmedida de los hombres.
Dentro de la lista de deidades no escapan Jennifer López, que en sus videos musicales resalta la completa feminidad de sus curvas, y Angelina Jolie, que hasta ha inspirado el diseño de la mujer aventurera de los videojuegos conocida como Lara Croft.
Existen, no obstante, otras chicas que, aunque sensuales, han llegado a extremos para mantener su figura: la supermodelo Kate Moss, por ejemplo, cayó en las redes de la anorexia, un trastorno de la conducta alimenticia que supone pérdida de peso provocada por el propio enfermo y que lleva a un estado de inanición.
Nuevos escultores
Es de concluir que la belleza no es solamente superficial, sino que tiene que ver más con el alma de la persona. De esa cuenta, no importa si una mujer acude con los Praxíteles de la actualidad; esos cirujanos plásticos que esculpen la carne y procuran que la mujer quede con las medidas dictadas por la moda; de todas formas, por dentro, ella siempre será la misma. Más claro no lo pudo decir Edgar Allan Poe: “La belleza reside en el espíritu, no se detiene en la perfección de unos ojos sino en el pozo que brilla en ellos”.
Amplios trazos
Pruebas de que una mujer es bella, aun obesa.

Las medidas 90-60-90 no siempre fueron referencia de estética y belleza. A lo largo de la historia, numerosos pintores o escultores han elaborado admirables piezas de arte con figuras femeninas que no poseen los parámetros de la perfección proporcional de los griegos. Al contrario, trataban de exaltar la hermosura de la mujer promedio e, incluso, de la obesa.
En 1908, el arqueólogo Josef Szombathy descubrió la estatuilla de una figura femenina durante una excavación en Austria, conocida posteriormente como la Venus de Willendorf; la novedad es que las dimensiones de su abdomen, glúteos y senos son voluminosas. Estudiosos relacionan su corpulencia con algún tipo de culto a la fertilidad por parte de las antiguas civilizaciones.
Asimismo, destacan obras como Las tres gracias, de Rubens, El nacimiento de Venus, de Botticelli, o La Maja desnuda, de Goya; cada una de las pinturas con la representación de una mujer con proporciones más grandes que una top model actual.
Otro ejemplo es Fernando Botero, quien con sus pinturas muy cercanas al expresionismo logró la atención del público, al plasmar imágenes cotidianas de diversas mujeres obesas, ya sea con o sin ropa. |