Semanario de Prensa Libre • No. 188 • 10 de febrero de 2008

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D frente

Martin
hijo de Gaspar, nieto del Gran Moyas

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

Los años de la niñez, adolescencia y juventud en México y Cuba, y las visitas desde París del Gran Moyas para juguetear con su “espejito con ojos” son, ahora, parte de los recuerdos de Rodrigo Sandino Asturias Valenzuela (Martín), hijo de Rodrigo Asturias (Gaspar Ilom) y nieto de Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967.

En la actualidad, Martín busca incidir en la vida del país desde la política y la generación de análisis en las áreas de seguridad y justicia. “La guerra es el último recurso humano”, expresa. Revista D conversó con el ex guerrillero.

¿Qué significa para usted ser nieto del premio Nobel?

Primero, un gran orgullo. Creo que los Asturias, en diferentes etapas, hemos sido consecuentes con lo que pensamos y tratamos de hacer por Guatemala. Representa una gran responsabilidad y estoy profundamente orgulloso de la obra de mi abuelo y mi padre; realmente quisiera tomar ese ejemplo y concretar ese legado que dejaron ellos. Tratamos de rescatar ese pensamiento que va en contra de la corriente que trata de olvidar a Miguel Ángel o descalificar a Rodrigo; creo que ambos son parte de nuestra historia.

¿Por qué Sandino?

Mi nombre tiene que ver con mi historia. Mi abuelo prologó el primer libro que escribió el argentino Gregorio Selser, Sandino, general de hombres libres, e hizo una referencia muy importante de este personaje. Para mi abuelo y mi padre, Sandino fue un referente mundial. Es el primer hombre en América Latina que se enfrenta militarmente a los gringos y los derrota, lo cual para la historia de la humanidad es significativo; en homenaje a él, mi padre y mi madre decidieron ponerme ese nombre. Un nicaragüense me decía: Me caes bien por lo de Sandino y lo de Asturias, aunque en Guatemala ambas palabras no generan, necesariamente, las mayores simpatías.
Pero pesan…

Por supuesto que sí. En la guerra adopté el seudónimo de Martín, hijo de Gaspar Ilom, en la obra Hombres de maíz (escrita por Miguel Ángel Asturias); entonces mi historia es muy fuerte. Además, hay muchas cosas humanas, debido a que mi abuelo fue extraordinario, incluso; viví con él durante seis meses en París y, además, nos visitaba mucho en México. Igual mi padre, fue un dirigente guerrillero revolucionario; entonces la connotación es doble.

¿Qué elementos hay de su abuelo en usted?

Me dejó una gran carga afectiva. Siempre que me escribía se refería a mí como “Mi espejito con ojos”, que era un personaje de una de sus obras. El día que nací escribió el poema “Mi nietecito amigo”, el cual publicó en El Universal y cuyo contenido conocí hace pocos años. Me dejó un gran legado, gracias a su pensamiento trascendental, ya que Hombres de maíz y El Señor Presidente siguen siendo literatura vigente para quienquiera conocer el país. Hace poco escuché a una persona decir: “Leí El Señor Presidente, y el país sigue siendo la Guatemala del Señor Presidente”.

¿Cómo fue la relación con su padre, durante el conflicto?

Durante mi niñez fue muy intensa. Salimos de Guatemala cuando yo tenía 2 años (1964), y es la única etapa (hasta 1971) durante la cual vivimos los tres (Rodrigo, Rosario Valenzuela, madre de Sandino) como familia. Esos años los recuerdo muy bien, porque los vivimos intensamente, y mi papa llegó a ser gerente de la editorial Siglo XXI, y teníamos una gran actividad política e intelectual, debido a que había muchos exiliados de peso.

Durante esos años, ¿estaba usted consciente de las actividades de su padre?
Mis tíos eran los dirigentes revolucionarios como Turcios Lima, Yon Sosa, Rolando Morán y Pablo Monsanto. Desde niño, la idea de la revolución y transformación era lo cotidiano de mi vida, lo cual me permitió comprender la ausencia de mi padre en una etapa muy importante (lo dejó de ver por más de siete años), que fue cuando se alzó en armas. Siempre entendí que había que hacer sacrificios y que de alguna manera me tocaba renunciar a mi padre, para que todos los niños de Guatemala estuvieran mejor.

¿Qué tanto vivió el conflicto durante esos años?

Cuando estudiaba cuarto grado de primaria, en la escuela había un mural donde podíamos expresar lo que pensábamos, por ejemplo: “Yo felicito a...; me gustaría... o yo critico a...”. Alguien escribió: “Yo critico a Sandino (Asturias), porque dice que el Che y Fidel (Castro) son sus tíos políticos”. En la asamblea el director me dijo: “Explícanos por qué dices eso?”, y yo le respondí: “Porque son hermanos de lucha de mi padre y tienen las mismas ideas”.

¿Qué suceso recuerda de esos años?

Mi papá se alzó en armas en Guatemala y nos quedamos, junto a mi madre, en México. En 1971, se registró un evento que influyó grandemente en mi siguiente exilio y fue cuando la Policía Federal de Seguridad de México secuestró a mi madre, para entregarla al Ejército de Guatemala. Mi abuelo le salvó la vida, porque realizó una campaña mundial y llamó al presidente y al ministro de Gobernación. Él asumió como padre de mi madre, ya que decía: “A mi hija la secuestraron”, y fue tan grande el escándalo internacional, que tuvieron que regresarla, cuando iba en camino a ser entregada en Guatemala. Esta operación de inteligencia militar tenía como objetivo presionar a mi padre que estaba en las montañas, para que se entregara.

¿Esto incide en ustedes?

Este hecho puso al Gobierno mexicano en una situación incómoda, por lo que nos plantearon salir de ese país. Fue así como nos vamos a vivir unos meses a España y Francia, con mi abuelo, hasta que decidimos irnos a Cuba (1972). Cuando llegué a este país, tenía 9 años y la primera pregunta que le hice a mi mamá fue: “¿A qué edad admiten en la guerrilla?”, ella me contestó: “Cállese, niño mocoso, usted no sabe que su padre está luchando para que usted no esté en esa babosada”. Durante estos años (hasta 1982), me formé en un sistema de educación en el campo con un altísimo nivel académico.

Los encuentros con mi padre eran esporádicos una vez al año, pero mi deseo era solo cumplir la edad e incorporarme a la lucha, lo cual se me hizo realidad en 1982, después de haber concluido mi formación académica, política y militar. Aquí se inicia otra etapa de mi vida, donde me tocó estar cerca de mi padre en la montaña. En 1991, estuve en operaciones importantes que se realizaron en un frente unitario en el Volcán de Agua, Palín, Chimaltenango y Ciudad Vieja.

¿Cuál fue el momento más riesgoso de su vida militar?

Lo más difícil fue el 19 octubre de 1991, cuando estábamos retirándonos del Volcán de Agua, y el Ejército, de alguna manera, tuvo información de dónde estábamos y montó un cerco con kaibiles. En esa operación vi morir gente a la par mía, y varios compañeros cercanos quedaron heridos. Fue una experiencia difícil y a la vez grande, porque fue un ejemplo de hermandad y solidaridad entre compañeros.

¿La lucha armada logró algunos cambios?

Guatemala ha tenido dos grandes momento para alcanzar esto, pero han sido desperdiciados. El primero fue la Revolución de Octubre de 1944, pero los poderosos no la entendieron y la deshicieron. Estamos frente al segundo momento que son los acuerdos de paz, los cuales pueden ser un parteaguas para el país, debido a que en ellos están sintetizadas las transformaciones que necesita, para que sea diferente y reduzca los niveles de desigualdad y sea más equitativo.

Creo que ellos (los empresarios) ya están preocupados, porque el país se ha desgastado tanto que han empezado a reflexionar sobre nuevos rumbos, debido a que tenemos que concretar muchos de los proyectos que no hay que inventar, porque ahí están. Debemos construir una identidad como país y volver a encontrarnos como nación, para lo cual es necesario tener referentes.

¿Cuáles podrían ser esos referentes?

(Juan José) Arévalo, (Jacobo) Árbenz, Miguel Ángel Asturias, Rigoberta Menchú, Ricardo Mata, Tito Monterroso, (Luis) Cardoza y Aragón, que son nuestras glorias mundiales, y cuando todos estemos orgullosos de eso, seremos más guatemaltecos. Tenemos un país sin memoria y sin referentes, y cualquier proyecto debe partir de que la nación se construye sobre su historia y con políticas que nos cohesionen.
¿Quedó la guerra atrás?

Incorporarme después de la guerra no ha sido cosa fácil, pues haber sido miembro de la URNG tiene connotaciones sociales, para algunos muy positivas y para otros negativas, pero es mucho mejor querer cambiar Guatemala desde esta trinchera que desde la guerra. Para los que la vivimos es el último recurso humano, por eso estamos creando un centro de estudios y análisis político y denunciando las cosas que pasan en el país, con el fin de tener una Guatemala, justa, equitativa y sentirnos orgullosos de ella.

 
   

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