Semanario de Prensa Libre • No. 188 • 10 de febrero de 2008

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D historia

Milenario asunto de Estado
El Estado favoreció la construcción de las civilizaciones y de grandes monumentos.

Por Sébastien Perrot-Minnot

En Guatemala, la intensa campaña electoral del año pasado y la toma de posesión del presidente Álvaro Colom en enero volvieron a llamar la atención sobre un concepto a la vez fundamental y difícil de definir con precisión: el Estado. Hubo acaloradas discusiones sobre la autoridad y las atribuciones de esta herramienta de la organización y el desarrollo humano.

La palabra “Estado” apareció en la Europa del siglo XV. Uno de los primeros en publicarla fue Nicolás Maquiavelo, el genial autor de El Príncipe. Para este filósofo florentino, el término “stato” (en italiano) se relacionaría, en realidad, con la idea de la unidad política intangible del pueblo. Hanna Arendt (1906-1975) sugirió que el “stato” del Renacimiento pudiera venir de la expresión latina “status rei publicae”, que designa la forma de gobierno.

En la actualidad, el vocablo Estado se entiende como un conjunto de instituciones provisto de una legitimidad (histórica, democrática, metafísica…) y medios de coerción para imponer su soberanía y organizar a la sociedad en un territorio dado. El Estado tiene, como lo explicó el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), “el monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza física”. Puede cobrar impuestos e implementar leyes. Dispone de símbolos (la bandera, el himno…) para fortalecer la unión de la población. Goza, además, de un reconocimiento exterior. Se considera generalmente que las principales responsabilidades de un Estado son: el orden público, la justicia, las relaciones exteriores y la defensa del territorio.

Dicho así, las cosas parecen sencillas. En realidad, el concepto del Estado ha variado mucho según las doctrinas políticas. Ciertos ideólogos modernos, de izquierda o de derecha, quisieron destruir o al menos debilitar al Estado, al describirlo como un opresor al servicio delas clases ricas o como una barrera para la expansión económica.

Encontrar el origen del Estado resulta tan difícil y polémico como definir precisamente la idea. Se invocaron las guerras, el control del comercio a larga distancia o la división del trabajo como factores que pudieron favorecer la creación de los primeros Estados.

Éstos nacieron tal vez en las cálidas comarcas del Medio Oriente, al igual que la Revolución Neolítica, hace 11 mil años y la escritura, hace 5 mil 300 años. En las salas orientales del Museo del Louvre (París) se puede apreciar un bloque de basalto negro, en el cual se grabó uno de los primeros códigos de leyes de la Humanidad. Fue concebido bajo el reino del poderoso soberano babilónico Hammurabi (1792-1750 a. C.); una de las 282 leyes advierte que “si un arquitecto construye una casa para alguien y que no la hizo sólida, si la casa colapsa y mata a su dueño, ese arquitecto es digno de muerte”…

Pero la noción de Estado cobraría más fuerza en la cuna de la democracia, la filosofía y el teatro: Grecia. El siglo V a. C. vio florecer en Atenas un sistema de instituciones cuya legitimidad se basaba en la voluntad de la ciudadanía. Ésta, sin embargo, excluía a las mujeres, los esclavos y los extranjeros. Atenas representa un caso excepcional, aunque muchas otras “ciudades-Estado” se desarrollaron en la Grecia antigua.
En 146 a. C., Grecia fue conquistada por los romanos, quienes sintieron una pasión por esta tierra de cultura. El Estado, que crecía como una delicada flor en tierra griega, se presentaría como un sólido roble en Roma. No obstante, el Estado romano se volvería un imperio con vocación “universal”, que finalmente se dividiría en 293 d. C. En 476 d. C., el Imperio Romano de Occidente pereció bajo los golpes de las invasiones de los “pueblos bárbaros”.

El derrumbe de las centenarias instituciones romanas inició una era de inestabilidad y violencia, durante la cual la Iglesia representó, para las poblaciones europeas desesperadas, la única organización que podía brindar algún tipo de apoyo y protección. Pero durante la Edad Media, la aristocracia europea volvió a reconstruir, pacientemente y en medio de crisis y guerras, instituciones estatales.

Mientras que en Inglaterra, en 1215, los nobles obtuvieron del monarca Juan sin Tierra una Carta Magna que limitaba el poder de este desafortunado soberano, en Francia, los impetuosos reyes capetos acompañaron su expansión territorial con un refuerzo de su poder y la formación de una incipiente “función pública”.

La tendencia se acentuó en la Europa del Renacimiento (siglos XV-XVI), cuando los círculos intelectuales redescubrieron las glorias de la antigüedad romana y griega, lo que influyó en los ámbitos de la política y la religión. En Roma, la “Ciudad Eterna”, los Papas ordenaron la restauración de las ruinas romanas. Los cimientos de tan venerables edificios permanecían enterrados, no obstante, los pensadores de la época no dudaban que reposaban sobre un ingenioso sistema político administrativo que valía la pena sacar a luz.

¿Pero qué fundaba la legitimidad de los Estados? Varias respuestas fueron aportadas a lo largo de la historia. En un contexto de dramática violencia, la Revolución Francesa (1789-1799) glorificó la Nación, de la cual el Estado debía ser la emanación. A principios del siglo XIX, Napoleón Bonaparte, quien asumió parte del legado ideológico de la Revolución, consolidó el Estado galo gracias a un corpus de leyes llamado el Código Civil, del cual se inspirarían la mayoría de los países del mundo. Hoy en día, los Estados, cuando están bien manejados, son vistos como garantes del bien común y la protección de la gente más vulnerable.

Como las demás partes del mundo, Mesoamérica vio la creación de poderosos Estados. Éstos aparecieron desde el período Preclásico (1800 a. C. –200 d. C.), caracterizado por la jerarquización de la sociedad, una creciente especialización del trabajo y el desarrollo del comercio a larga distancia.

El arqueólogo Richard D. Hansen opina que la ciudad maya de El Mirador, en Petén, pudo haber dado lugar a la primera sociedad estatal de Mesoamérica. Las pirámides que perforan la canopea de la selva del norte de Guatemala siguen dando, a través de los siglos, su testimonio sobre la grandeza de esta forma de organización política que favoreció el desarrollo de las civilizaciones y la producción de tantos grandes monumentos.


   

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