Sabios de aquellos tiempos
Sobreviven al paso del tiempo los libros con los que aprendieron a leer y escribir varias generaciones.

Doña Mery de Morales, de 92 años, aprendió a leer con el libro Mantilla,
cuando tenía 7 años de edad.
Por Francisco
Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
La curiosidad que despierta una revista o un libro usado, al visitar uno de los puestos donde se venden, puede transformarse muchas veces en un viaje al pasado. Cuando la vista de un lector se detiene en uno de estos documentos es común que principie a hojearlo para satisfacer su curiosidad y muchas veces, al final, opte por comprarlo.
Uno de los recorridos más emocionantes sucede cuando se observan libros de texto, debido a que, según la edad, remontan a los visitantes a la infancia, cuando se aprendió a leer y escribir o se estaba fortaleciendo ese proceso. Los libros que más nostalgia despiertan son los que fueron diseñados para la educación primaria.
Mantilla (Luis Mantilla), Pepe y Polita (Daniel Armas), Libro Primero de Lectura (Alfredo M. Aguayo) Barbuchín (Daniel Armas) podrían ser algunos de éstos.
En el país, resulta complicado establecer un orden cronológico de los libros que más se han utilizado en el proceso enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, la mayoría ha dejado huella en la concepción de la vida y la historia. Marc Ferro (París 1924) dice: “La imagen que tenemos de otros pueblos, y hasta de nosotros mismos, está asociada a la historia tal como se nos contó cuando éramos niños. Ella deja en nosotros su huella para toda la vida”.
En América, estos recursos didácticos principiaron a surgir después de la Independencia, debido a que los Estados que nacían trataban de introducir valores cívicos y exaltar episodios y héroes nacionales con el objetivo de forjar la conciencia e identidad nacional. La investigadora mexicana Josefina Vásquez, en su ensayo Los libros de texto de historia decimonónica, explica que, de esta manera, la enseñanza, sobre todo la historia, se convirtió en formadora de virtudes ciudadanas y sentimientos nacionalistas.
Del extranjero
En la librería, compra y venta de libros nuevos y usados El Búho, ubicado en la 10a. avenida y 9 calle de la zona 1, por ejemplo, se pueden encontrar algunos que se utilizaron en los primeros años del siglo XX y que eran importados. Uno de estos es el Libro segundo de lectura, cuyos autores fueron Sarah Louise Arnold y Charles B. Gilbert y que fue traducido y adaptado al español por Manuel Fernández Juncos. Esa edición consigna el año 1900.
Este material de pasta dura contiene cuentos, fábulas y composiciones poéticas cortas, que buscan, según se lee en el prefacio, “despertar el interés del niño”. El pollito, El zorro y La alondra, La gallina de los huevos de oro y Los muchachos y las ranas, son algunos de los títulos de las 160 composiciones literarias que aparecen en este ejemplar editado por Silver, Burdett y Compañía, en Nueva York.
Otro libro, más reciente, que se puede encontrar en estos puestos de venta, y que dejó marca en algunas generaciones, es Oros viejos, de Herminio Almendros, editado en La Habana en 1956 por Publicaciones Cultural S.A. Este material contiene narraciones y leyendas de hechos tradicionales y maravillosos. Su contenido es un viaje por cuatro continentes. (Ollantay) América, (Skiold, el rey que vino del mar) Europa, (La justicia del cadí) Asia y (Samba Gana) África, son algunas de sus narraciones.
Los chapines
En Guatemala, la edición de libros criollos fue muy escasa. Uno de los primeros, pero mejor logrado en la década de 1920, fue el Método Nacional para aprender simultáneamente Dibujo, Escritura y Lectura, escrito por Juan José Arévalo e impreso en 1926 en la Casa París América, ubicada en Francia. Éste tenía como base su tesis de maestro presentada en octubre de 1922.
En su libro Inquietud Normalista, Arévalo explica que utilizó la palabra “nacional” en el título de su obra, debido a que en Guatemala, hasta entonces, se utilizaba como referencias libros de autores extranjeros como Rébsamen, Mantilla y García Purón. “Los pocos de autor nacional y de intenciones nacionalistas, pobremente impresos, no soportaban la competencia de aquéllos y no eran muy modernos que digamos”, escribe.
El aporte de Arévalo fue que el dibujo debe asociarse al aprendizaje de la escritura, y que la lectura y escritura (y el dibujo por consiguiente) deben aprenderse simultáneamente. Arévalo, según consigna en su libro, “estaba convencido de que las palabras generadoras facilitaban más la comprensión y disminuían los esfuerzos mentales en los niños”. Para concretar este proyecto, se guió por el argentino Mercante y el cubano Aguayo.
El fenómeno de la escasa producción nacional no ha cambiado radicalmente en la actualidad; sin embargo, los esfuerzos que hacen las casas editoras han encontrado en la piratería el mayor desestímulo. Este ilícito produce que en cualquier negocio se puedan encontrar libros de Barbuchín, Victoria, Lecturitas y cuadernos de caligrafía y ortografías en ediciones falsificadas.
Trayectoria de los métodos

Durante las tres primeras décadas del siglo XX surgieron algunos libros de lectoescritura. En 1923, se adopta como texto para los establecimientos de enseñanza pública el Libro Alfa de la educadora Illescas de Palomo.
Con una nueva metodología de enseñanza de lectoescritura, apareció en 1940 Barbuchín, libro segundo de lectura, escrito por el profesor Daniel Armas, el cual se ha convertido en un clásico.
Décadas después se utilizaron la cartilla Castilla, las colecciones La tierra del Quetzal, de Ángel Suárez, Libro Azul (método ecléctico del profesor Bonilla) y los libros del programa Rocap-Odeca.
En la mitad del siglo XX surgieron libros de lectoescritura como Victoria y Nacho.
A partir de 1980, aparecieron con un nuevo formato y presentación libros de Área de Lenguaje e Idioma Español.
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