Rául de la Horra
"Aun estamos por inventarnos"

El escritor y psicólogo opina sobre la sociedad,
la intelectualidad y la literatura guatemalteca.
PorJuan Carlos Lemus
Foto: Carlos Sebastián
Psicólogo, escritor y aficionado a la prestidigitación, Raúl de la Horra acaba de publicar (Editorial del Ministerio de Cultura) el libro El espejo irreverente, un recuento de sus columnas periodísticas “Follarismos”, publicadas en los últimos cinco años. En esta entrevista, De la Horra da su opinión sobre el ser guatemalteco, punto medular en su obra reciente.Sus “Follarismos” tienen como característica la ironía y cierta irreverencia.
¿En qué medida los guatemaltecos tenemos esas características?
Bueno, yo quisiera que los guatemaltecos descubriéramos la capacidad de ser irónicos, que aprendiéramos a distanciarnos de nosotros mismos; pero pienso que eso todavía no es posible y habrá que esperar bastante tiempo, quizá tres o cuatro generaciones, para que logremos superar el contexto que nos tiene atrapados, por no decir empantanados.
¿A qué se refiere con eso de “aprender a distanciarnos”?
A la capacidad de vernos desde afuera y de reírnos de nosotros mismos; no tenemos esa capacidad, no la hemos desarrollado.
¿No sería, antes bien, una constante de nuestra cultura, pues solemos burlarnos de todo?
No; yo pienso más bien que los guatemaltecos somos graves y susceptibles, y hasta el pétalo de una rosa nos hiere. Nuestra manera de reaccionar es sobre todo emocional: cuando alguien hace algún comentario o una crítica, enseguida nos sentimos juzgados y nos ponemos agresivos. Somos una cultura que tiene dificultades para simbolizar la realidad y entender que nuestras representaciones del mundo son metafóricas; por eso pienso que vivimos en un estado similar al de los psicóticos o esquizofrénicos, que viven literalmente las metáforas o el lenguaje, sin tomar distancia hacia lo que ellas representan. Si alguien nos menta la madre, por ejemplo, pues allí mismo nos deprimimos o sacamos el revólver.
¿Cómo establecer la diferencia entre la idea de que “no nos reímos de nosotros mismos” y la que dice que somos gente muy dada a hacer chistes?
Es cierto que en el plano cotidiano sí somos dados a contar chistes y a reírnos, hay un humor digamos, doméstico; pero yo no lo llamaría humor, sino que es más bien ser chistosos. Cuando digo humor, pienso más en una categoría filosófico-estética, o sea, en la capacidad de abordar el mundo a partir de la conciencia de la relatividad, del absurdo y de lo ridículo de todo, y no a partir de chascarrillos y bromas.
Según usted, ¿a qué se debe eso?
Mi idea es que carecemos de una estructura psicológica que nos contenga y nos dé el sentido de la identidad. En ese aspecto somos como moluscos o seres invertebrados psicológica e históricamente, por lo que necesitamos prótesis exógenas que nos den firmeza y nos ayuden a caminar, como policías o dictadores de mano firme. Es un problema histórico que viene desde lejos, como ya lo mostró Gibson en su película, donde vemos a los poderosos apaleando a los débiles, en épocas precolombinas.
Y luego vienen los europeos y nos apalean la identidad. Y luego las dictaduras y gobiernos del siglo XX, la misma historia: somos pueblos apaleados, y la historia no nos ha dejado mucha posibilidad para reír, para dejar de ser tan susceptibles.
¿Habla usted, entonces, de una susceptibilidad de origen prehispánico?
Sí, aunque en realidad los orígenes de todo lo que nos pasa son multideterminados. No hay uno, sino una suma de factores que se yuxtaponen. Hay causas históricas precolombinas, causas de la época de la conquista y de la colonia, y causas estructurales, actuales, del presente. Lo que nos lleva a que en la actualidad, por ejemplo, ni siquiera ha podido vertebrarse consistentemente, como clase social, una burguesía nacional que pueda asumir las riendas del país, porque esta moluscosidad de la que hablo concierne tanto a los individuos como a los grupos o categorías sociales.
Si es que se puede hablar de una burguesía actual, ¿cómo es esa burguesía?
Inculta. Analfabeta funcional. Tecnócrata. No lee más que textos de economía y, si mucho, de Paulo Cohelo, el hot-dog de la literatura light. A pesar de haber salido de grandes colegios y universidades, toda esa gente es profundamente inculta y aburrida, y también convencional.
¿Cree que somos una sociedad agresiva?
¡Ufff!, ¡Vaya si no! La agresividad surge cuando somos incapaces de responder adecuadamente o no logramos adaptarnos a los desafíos de la vida. Cuando pasamos de la representación o de la simbolización al acto. Y lo que domina en nuestro medio es el paso al acto violento: el bocinazo, el grito, la bofetada, el disparo. La violencia se ha vuelto una dimensión normal de la vida y todos la portamos dentro, en forma de fantasma: soñamos con matar al vecino o a quien nos molesta; pero queda en el plano simbólico.
Sin embargo, cuando ya no podemos guardar más esa violencia en la imaginación, porque nos sentimos obligados a ejercerla, rompemos entonces la dimensión simbólica y pasamos a la literal: es el peligroso paso al acto, que nos sitúa en el marco de la transgresión, de la locura. Un loco no sabe distinguir los diferentes niveles de la realidad: confunde el menú con el plato real, la representación con la realidad. No ve o no siente los límites entre su yo interno y la realidad externa.
Algo como eso, semejante a la esquizofrenia, ¿es genético o aprendido?
En mi calidad de psicólogo social, subrayaría ahora el aspecto aprendido. Y aunque en el plano biológico hay indudablemente factores genéticos que predisponen a la locura, diría que en el plano social y cultural hay factores “meméticos” de la locura, en donde los “memes” son una especie de cromosoma socio-lingüístico que se transmite a través de la familia y la escuela: actitudes, valores, representaciones, creencias, etcétera, que vienen a conformar estructuras y prácticas de comportamiento.
Cuando siendo niño veías que tu padre pateaba la mesa y la lanzaba por los aires porque estaba enojado y no sabía cómo discutir, ese acto se volverá seguramente un aprendizaje que vas a imitar de adulto.
¿Podrían generar frustraciones esas conductas aprendidas?
Claro que genera frustraciones. De hecho, en nuestro medio, prácticamente todo es fuente de frustraciones.
Somos un pueblo frustrado en muchos aspectos, y esto también se expresa en nuestras actitudes y comportamientos cotidianos, en nuestro acartonamiento expresivo, en nuestra solemnidad, en nuestra timidez, en nuestra falta de espontaneidad, y también en nuestra tendencia a quejarnos y a hacernos las víctimas. Pero bueno, es cierto que también hay razones objetivas: pasan los años y las décadas, y resulta que seguimos siendo un pueblo donde la inmensa mayoría de la población vive en la pobreza; aspiramos a convivir en paz unos con otros, a tener salud, trabajo, educación, y resulta que ninguna de esas necesidades esenciales de una vida digna es satisfecha. Creo que todo eso nos lleva a vivir en un estado de frustración transgeneracional.
¿Qué nos hace distintos, entonces, a los países pobres africanos, asiáticos o latinoamericanos?
Nos hace diferentes el estar cortados de nuestras culturas ancestrales precolombinas y europeas. Ni siquiera somos buenos colonizados que hayamos introyectado bien los patrones de las culturas foráneas.
En Alemania tuve la ocasión de trabajar con personas del tercer mundo que habían sido víctimas de la tortura. Me sorprendió mucho toparme con etíopes, o también con afganos, por ejemplo, que a pesar de ser gente de pueblo, sin mayor educación, cuando hablabas con ellos, te daba la impresión de que estabas delante de un noble, con una personalidad salida de una familia aristócrata, y resulta que eran simples campesinos u obreros agrícolas que traían dentro de sí una rica historia colectiva, y que se sentían por ello absolutamente dignos y orgullosos.
Cuando les dabas la mano, te daba la impresión de que estabas ante un jerarca, una personalidad de alto rango. Eran actitudes de gran cortesía y amabilidad, de gran cultura. Esto es lo que sucede cuando uno no se ha cortado de su propia cultura. En nuestro medio, esto tal vez se puede sentir de una manera similar con algunos cofrades o con algún alcalde indígena, con gente que no está desconectada de su propia historia e identidad.
¿Cuáles serían, a su juicio, las fortalezas de los guatemaltecos?
Es una pregunta legítima, porque hasta ahora me he focalizado en los aspectos que no funcionan, en lo negativo; pero todos esos rasgos de carácter que mencioné tienen su contraparte, y pienso que eso nos da grandes posibilidades hacia el futuro. Pues, como dice el dicho, “la ventaja de no ser feliz es que se puede anhelar y luchar por la felicidad”. Tenemos, pues, la enorme ventaja de poder forjarnos una identidad a voluntad, casi que de poder construirla a nuestra medida.
Una gran ventaja de vivir en este no-man's land histórico es el de poder escoger qué queremos ser y hacia dónde queremos ir. Pero es cierto que para eso se requieren muchas condiciones que aún no tenemos, como una adecuada madurez y cohesión ciudadana, además de elites políticas e intelectuales capaces.
Sin embargo, en los últimos años, en Guatemala ha habido elites intelectuales y políticas educadas en el extranjero.
Sólo que más que educación, lo que han sufrido es una deformación de tipo tecnocrático. Ha habido muy pocos humanistas, o más bien ninguno. No se trata de que el país sea gobernado por filósofos, pero se requieren tecnócratas con cultura y profundidad. Pero lo cierto es que aún no se da en nuestra sociedad el surgimiento de un grupo de intelectuales y líderes de clase media que estén orgánicamente vinculados a las necesidades del pueblo.
Ni siquiera en la literatura tenemos muchos autores que hagan propuestas literarias de envergadura. Después de más de 30 años de guerra
¿cuántos novelistas han escrito sobre lo que pasó? ¿En dónde está la gran novela de la guerra?
Hay y ha habido balbuceos, pero sin mayor trascendencia, porque no hemos llegado a desarrollar aún ninguna voz literaria potente que tenga peso en el plano internacional. Los únicos escritores de cierta estatura que tuvimos son gente que vivió y se forjó afuera: Asturias, Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón. Fuera de ellos, nada. Aún estamos por escribirnos, por inventarnos.
¿Cuál es su opinión, entonces, sobre novelas como las de Mario Monteforte, Marco Antonio Flores, Carlos René García, Arturo Arias, Mario Roberto Morales y otros…?
Te lo voy a responder con una comparación, utilizando la metáfora del avión. Hoy vivimos en la era del jet; si querés viajar por el mundo, hay que hacerlo en jet, no en avioneta ni en helicóptero. En el mundo de hoy, si quieres comunicarte y trascender las fronteras locales, pues hay que entrarle a la tecnología del jet: hay que tener ingenieros capaces de crear o construir aviones que vuelen alto y bien y lejos. Pues lo mismo sucede en el campo de la literatura: hoy también las literaturas se han vuelto transnacionales como la alta tecnología espacial, querámoslo o no. Hoy se lee a Borges en china, y hay chinos traducidos al español y al inglés, etcétera.
¿No es cierto que algunos de ellos son conocidos en el extranjero?
Bueno, no sé... ¿Quién es Dante Liano en Quito? ¿Quién es Mario Monteforte Toledo en Perú? ¿Quién es Marco Antonio Flores en Sudáfrica?
No tenemos una literatura de grandes ligas, sino de pequeñas y medianas ligas locales. Y, por supuesto, cada uno de quisiera ganarse el premio Nobel, eso está claro, pero lo único que logramos es fabricar avioncitos de hélice que ni siquiera suben más alto que los barriletes, porque el viento los bota.
Lo cierto es que todavía no tenemos la ingeniería mental para construir novelas a reacción; tal vez algún día surjan, pero creo que para que eso suceda, antes habrá que expatriarse y aprender a dejar de ser un poco guatemaltecos. Sólo alejándose es que uno puede acercarse. Es una ley de la vida.

El escritor
- Raúl de la Horra (Guatemala, 1950).
- Ha ganado los premios Mario Monteforte Toledo, en 1995, con su novela Se acabó la fiesta.
- Primer premio, certamen Myrna Mack, cuento Sudores, en 2003.
- Juegos Florales de Quetzaltenango, cuento La vida en salsa, primer lugar, 2005.
Sísifo, premio de cuento Bancafé-elperiódico, 2002.
- Estudió psicología en la Universidad Rafael Landívar y psicosociología en Francia.
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