Semanario de Prensa Libre • No. 189 • 17 de febrero de 2008

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D historia

Tejidos añejos
Cantel, una tienda que fue creada durante el gobierno Liberal.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

Cuando se transita por la 8a. avenida del Centro Histórico, una tienda llama la atención no sólo por su edificio, sino también por su estantería y los productos que ofrece. Sobre sus muebles, elaborados en la primera mitad del siglo XX, lucen aperchadas toallas, mantas y gabardinas de todos colores.

En este edificio (11-45) funciona la tienda insignia de telas Cantel, empresa fundada en 1874. Se desconoce la fecha exacta en que abrió sus puertas de lo único que se está seguro es que fue a principios del siglo pasado. Blanca de Samayoa, quien trabaja allí desde 1958, asegura que cuando llegó, el negocio ya funcionaba en dicho lugar. “Los muebles (de caoba) también estaban”, indica.

En la actualidad, el producto líder de la empresa son las toallas de diferentes medidas. Shery Glavey, del departamento administrativo, indica que fabrican varios estilos, como hot (de 800 gramos), que es común observar en los baños de los hoteles, y waikiki (de 600 gramos) que es más liviana y destinada a la familia.

Desde 1874

La historia de la empresa comenzó cuando Francisco Sánchez y su hijo Delfino, ministro de Fomento del general Justo Rufino Barrios, solicitaron al Gobierno el derecho exclusivo para establecer fábricas de tejidos e hilados en todo el país. Fue así como nació la Compañía Anónima de Hilados y Tejidos Cantel, ubicada, desde esa fecha, en el municipio del mismo nombre, en Quetzaltenango.

Desde Inglaterra

Para llevar a cabo el proyecto, los fundadores adquirieron 600 cuerdas de terrenos comunales, donde construyeron un edificio.

La maquinaria fue traída de Inglaterra durante 1882 y 1883, su instalación estuvo a cargo de cuatro ingenieros ingleses.

En 1906, la empresa utilizaba, aproximadamente, 80 máquinas y aun así no satisfacía la demanda nacional.

Una huelga de los obreros llevó a los propietarios a vender Cantel. Fue así como pasó a manos del ciudadano español Rufino Ibargüen y del estadounidense Máximo
Stahl.

En 1924, la hilera empleaba 500 trabajadores que operaban 150 telares con cinco mil husos y el capital ascendía a US$1 millón.


   

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