De guerras y esperanzas
Inevitablemente, pensé en lo ilógico de las hostilidades palestino-israelíes.

Todo ser humano, o al menos la mayoría, suele pasar por más de alguna crisis existencial a lo largo de su vida. Así pues, que preocuparme por describir las mías no es más que un gesto de arrogancia y vanidad, con cierto dejo de inutilidad y desperdicio, como cuando un funcionario corta el listón de una nueva obra en cuyo desarrollo nunca metió las manos.
Pero de todos modos, me veo obligado a hacerlo, para curarme de este cuadro doute raison d´etre, que me consume por dentro, y que como todas las patologías literarias, sólo puede sanar escribiendo sobre él.
En fin, era un día de soles fríos y brisa seca, como tantos otros, en el que alguna ninfa, que no viene al caso, me había expulsado de sus soledades laberínticas, cual cruel Minotauro condenado a condenar. Era tiempo, por supuesto, de sentir pena por mí mismo; mas para amortiguar un poco el peso del patetismo, debía hacerlo con sublimidad.
Mi primera opción estaba muy clara, pero como siempre carecí de las habilidades propias del alpinismo, tuve que renunciar a la imitación de mi admirado Camenzind, para conformarme con internarme en un pequeño bosque (o más bien un terreno con algunos árboles), más al estilo de Caperucita Roja, pero sin lobo ni canasta.
Los pensamientos se sucedieron en mi cabeza, uno tras otro sin conexión alguna, hasta que, de alguna misteriosa manera, terminé meditando sobre la guerra.
Inevitablemente, pensé en lo ilógico de las hostilidades palestino-israelíes, hasta manchar aquella tierra que llaman “santa”; en las incursiones occidentales en conflictos que no les incumben, con masacres de vidas en nombre de la libertad; en las guerrillas y los terroristas, y en los ejércitos opresores y sus soldados oprimidos.
Recordé que así había sido siempre a lo largo de la historia, y que podría simplemente dejarme caer en la porquería, porque ese era el destino de esta especie que llamamos humanidad. Afortunadamente, como siempre me pasa con las patologías literarias, recordé una frase de un gran escritor, en este caso Huxley, y comprendí que la primera opción no era la correcta, y que si cada uno de los hombres lucháramos por el bien de esta tierra, podríamos lograr, si no un período de paz, al menos sí de guerra limitada y sólo parcialmente ruinosa.
Luis Fernando Calderón
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