Semanario de Prensa Libre • No. 190 • 24 de febrero de 2008

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D ciudad

La familia Melón
Las calles y autobuses de la capital son el centro de trabajo de una familia que surgió hace nueve años.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos sebastián

En medio del tumulto cotidiano de la capital, una familia de cinco guatemaltecos recorre a diario la 3a. avenida de la zona 1, y trata de hacer reír a las personas para ganarse la vida en los autobuses urbanos. No cuesta identificarlos debido a que cuatro de ellos visten pelucas y ropa de colores brillantes.

El grupo está integrado por Melón, Meloncita y sus hijos Meloncito I (6), Meloncito II (5) y la que más llama la atención es Nancy, de 9 meses, quien no se desprende de la espalda de su padre. “Somos la familia Melón”, acostumbran responder cuando se les pregunta sobre su identidad. Las calles y autobuses son su fuente de ingresos desde hace nueve años cuando la pareja Melón decidió unirse.

Desde siempre

El génesis de los Melón se inició cuando el padre, después de concluir su jornada de trabajo como payaso, iniciaba una segunda como guardia de seguridad de un restaurante ubicado en la zona 1. Una de las anfitrionas del negocio era Meloncita, quien lo flechó desde que la vio por primera vez.

Durante el primer año de vivir juntos, sólo el esposo trabajó en las calles y ella únicamente lo acompañaba. La felicidad que despertaba el cómico entre la niñez despertó el interés de Meloncita, quien quería hacer lo mismo, por lo que cierto día le advirtió: “Quiero que me pintés, porque, si no, busco quien lo haga; quiero hacer gozar a los niños”.

Desde ese momento (hace ocho años) su esposa se convirtió en su mano derecha para divertir, no sólo a los que transitan en las calles, sino también en cualquier celebración. Para cada evento tienen un espectáculo distinto que incluye magia, juegos, piñatas y concursos. “Lo único que no amenizamos son despedidas de soltero, porque no acostumbramos decir malas palabras”, cuenta Melón.

Al espectáculo se han unido sus dos hijos, quienes están a la espera de ingresar a la escuela gracias a una beca que les ofrecieron en Casa Alianza. Meloncito I y II sólo actúan durante unas horas, tiempo durante el cual “sacan unas cinco camionetas”, sin embargo todo el día acompañan a sus padres. Su madre dice que los llevan a todos lados por seguridad, “no los dejamos en el cuarto que alquilamos porque desconfiamos. Les puede suceder algo malo”, expresa.

Su mundo

La calle es el único mundo de esta familia que se inició a estructurar alrededor de Melón (32), quien fue niño de la calle desde que tenía 13 años; abandonó su casa en Villa Nueva debido a que su padrastro lo trataba mal. Durante los primeros tres años su vida transcurrió entre Casa Alianza y el parque Concordia, donde se dedicó a lustrar zapatos cuando tenía 15 años. “Una vez me dormí y al despertar me di cuenta que me habían robado la caja (de lustre)”, recuerda.

Durante esos años se hizo amigo de los payasos y mimos que recorrían el Centro Histórico, y empezó a llamarle la atención esta profesión. No olvida a Carlos Chispas, Trapiche, Inglesito, Rabanito y Centavito, con quien trabajó por primera vez de cómico en las camionetas. Se maravilló tanto de ese arte que a los 16 dejó por un lado la “tinta y la pasta” e ingresó al mundo de la risa, el cual, según dice, por ahora no piensa abandonar; le ha dado para vivir.

Los mismos peligros

La vida de esta familia transcurre con algunos sobresaltos, como le sucede a cualquier ciudadano. No escapan de los hechos de violencia, pues dos veces han sido asaltados los autobuses urbanos donde trabajaban. “Vos callate” le dijeron a Melón los asaltantes, pues él trataba de continuar con su presentación. A su esposa le robaron la bolsa, donde llevaba lo recaudado durante el día. Los insultos también forman parte de su diario vivir: “Trabajen, haraganes” son algunas de las expresiones que escuchan.

“También hay personas muy buenas” dice la pareja. Como ejemplo cuentan que el 24 de diciembre del año pasado, un señor les preguntó si los cinco integraban una sola familia a lo cual ellos respondieron que sí. La respuesta despertó la sensibilidad del hombre, quien les pidió que subieran a su automóvil y se dirigió a una agencia bancaria ubicada en la calzada Roosevelt. Al salir les regaló Q500. “Habíamos pensado comprar pollo, pero con esa cantidad mejor un pavo”, comenta Meloncita.

Cuando se les pregunta si en su hogar también son alegres y cómicos expresan: “En la casa bromeamos y hablamos cosas serias, en la calle payaseamos”, responde el padre de familia. Cuando caminan por las calles o están dentro de los autobuses, y uno de sus hijos se pone caprichoso o hace berrinche le dicen: “Déjese de payasadas”. Así transcurre la vida de esta exótica familia chapina.


   

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