Semanario de Prensa Libre • No. 190 • 24 de febrero de 2008

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Punto final

Rebelión contra la censura
Atletas británicos reclaman a su Gobierno libertad de expresión en los Juegos de Pekín.

Por Rafael Ramos

Los atletas olímpicos británicos se rebelaron contra el intento de las autoridades deportivas de taparles la boca, durante su estancia en Pekín este verano con motivo de los Juegos Olímpicos, y privarlos del derecho a expresar opiniones controvertidas en materia de derechos humanos y medio ambiente. Todo ello para que los atletas no sufran las relaciones políticas y comerciales entre el Reino Unido y la República Popular China.

El Comité Olímpico Británico entregó, a los atletas para su firma, un polémico documento en el que se comprometen a no criticar al país anfitrión, pero un grupo de deportistas denunció públicamente ese ataque a la libertad de expresión y consiguió que el asunto llegue a los medios. Como consecuencia, las autoridades han dado un paso atrás y prometieron que van a redactar el artículo en cuestión de modo más diplomático.

Al Gobierno británico y al Comité Olímpico se les viene encima un grave problema, presionados por un lado por las autoridades de Pekín, para que los Juegos se desarrollen sin disensiones ni críticas al sistema, y por el otro, por atletas políticamente concienciados, y que incluso pertenecen a organizaciones como Equipo Darfur, que exigen a China que utilice su influencia en Sudán para poner fin a la grave crisis humana de esa región.

Richard Vaughan, el número uno británico de bádminton (deporte muy popular en China), y Shelley Rudman, que ganó el único oro para ese país en skeleton, en los pasados Juegos de Invierno, son dos de los atletas miembros del Equipo Darfur y han dejado claro que piensan aprovechar su presencia en Pekín para sacar el tema y no aceptarán que nadie los amordace.

Los abusos a los derechos humanos en China pueden dar pie a situaciones complicadas este verano, en línea con una tradición de protestas olímpicas que se dan desde 1956, con el boicot de España, Suiza y Holanda a los Juegos de Melbourne, tras la invasión soviética de Hungría, y de varios países árabes tras estallar la crisis de Suez. En México'68, en pleno conflicto de los derechos civiles en EE. UU., vieron cómo los atletas negros John Carlos y Tommie Smith alzaban un puño enguantado a la vez que fijaban la vista en el suelo.

Pocos Juegos —con notables excepciones como Barcelona'92— se han librado del conflicto o la manipulación política, desde que Hitler utilizó los de Berlín'36 como una proclama del nazismo.

Varios países africanos se negaron a ir a Montreal'76 porque Nueva Zelanda no fue excluida a pesar de haber jugado un partido de rugby con la Sudáfrica del apartheid. EE. UU., Australia y el Reino Unido sabotearon Moscú'80 por la invasión de Afganistán, y cuatro años después la URSS se negó a enviar a sus atletas a Los Ángeles. Los aborígenes australianos aprovecharon Sídney 2000 para advertir sobre la tragedia de la generación robada, niños arrebatados a los nativos para integrarlos a la fuerza en la sociedad blanca.

El Gobierno chino, en su obsesión por el control informativo y empeñado en que los Juegos de Pekín ensalcen su imagen internacional (en vez de deteriorarla), quiere hacer todo lo que sea necesario para evitar denuncias en materia de derechos humanos y contaminación ambiental. Los atletas británicos se lamentan de la facilidad con que su Comité Olímpico —probablemente influenciado por Downing Street— se ha plegado a los deseos chinos, a expensas del sacrosanto derecho a la libertad de expresión. Canadá y Australia, por ejemplo, dejaron claro que sus deportistas podrán decir lo que les plazca.

El conflicto puede implicar incluso a la familia real británica, ya que la organización protibetana Free Tibet está presionando al príncipe Carlos, que apoya al Dalai Lama, para que no acuda a Pekín en protesta por las violaciones de derechos humanos
Por su parte, el Comité Olímpico Español no secundará los planes del Reino Unido, a no ser que se vea obligado por una normativa del COI, que de momento no ha entrado a analizar públicamente las intenciones del Comité Olímpico Británico.

   

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