Ideas quiere la vida
En el lugar más inesperado, los vendedores
del mercado ocasional “abren las puertas”
de su negocio.
Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
Mario Velásquez es un vendedor que vive de la riqueza de su imaginación. Su profesión es tan itinerante que resulta difícil saber dónde se le puede encontrar cada día. Una noche puede estar en las afueras del domo de la zona 13, vendiendo playeras o sombreros con el nombre o foto impresa del artista que ofrece el concierto y otra, en el ingreso a una vigilia religiosa ofreciendo bufandas, guantes o, sencillamente, agua pura.

Uno de los negocios que más ganancias le dejó lo concretó en el último trimestre del 2006 en el Volcán de Pacaya (Escuintla). Los sábados por la mañana abordaba un autobús de los que cubren la ruta a la costa sur y llevaba consigo cinco envase de plástico llenos de café hervido, junto a una cesta con cien chuchitos. Cuando el frío principiaba a hacer presa de los turistas, este ingenioso comerciante echaba sus productos en trastos de peltre y los colocaba sobre las rocas de lava para calentarlos. De inmediato, los turistas se arremolinaban a su alrededor, para disfrutar de un “café caliente”, cuenta.
Cuando vio que el negocio estaba funcionando, decidió comprar casas de campaña, las cuales alquilaba a los visitantes que decidían pasar la noche en el volcán y así poder contemplar de cerca el espectáculo que significaba la erupción. Los domingos, al llegar a casa, se daba cuenta de que entre monedas y billetes reunía entre Q700 y Q800. “Ideas quiere la vida”, refiere Velásquez.
Adivinar necesidades

Siempre que se lleva a cabo un evento, ya sea deportivo, artístico o, incluso, religioso como Semana Santa, no falta la voz de algunos comerciantes que, entre la muchedumbre, gritan para ofrecer sus mercancías. Lo que venden es lo que se necesita en el momento, o lo que se le olvidó a los asistentes por salir de prisa de la casa. comenta Federico Meléndez, quien durante la celebración del Día del Cariño puso a disposición peluches.
La lista de artículos es larga e inesperada. Binoculares para observar mejor a los artistas, encendedores para iluminar el espectáculo, sombreros con serigrafía de grupos de música ranchera, carteles del Señor de Esquipulas (el 15 de enero) y sombreros para la playa durante esta época, forman parte de la oferta de estos vendedores que renuevan su mercadería de acuerdo al momento. Edwin Velásquez, hermano de Mario, dice que dentro de este negocio es fundamental estar al tanto de lo que va a suceder en el país.
Creatividad, imaginación, saber buscar la ocasión y perder la vergüenza para ofrecer sus manufacturas son parte de las cualidades de estos comerciantes que un día pueden ganar Q500, Q100 ó Q50 y, otros, no obtener ni un centavo. Forman parte del mercado informal del país el mismo que Javier Calderón, del Área Económica del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN) ubica dentro de un “mercado informal estacional, debido a que venden productos propios de un evento o época”.
Los de la foto

Localizar a estas personas resulta un tanto complicado debido que no tienen un punto fijo de venta. Cuando viene un artista lo acompañan durante toda su gira a la provincia, para aumentar sus ganancias y terminar con el producto que compran, porque quedarse con un sobrante significa pérdida. Las ferias municipales son otros de sus sitios preferidos, porque si es en honor del patrono, venden carteles con la imagen del santo. Y si hay encuentros de fútbol, banderines. “Para sobrevivir se vale de todo”, cita Fredy de León, otro vendedor.
A los potenciales compradores, quizás, les resultan novedosas las mercancías que encuentran cada vez que asisten a una actividad. Lo que no perciben es que, posiblemente, el vendedor que un día les ofreció un paraguas en la salida de un centro comercial en una tarde lluviosa, es el mismo que un día de estos de verano trata de venderle una piscina inflable o un traje de baño en cualquier playa del país.
Para mover el dinero, como dicen ellos, compran productos que pueden adecuar según el momento, para lo cual sólo le quitan o incorporan algunos elementos.
Cuando las bandas de música grupera vienen al país, por ejemplo, a los sombreros sólo les colocan una cinta con el nombre del conjunto musical y cuando venden en los palenques o jaripeos le agregan otros elementos decorativos. “Sólo se les hacen algunos cambios”, expresa Adán Ochoa, quien se dedica a este tipo de negocio en los momentos que le permite su trabajo formal.
Historias distintas
Para formar parte de este mundo sus militantes no asistieron a una escuela o facultad de negocios; cada quien lo hizo a su manera. Algunos lo heredaron o se los inculcaron desde que eran infantes. Edwin cuenta que cuando era niño y estudiaba en la escuela Delfina Morazán (inicios de 1980) su mamá le compraba bombones y otras golosinas para que las vendiera en el centro educativo.
Desde esos años nunca ha dejado de ganarse la vida haciendo transacciones. Ha vendido un sinnúmero de objetos, desde jabón, de puerta en puerta hasta artículos para el hogar como licuadoras, cafeteras, planchas, mesas y otros. En la actualidad, entre sus actividades está fotografiar en distintos eventos a su hermano Mario, quien personifica al Hombre Araña. Este trabajo lo llevan a cabo desde hace varios años, justo cuando se estrenó la primera película del arácnido.
“Al principio me chiveaba, porque me preguntaba ¿cómo me miraré? Tal vez muy gordo”, comenta Mario.
Lo que no olvidan es la manera cómo obtuvieron el dinero para recrear a ese personaje. “El pisto del traje nos lo dio el Papa (Juan Pablo II)”, refieren, en son de broma. Luego explican que cuando el Pontífice vino la segunda vez a Guatemala vendieron tantos banderines, fotografías y otros productos, que el dinero que obtuvieron les permitió comprar el traje que tenía un precio, aproximado, de Q2 mil.
La ocurrencia los obligó a buscar a otro colega que, en ese entonces, no conocían. Después de tocar varias puertas ubicaron el negocio de Carlos Castro (confecciones Tarahumara), quien siempre se había dedicado a vender máscaras a luchadores profesionales del país, así como de Chiapas y Tabasco, México; El Salvador e, incluso, Japón. Este oficio, lo aprendió de su padre y éste, a su vez, del abuelo, quienes son de origen mexicano.
Durante décadas la mercancía de este artesano y sus ancestros era exclusivo para profesionales, sin embargo, en 1999, durante uno de sus viajes a México un amigo suyo le sugirió que vendiera sus obras al público. Esta petición le permitió ingresar a este mercado ocasional, y ahora también vende estampillas, fotografías, banderas y otros artículos, pero siempre relacionados a la lucha libre.
La cantidad de personas involucradas en estos negocios y lo que generan en el movimiento económico nacional se desconoce, debido a que aún no se han llevado a cabo estudios (sucede en varios países). De lo que sí se está seguro es de que se les encuentra en cualquier lugar. A algunas personas les resulta molesta su presencia, mientras que a otras las sacan de apuros. “No nos quejamos, siempre salimos: a la mano de Dios”, expone Meléndez.
Economía estacional
Pese a ser un fenómeno mundial, esta economía ha sido poco estudiada

Javier Calderón, del área económica del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales, dice que este tipo de economía es un tema poco estudiado, tanto a escala nacional como internacional. “En el país, apenas si se está comenzando a generar algún tipo de debate público”, afirma.
¿Cómo se denomina este tipo de comercio?
No hay una definición específica para clasificar a las personas que se dedican a vender productos propios de una época, aunque podría ser informal estacional, porque venden productos lícitos en una época o evento específico.
La economía informal es una actividad cuyo servicio o venta es lícito, y social y legalmente está aceptada la comercialización de los productos. No obstante, su operación no es lícita, porque no cumple con pago de impuestos, registros mercantiles, salarios mínimos, o sea, que no cumplen con las regulaciones que el Estado dicta.
¿Es exitosa?
Lo más importante es que logran encontrar fuentes de ingreso dentro del sector informal, cuando no lo alcanzan en el formal. La ausencia de restricciones laborales y cumplimiento de otros requisitos les permite adaptarse más fácilmente a los cambios que pueden registrarse en el mercado.
¿Sus beneficios son altos?
Pueden establecerse distintos modelos organizativos o de pago para obtener más beneficios. El ingreso promedio mensual de este sector durante el 2004 fue entre Q1 mil 250 y Q1 mil 450. Al final de algunos días, tienen éxito económico, pero en promedio ganan menos que el sector formal.
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