Semanario de Prensa Libre • No. 209 • 06 de julio de 2008

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D ciudad

Dos viejos guardianes
La iglesia y convento Santo Domingo guarda en sus paredes 200 años de historia


por Julieta Sandoval Fotos: Carlos Sebastián

En la 12 avenida y 10 calle de la zona 1 se encuentra una edificación que ha estado allí no por años sino por siglos, a sus alrededores han surgido y desaparecido construcciones hechas de acuerdo a las tendencias de las épocas. Mientras, iglesia y ex convento de Santo Domingo siguen como viejos guardianes de lo que fuera la arquitectura de los comienzos de la ciudad.

Dos años después del traslado de la capital al Valle de la Ermita, en 1776, empezó la construcción del sitio en donde se instalaría la Orden de los Predicadores de Santo Domingo de Guzmán. Según un estudio de Bertila Bailey, del Departamento de Monumentos Prehispánicos y Coloniales, del Ministerio de Cultura, la delineación de la nueva urbe sería la misma que su antecesora, por lo que a cada vecino se le concedería gratuitamente un terreno similar al que poseía. “A los dominicos se les entregó un predio de 300 varas de norte a sur, por 400 de oriente a occidente”, indica el libro Historia del Arte Guatemalteco.

La construcción de convento y templo duró 30 años, terminó en 1808. El complejo se componía de la iglesia, el convento, huertos y un espacio para los animales, explica Hugo Fidel Sacor, del Departamento de Investigación de Antropología, Arqueología e Historia.

Para construcción de sus cimientos, Historia del Arte Guatemalteco cita a V. M. Díaz, quien refiere que, además de utilizar piedra extraída de las canteras de Las Vacas, fueron amasados, para dar mayor consistencia, con miel de caña y leche de vaca provenientes de las haciendas San Jerónimo en la Verapaz, y el Rosario, en Amatitlán. Fidel Sacor dice que esa narración se origina porque los dominicos producían azúcar de caña y otros productos, como carne y verdura, pues tenían un gran dominio económico. “Los artículos eran llevados al convento para ser vendidos”, agrega.

Al servicio del Estado

El área conventual fue convertida en oficinas gubernamentales, después de la expropiación que hiciera el general Justo Rufino Barrios a la Iglesia Católica, en 1873. Primero fue destinado para el Conservatorio Nacional, más tarde para la central de licores y ramos estancados, desalojado por los terremotos de 1917 y 1918.

Pero no pasó mucho tiempo para que el claustro menor del ex convento volviera a ser ocupado, esta vez por las dependencias de la Dirección General de Rentas Internas, la Guardia de Hacienda y la Contraloría General de Cuentas. “Aquí estaban todas las principales oficinas fiscales del país”, agrega Sacor. Con la expropiación, también se disminuyó la propiedad, al ser fragmentada y repartida.

Con anterioridad no se le había dado importancia a la situación del edificio, fue hasta después del terremoto de 1976 cuando empezó la restauración, ya que muchos de los espacios quedaron destruidos, ésta se hizo por fases. Más tarde, el inmueble le fue entregado al Ministerio de Educación para que se instalara el Instituto de Antropología e Historia (Idaeh), por lo que los trabajos de recuperación terminaron en 1990.

En la actualidad, el Idaeh tiene aquí sus oficinas. Lo que era el claustro menor fue convertido en el espacio del Centro Cultural Santo Domingo, el cual lo compone el auditorio Rigoberta Menchú, las salas Juan José Arévalo y Mario Monteforte Toledo, que sirven para presentaciones y exposiciones. Además, en la entrada fue cultivado un jardín para evocar los antiguos huertos de los dominicos, por lo que sus muros siguen guardando mucha de la historia, cual centinelas del tiempo.


   

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