Semanario de Prensa Libre • No. 209 • 06 de julio de 2008

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Punto final

Herencia millonaria, polémica en Panamá
El testamento de Lucom favorece a los niños pobres.

Por MARC LACEY

En vida, Wilson C. Lucom no era precisamente amigable con los niños. El severo octogenario nunca tuvo hijos y tampoco llevaba una relación particularmente cercana con el retoño de su tercera esposa, Hilda. Cuando abría su amplia chequera, dicen amigos, era más probable que fuera para financiar una causa política de tipo conservador que para ayudarles a jóvenes sin recursos.

No obstante, Lucom, originario de Pensilvania, quien pasó buena parte de su vida en Palm Beach, Florida, tomó por sorpresa a todos en su testamento, mismo que fue revelado tras su muerte dos años atrás, a los 88 años de edad. Después de distribuir porciones relativamente pequeñas de sus decenas de millones de dólares entre quienes le sobrevivieron, él dejó el resto a una fundación que había soñado en secreto a fin de ayudar a niños pobres de Panamá, donde pasó los últimos años de su vida.

Si bien su valor preciso no es claro, sería una de las mayores donaciones de caridad, si no es que la mayor, en la historia de Panamá. Pero, hasta ahora, ni un solo niño ha tenido acceso a ese dinero.

El testamento ya desató una cruenta batalla legal que se está desarrollando en al menos cuatro países. Se entablaron cargos penales, se han intercambiado insultos y ya surgieron amenazas. El número de bufetes que está involucrado supera a 20. Actualmente, el caso está ante la Suprema Corte de Panamá.

Lucom llevó una vida pintoresca, sirviendo a los veintitantos como uno de los asesores de Edward R. Stettinius Jr., quien fue secretario de Estado bajo el presidente Franklin Delano Roosevelt. En repetidas ocasiones, él contó la historia de cómo pasó un tiempo en Etiopía durante el mandato de Haile Selassie, y que había estado en San Francisco cuando nació la Organización de Naciones Unidas.

Tuvo un matrimonio acomodado, amasando una fortuna cuando su segunda esposa, Virginia Willys, cuyo padre había sido un magnate de los automóviles en Ohio, murió en 1981.

Un año más tarde, Lucom conoció y se casó con Hilda Piza, quien había estado casada anteriormente con Gilberto Arias, hijo de Harmodio Arias y sobrino de Arnulfo Arias, ambos ex presidentes de Panamá.

Con el tiempo, Lucom se mudó a Panamá con su nueva esposa, vendiendo su mansión de Palm Beach a un pariente del rey de Arabia Saudita, por 14.3 millones de dólares, en 1990.

Lucom empleó su dinero para financiar a grupos anticomunistas, al tiempo que contribuyó en la fundación de un grupo conservador de vigilancia, Precisión en los Medios. En sus años finales, él escribió frecuentes comentarios que demostraron sus firmes opiniones, algunas de las cuales decididamente no eran convencionales, con respecto de las costumbres del mundo.

El abandono de las armas nucleares, por ejemplo, era una de sus preferencias para enderezar las cosas en el planeta.

En su testamento, describió cómo pensaba que se podría combatir la malnutrición que enfrentaba un quinto de la población infantil de Panamá. Su plan consistía en comprar semillas, distribuirlas entre padres de familia, voluntarios que accedieran a donar tierra ociosa, y después cosecharan los cultivos para niños hambrientos.

Quizá nunca se sepa si su idea tenía algún mérito. La viuda de Lucom, Hilda Lucom, de 84 años de edad, está luchando por hacer que su testamento sea desechado.
La polémica empieza con un acto de caridad que pudiera haber tenido su origen, cuando menos parcialmente, en un deseo de lastimar o humillar. Algunos amigos afirman que Lucom no llevaba una relación particularmente buena con los hijos adultos de su tercera esposa al momento de su muerte, lo cual se insinúa en el testamento.

En ese documento, él le otorgó a su esposa una pensión mensual de US$20 mil y el uso de sus obras de arte, el gran piano y mobiliario durante todo el tiempo que ella viva. A los cinco hijos de ella, descendientes de la familia Arias, pagos únicos de US$50 mil a 200 mil para cada uno. En cuanto al rancho ganadero frente al mar —de dos mil 800 hectáreas— que él había comprado a la familia Arias, su voluntad era que se vendiera y que los activos se destinaran a los pobres.

“Él solía decirme, '¡Espera a que vean mi testamento!”, y después se reía”, dijo Richard S. Lehman, quien fue abogado de Lucom por mucho tiempo y, ahora, está profundamente enredado en la batalla. “Yo no sé si su impulso mayor era la repulsión que sentía hacia los hijos de su esposa o su preocupación por los niños pobres. Probablemente era una mezcla de ambas”.

La viuda de Lucom es más directa. “Él era un hombre muy difícil”, expresó en una entrevista. "Deseaba ser el número uno y también el número dos y el número tres".
Después, con la voz quebrada, agregó: “Él nunca me habló sobre niños pobres”.
En una deposición, Hilda Lucom fue más lejos. “A él no le gustaban los niños”, aseveró.

   

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