Semanario de Prensa Libre • No. 209 • 06 de julio de 2008

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En tercera persona

“Me divierto viendo carros”
El hombre que un día levantó muros.

Toda una vida se reventó las manos y la espalda en trabajos de albañilería. Hundido entre cal y piedrín, diestro en la puesta de ladrillos untados de mezcla, a don Miguel Ángel González Solares se le agrietó el rostro al punto de que ahora tiene el aspecto de un viejo sabio hindú. Ayer apenas era un niño de cinco años que jugaba en el antañón Cerro del Carmen.

Si cuando nació en la capital, aquel lejano 1933, a su madre le hubieran preguntado cómo se imaginaba que sería su hijo 75 años después, no habría acertado. Incluso, si a él mismo le hubieran preguntado, durante aquellas jornadas de futbol en los parques, qué sería de adulto, seguramente ninguna respuesta habría coincidido con quien es en la actualidad: un anciano de cabellos y barba blanca que no tiene nada que ver con la sabiduría hindú, sino con la pobreza en las calles del Centro Histórico de Guatemala.

Sobrevive de la caridad pública. Sostiene su gorra de lana donde la gente deja caer alguna moneda. A ratos, baila a pasitos un son imaginario, otras, sin que nadie lo note, canta la canción que, según cuenta, es la que más lo enternece, aquella que dice: “Solamente una vez/ amé en la vida/ con la dulce y total renunciación”.

No ha amado, sin embargo, solo una vez: tenía 27 años cuando se unió con Rosita. Con ella vivió 10 años hasta que apareció Julia, con quien vivió otros tres.

Y ahora tiene cuatro años de vivir con Marta, quien por las noches, cuando él llega de lo que considera su trabajo, lo recibe con lienzos de agua caliente, vinagre y sábila, que le aplica en los pies curtidos por las mazamorras y los hongos; los tiene así debido a que, desde hace 40 años, anda descalzo porque no puede, “ni quiere”, usar zapatos.

Por las calles pululan vagos que gozan de buena salud; otros, piden dinero para sostener a quienes los explotan; todos ellos son muy distintos a don Miguel Ángel, quien se fajó en la vida picando piedra, pero llegó a una edad en la que no puede ser empleado prácticamente en nada. A sus 75 años, cuando debería sentarse a escribir sus memorias, no tiene jubilación ni garantías alimentarias.

Lo que tiene es buen humor; 7 puntos en la cabeza por unos golpes que no sabe quién le dio; tres hermanos muertos y una hermana que, según sabe, vive en Los Ángeles, California, y tiene la seguridad de que un día se irá al cielo. Por ahora, asegura que se divierte mucho viendo pasar los carros.

(JC Lemus)

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