Asesinos
en serie
Razones que conducen a un homicida
a cometer esa clase de asesinatos.

por roberto villalobos
Malévolos, inescrupulosos, perversos, miserables o trastornados. Estos son solo algunos de los calificativos que se ajustan a los asesinos en serie, quienes matan de tres personas en adelante por el simple hecho de obtener placer.
Si bien los crímenes han existido desde los inicios de la humanidad, en la actualidad, la población tiene más información de ellos debido a la amplia cobertura de los medios de comunicación. Pero más allá de los horrendos crímenes que los asesinos seriales ejecutan, trataremos de comprender, con bases científicas, qué sucede en esas mentes siniestras y cómo opera su mundo oscuro.
Los factores sociales
Carlos Roberto Montenegro, catedrático de sociología de la Universidad de San Carlos de Guatemala, explica que una persona se convierte en asesino en serie para compensar, de alguna forma, las carencias afectivas de su infancia; este tipo de homicida busca “sobrevivir” en una sociedad que, según él, siempre lo ha rechazado. “Este ‘depredador’ se considera el único que impone justicia”, pero una justicia que solo puede saciar luego de asesinar a las víctimas, en previo, seleccionadas, según características específicas, explica.
El psiquiatra Juan Jacobo Muñoz agrega que, aunque los motivos fueran justicieros, está marcada en gran medida por la ira, cuya furia puede incluso llegar a excitar.
Montenegro expone que el asesino traslada todos sus síntomas enfermizos hacia las personas que él considera que le han hecho daño, y a quienes distingue como más débiles: mujeres, ancianos o niños. “Solo así demuestra su valor, ira, machismo y sentido de dominio”, dice el experto.
Además, el criminal en serie lleva una vida doble: tiene un trabajo normal, se muestra amable y aparenta “no meterse con nadie”; es introspectivo, factor que determina su poca interacción emocional con quienes le circundan; por estas razones, y su facilidad para protegerse, es difícil descubrirlo.
Pero, en “su otra vida”, se dedica a cometer actos de increíble crueldad. “Muchos son misóginos, con tendencias homosexuales o pederastas”, señala Montenegro. Por lo tanto, él solo pensará en cómo utilizar a su víctima, y nunca para establecer una relación emocional.
Los sociólogos también indican que los asesinos manifiestan anomia, la degradación del individuo en el entorno social y sus normas; para ellos, eso carece de importancia. Sin embargo, se cree que el ambiente violento del cual ha participado y las injusticias sociales que ha experimentado son los principales detonantes para llevar una vida de asesino.
Así lo confirma Luis Felipe Alvarado, psiquiatra forense del Instituto de salud mental Federico Mora: “El medio ambiente en el que se mueve influye y, así como en cualquier persona normal, afloran virtudes o defectos”, indica. En el caso de los asesinos en serie, está claro que salen a la luz los defectos.
En tanto, Montenegro indica que las conductas homicidas, hasta cierto punto, también son producto de las instituciones nacionales, pues carecen de instrumentos y conocimientos para detectar, perseguir, capturar, enjuiciar y condenar a un criminal.
Mentes trastornadas
Este es un extracto de las escalofriantes frases, grabadas en vídeo, de Leonard Lake, un asesino en serie estadounidense que actuaba junto con Charles Ng: “Es algo atractivo, algo con lo que fantaseo a diario. Quiero una compañera sexual, a quien pueda utilizar cuando y como yo quiera; cuando me canse o aburra, simplemente quiero ponerla fuera de mi vista”. Los crímenes se ejecutaron en la década de 1980 y su rancho, ubicado en Wilseyville, tenía las paredes tapizadas con fotos de mujeres esposadas, desnudas y torturadas.
¿Qué sucede con las mentes de asesinos tan despiadados como las de Lake o Ng? ¿O sin ir tan lejos, de José María Miculax Bux, quien asesinó a más de 15 niños en la Guatemala de 1946?
El psicoanálisis es una de las teorías que brinda respuestas: Sigmund Freud consideraba que un individuo mantiene continuo conflicto entre sus pulsiones y sus instintos más elementales, que involucran una serie de normas aprendidas. El ser humano, por lo tanto, trata de satisfacer sus instintos de maneras aceptadas por la sociedad. No obstante, ese mecanismo mediador a veces falla, y el individuo sigue a su instinto como una pulsión irresistible; esa es la situación de los asesinos en serie.
Miculax Bux, por ejemplo, confesó sus actos como si hubiesen sido normales y dijo que los volvería a repetir; no se arrepintió de nada.
Otras teorías se refieren a traumas sufridos durante la infancia (se dice que, quienes abusaron de menores, fueron víctimas de abuso infantil), conductas aprendidas en un mundo familiar insano, además de enfermedades mentales recurrentes, como la psicopatía o la depresión.
El ciclo serial
Los períodos entre cada asesinato se acortan poco a poco, hasta que el asesino se da cuenta de que necesita satisfacer esa nueva “necesidad” o “excitación”, para así mantener activas sus fantasías o ansias de poder. “Ellos fantasean de manera continua con lo que puede suceder con su víctima, cómo lo harán o cómo reaccionará la persona que desean”, indicó Paul Britton, asesor clínico y psicólogo forense británico, durante una entrevista televisiva.
A pesar de que conocen que la policía los buscará, y las consecuencias que enfrentarán si son capturados, sus impulsos los dominan. “No son estúpidos”, dice Britton; es más, muchos de ellos tienen un coeficiente intelectual superior al promedio. Montenegro agrega que se vuelven unos especialistas en lo que hacen.
Del mismo modo, saben en dónde pueden ejecutar sus actos. Esta situación les permite separar a la perfección sus dobles vidas: por ejemplo, la de un “indefenso” trabajador de oficina común y corriente, pero que elige un lugar lejano para ejecutar sus crímenes, donde no lo descubrirán.
En la escena del crimen se hallan ciertos tipos de marcas, una “firma”, por así decirlo. Y no es que el homicida quiera dejar esas señales para desafiar a la autoridad, sino que se debe a que tiene determinadas fijaciones y por eso actúa de la misma manera.
Luego de ejecutado su acto nefasto, viene un período de reflexión e inicia de inmediato la planificación del ulterior asesinato.
¿Qué hacer con ellos?
“Según mi experiencia, un asesino (serial) no podría reintegrarse a la sociedad”, apunta Alvarado. No obstante, para Montenegro sí hay posibilidad de cura, pero ésta, en las instituciones nacionales, no se logra. “En este país no hay diseños de proyectos en términos de higiene mental”.
De hecho, en el Instituto de salud mental Federico Mora se observa que pacientes que necesitan ayuda comparten el espacio con delincuentes comunes que evaden la ley aduciendo algún tipo de demencia. Un asesino serial, por supuesto, debe estar encerrado por sus crímenes, pero en una unidad especial, lejos, también, de otros reclusos de los centros penitenciarios. Con ellos coincide Jorge Luis Donado, jefe de la Fiscalía contra el Crimen Organizado del Ministerio Público: “La propuesta del Estado es la prisión, pero el sistema carcelario del país no es adecuado para ningún nivel, y mucho menos para un asesino en serie. Una persona de este tipo tiene una enfermedad y tendría que ser tratado en una institución mental”, expresa.
Para que un homicida serial pueda reintegrarse debería pasar por un tratamiento extenso y costoso. A pesar de que todos los humanos compartimos el mismo código genético y similares conductas, cada quien decide qué acciones tomar en la vida; por supuesto, ninguna sociedad civilizada querrá encontrarse con uno de estos psicópatas.
En la historia
Estos son algunos de los peores asesinos en serie que ha tenido la humanidad.
Gilles de Rais
El francés secuestró, violó y mató a por lo menos un centenar de jóvenes entre los 7 y 20 años de edad en el siglo XV.
Elizabeth Báthory
La aristócrata húngara fue arrestada en 1610 bajo los cargos de torturar y matar a unas 600 mujeres.
Thug Behram
Se estima que asesinó 931 personas entre 1790 y 1830 en India.
Jack, el destripador
El más famoso de todos y el primero de la época contemporánea. Asesinó, en 1888, entre cuatro y seis prostitutas en la localidad londinense de Whitechapel. Con precisión, abría a sus víctimas para extraerles sus órganos. Nunca fue identificado.
Georg Karl Grossman
Capturado en 1921. La policía encontró en su casa a una joven muerta, a punto de ser asada. Se ignora el número de víctimas, pero se sabe que la carne la vendía dentro de hot-dogs en una estación de tren alemana.
Albert Fish
En su familia había numerosos casos de enfermedades mentales; él sufría trastornos sexuales. Afirmó haber violado a cien niños menores de seis años, además de practicar el canibalismo. Ejecutado en EE. UU. en 1936.
Las poquianchis
Delfina y María de Jesús González operaban un prostíbulo en Guanajuato, México, donde mataban a sus empleadas e hijos, e incluso a sus clientes. Terminaron con 99 vidas. Descubiertas en 1964.
El monstruo de Los Andes
El colombiano Pedro Alonso López acabó con la vida de más de 300 muchachas en Colombia, Perú y Ecuador. Fue capturado en 1980 y sentenciado a cadena perpetua.
La vengativa
Entre 1989 y 1990, Aileen C. Wuornos mató a seis hombres con una pistola en Florida, EE. UU. Dijo haber sido abusada de manera sexual por ellos, cuando era trabajadora del sexo. Fue ejecutada en el 2002.
El carnicero de Rostov
Entre 1978 y 1990, el ucraniano Andrei Chikatilo apuñaló, mutiló y comió a 53 mujeres y niños. Sentía placer sexual al matar. Fue ejecutado en 1994.
El carnicero de Milwaukee
Jeffrey Dahmer gustaba de la necrofilia y el canibalismo. Asesinó a 17 personas entre 1978 y 1991, de quienes conservaba sus torsos y cabezas. Lo asesinaron en la cárcel en 1994.
Henry Lee y Ottis Toole
Ambos asesinaron, violaron y se comieron a sus víctimas, que llegaron a ser 200, en EE. UU.; sin embargo, Lee dijo haber matado a 902 personas. Los dos murieron en prisión: Toole en 1996 y Lee en el 2001.
Doctor muerte
El británico Harold Shipman mató, con una inyección mortal de morfina, como mínimo a 215 mujeres (pudieron haber sido hasta 270, según investigaciones), la mayoría eran ancianas que visitaban su consultorio médico. Fue arrestado en 1998; se suicidó en el 2004.
El ajedrecista
Arrestado en el 2006, Alexander Pichushkin confesó haber matado a 61 personas; su objetivo: matar a tantas personas como casillas tiene un tablero de ajedrez (64). Emborrachaba a sus víctimas y las mataba a martillazos.
El maniático sexual
En el 2000 atacó el último asesino con características seriales del país; sus crímenes los ejecutó en hoteles de baja categoría del perímetro de la Ciudad de Guatemala.
Las víctimas eran trabajadoras del sexo a quienes escribía en sus espaldas la leyenda: “Muerte a todas las perras”.
Salvo en un caso, el demente siempre se registró en habitaciones con números impares, y, en dos ocasiones, la número 5; utilizaba un nombre falso, que era Julián Rodríguez.
Estrangulaba a las mujeres, las dejaba desnudas, y se llevaba las prendas de las víctimas como “recuerdo”.
Se presume que pertenecía a una pandilla, aunque algunos testigos lo identificaron como lanzallamas o vendedor de dulces callejero. Ni la Policía ni el Ministerio Público lo pudieron identificar, y menos capturar. |