Donde respirar es letal
En China, el aire
es más mortífero
que el reciente terremoto.
Por NICHOLAS D. KRISTOF
El terremoto mató al menos 69 mil personas, lo cual generó una respuesta que ha sido reconfortante e inspiradora: incluso escolares, en China, haciendo donaciones a las víctimas. Un aspecto poco visto es que entre 30 mil y 40 mil chinos mueren jóvenes cada año por de los efectos de la contaminación en el aire, según datos de estudios efectuados, tanto por dependencias chinas como internacionales.
En pocas palabras, muere casi el mismo número de chinos cada dos meses a causa del aire que el número de muertos registrado en este terremoto. Además, el problema se ha vuelto internacional. De la misma manera que los californianos pueden encontrar zapatos chinos en sus tiendas, ahora también pueden hallar bruma producida en China sobre su propio cielo.
La Olimpiada de Beijing, la cual se efectuará en este verano, será un aparador de la explosión económica más notable en la historia y de un índice de contaminación entre los más densos del mundo, tanto en el aire como en el agua. Así que he regresado al río Amarillo, en la provincia occidental Gansú, hasta un aislado poblado que me ha obsesionado desde que lo vi hace ya varias décadas.
Badui es conocido, en la localidad, como la “aldea de los burros”. Esto se debe al gran número de personas con retraso mental que vive allí, aunado a la profusión de malformaciones físicas, salpullidos y defectos de nacimiento.
Los residentes tienen la certeza de que los problemas surgen debido a una planta en la cercanías que produce fertilizantes, la cual emite descargas contaminantes para el agua potable.
“Incluso si le tienes miedo, debes beberla”, dijo Zhou Genger, madre de una adolescente de 15 años con retraso mental y joroba. La joven Kong Dongmei balbuceaba frases inintelegibles, y Zhou comentó que su hija nunca había sido capaz de hablar con claridad. Además, levantó la parte trasera de la blusa de la niña para revelar una retorcida y desfigurada masa de huesos.
Una vecina del lugar, Hong Xia, de 10 años, observaba mi cámara con sobresalto. Los vecinos dicen que ella, de igual manera, presenta retraso mental.
Nada de lo anterior causa sorpresa: la China rural está repleta de “aldeas cancerígenas”, lo cual ocurre por la contaminación proveniente de fábricas.
El aire de Beijing, en ocasiones, tiene una concentración de partículas equivalente a cuatro veces el nivel que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera seguro. Grupos de científicos han seguido el rastro de nubes de contaminación china a medida que éstas avanzan sobre el océano Pacífico y descienden sobre la costa occidental de Estados Unidos. El impacto sobre la salud estadounidense es incierto.
Con toda imparcialidad, China ha sido mejor que la mayoría de los demás países en la reducción de la contaminación, debido a que ha prestado atención al ambiente en una etapa mucho más temprana del desarrollo que Estados Unidos, Europa o Japón. El aspecto más impresionante, en el 2004, fue que China acogió, de buena gana, normas más estrictas sobre la economía del combustible de lo que la administración de Bush estaba dispuesta a aceptar en esos momentos.
En Shanghái se cobra hasta US$7 mil por unas placas de automóvil, lo cual reduce el número de nuevos vehículos, en el momento que China ha plantado millones de árboles y ha expandido, en buena medida, el uso del gas natural, con el fin de reducir las emisiones. Si se considera lo que está haciendo la dirigencia china, se desearía que el presidente George W. Bush fuera tan solo la mitad de “verde”. Así se divisa la bruma china y la desesperanza. El auge de la economía ha elevado los niveles de vida, pero el precio de la contaminación resultante puede ser brutal.
Wu Lihong, activista del medioambiente, advirtió por muchos años que el lago Tai, el tercero más grande de agua dulce en China, estaba en peligro por fábricas de productos químicos a lo largo de sus márgenes. Se demostró que Wu estaba en lo correcto cuando ese lago se llenó de toxinas el verano pasado, poco después de que las autoridades lo hubieran condenado a pasar tres años en cárcel.
En Badui, la perspectiva es tan compleja como lo es el desarrollo mismo de China. Más aún, el progreso económico ya llegó hasta ese lugar. Aún es pobre, con un ingreso per cápita equivalente a US$100 anuales, pero, en la actualidad, hay un camino de terracería que conduce al poblado. Eso ha incrementado las oportunidades económicas. Los agricultores han cavado estanques para criar peces.
“Nosotros comemos el pescado”, dice el líder de la comunidad, Li Yuntang. “Nos preocupan las sustancias químicas, pero tenemos que comer”. Además, comenta que, hasta donde él sabe, los peces nunca han sido objeto de una revisión de seguridad.
Hoy día, los peces de esta dudosa agua son vendidos a residentes de la ciudad de Lanzhou, que nada sospechan. Aunado a lo anterior, las complejidades y ambigüedades en relación con el progreso ofrecen una ventana a los diferentes matices del auge económico de China.
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