Leyendas de cristal
Aunque
la ciencia revela varios
de sus secretos, las calaveras de cristal
no pierden
su poder
de fascinación.

poR Sébastien Perrot-Minnot
El estreno, en mayo, de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, el cuarto episodio de las aventuras del arqueólogo más famoso de la pantalla grande, ha sido esperado ansiosamente.
A pesar de sus esfuerzos para preservar los secretos del guión antes del estreno, el director Steven Spielberg y el productor George Lucas no pudieron evitar fugas de información ávidamente aprovechadas por numerosos aficionados que se preparaban a seguir los pasos del doctor Jones en medio de una intriga que se refería a lo que fue uno de los grandes enigmas de la arqueología precolombina…
En ocasión del estreno y hasta septiembre, el museo parisino del Quai Branly —enfocado a las civilizaciones y las artes tradicionales de América, África, Oceanía y Asia— organiza una exhibición excepcional de un cráneo de cristal, de 11 cm de alto y un peso de 2.5 kg. Como lo recalca el sitio Internet del museo, el cráneo de sus colecciones “hizo soñar a generaciones de visitantes”…
En el mundo, solo se conoce una docena de piezas similares, de las cuales al menos cuatro se conservan en museos. La calavera de cristal de París fue la primera en adquirir una notoriedad pública. En 1878, el explorador Alphonse Pinart la donó al entonces Museo Etnográfico del Trocadero, cuyas colecciones pasaron al Museo del Hombre y luego al Museo del Quai Branly, inaugurado en el 2006. Durante décadas, la pieza fue presentada como una obra maestra azteca mostrando a Mictlantecuhtli, la divinidad que reina sobre los muertos.
Como el Museo Británico no podía quedarse atrás, adquirió, en 1898, en una subasta organizada por Tiffany’s (New York), otro cráneo de cristal que el museo catalogó por muchos años como “probablemente azteca, de entre 1300 y 1500 d. C.”.
La calavera más voluminosa (de un peso de 14 kg) fue obsequiada en 1990 a la Smithsonian Institution (Washington), por una persona que aseguraba haberla comprado en México en los años 1960.
Una calavera de cuarzo, hasta ahora mucho menos conocida del público, integra también las colecciones del Museo Popol Vuh, en Guatemala (Universidad Francisco Marroquín). Sus dimensiones y peso se acercan a las del espécimen parisino: tiene una altura de 10.5 cm y un peso de 4 libras y 15 onzas (2.2 kilos). Conserva restos de cinabrio, un mineral de color rojo. La pieza es la estrella de una exposición organizada en el Museo Popol Vuh del 9 de junio al 20 de julio.
No cabe duda que la calavera de cristal que más pasiones y controversias provocó fue la que, según el excéntrico explorador inglés Frederick Albert Mitchell-Hedges, se halló en las ruinas de un templo del sitio maya Lubaantun, en el sur de Belice, en 1924. Anna, la hija de Mitchell-Hedges, habría encontrado la curiosa escultura de cristal de 13.3 cm de alto el día de su 17 cumpleaños, cuando participaba en las excavaciones de su padre Frederick Mitchell-Hedges, en un libro al título elocuente (“Danger, my Ally”, 1954), aseveró que esta pieza que apodaba la “Calavera del Destino funesto” tendría “al menos 3600 años” y que “de acuerdo con la leyenda, el gran sacerdote de los mayas la utilizaba en la celebración de ritos esotéricos”.
Desde el siglo XIX, un gran número de leyendas, supersticiones y creencias rodean las calaveras de cristal. Una de ellas cuenta que de juntarse las 13 calaveras de la época precolombina, las mismas podrían hablar y cantar y evitar el fin del mundo. Según otra tradición, la reunión de doce calaveras escondidas en México a la llegada de los conquistadores españoles provocaría el renacimiento del imperio azteca. Es tal la fascinación por los cráneos de cristal que sus aficionados crearon agrupaciones especializadas, como la Crystal Skulls Society International, fundada en 1945, en California.
Para los científicos, la comprensión de los objetos fue lejos de ser tan clara como el cristal de roca y constituyó un verdadero dolor de cabeza.
Como lo recordó el arqueólogo Felipe Solís, director del Museo Nacional de Antropología de México, en una entrevista al Sol de México (22/04/2007), el cristal de roca es “una de las piedras más duras y difíciles de tallar”. No obstante, ha sido trabajado, a moderada escala, en la época precolombina. Los artesanos mixtecos, en particular, se distinguieron por la producción, en el período posclásico (900-1521 d. C.), de varios pequeños objetos en el referido material, incluyendo al menos una calavera de apenas 4 cm de alto exhibida en el Museo Nacional de Antropología de México. De los mayas, el mismo museo posee un cabecita de guacamaya en cristal de roca.
Pero en el caso de las calaveras grandes, su origen prehispánico se cuestionó desde el siglo antepasado. Ninguna de estas calaveras fue encontrada en el marco de una excavación arqueológica controlada y la historia de las piezas conocidas se vincula con personas de dudosa reputación. En 1886, el Museo Nacional de México denunció con gran resonancia que el anticuario francés Eugène Boban trató de venderle un cráneo de cristal falso. Se sabe hoy que los cráneos del Museo Británico y del Museo del Trocadero pasaron por las mismas engañosas manos de Boban, quien estuvo involucrado en otros escándalos de falsificaciones de antigüedades mesoamericanas.
El caso de Frederick A. Mitchell-Hedges (1882-1959) es, por su parte, tan asombroso y complejo que parece difícil de resumir en algunas líneas. Este personaje, fascinado en su juventud por las grandes novelas de aventura, fue explorador, comerciante de antigüedades, conductor de un programa de radio, periodista y escritor. Se atribuyó hazañas como haber luchado junto con el revolucionario mexicano Pancho Villa y haber descubierto tribus, ciudades perdidas (entre las cuales, Lubaantun) y hasta los restos de la Atlántida.
El problema es que se ha comprobado que buena parte de los relatos de este “Indiana Jones” son falsos. Visitó Lubaantun, pero 21 años después del primer estudio del sitio por el doctor Thomas Gann, y parece que la hija de Mitchell-Hedges, Anna (quien defendió hasta su muerte, en el 2007, las elucubraciones de su padre), jamás viajó a Belice. Las monografías de arqueólogos profesionales relacionadas con el sur de Belice no mencionan las supuestas “investigaciones” de Mitchell-Hedges, cuyos relatos, del destacado arqueólogo inglés J. Eric. S. Thompson, calificó justamente de insensatos.
Desde un principio, entonces, el cráneo de cristal Mitchell Hedges fue considerado con un gran escepticismo. Y, curiosamente, no se divulgó hasta en 1944, es decir, veinte años después de las “excavaciones” realizadas en Lubaantun. Además, el restaurador de obras de arte Frank Dorland, quien lo examinó, concluyó, en base a características técnicas, en la improbabilidad de que la pieza sea prehispánica. En realidad, todo indica que Mitchell-Hedges compró la “calavera del destino funeste” en una subasta organizada en Sotheby’s en 1943.
Los museos, que alguna vez contribuyeron a la fama de los cráneos de cristal, asestarían más golpes a los mitos. Desde 1950, un examen a la pieza del Museo Británico reveló marcas dejadas por herramientas modernas. Los análisis con microscopio electrónico llevados a cabo por la misma prestigiosa institución en 1996 y 2004 detectaron las huellas de un pulimentado con rueda de abrasión (una técnica desconocida por los pueblos precolombinos) y determinaron, sin lugar a duda, que se usó cristal de roca brasileño. En 1992, la Smithsonian Institution divulgó las conclusiones de un estudio que también descartaba el origen prehispánico de su calavera.
Y este año, “aunque no le guste a Indiana Jones”, como lo remarcó el periódico Le Parisien (18/04), el laboratorio de los museos de Francia, con sede en el Louvre, declaró que sus análisis pusieron en evidencia, a su vez, la implementación de un equipo moderno y por otra parte, hallaron en el cuarzo una “película hidratada” fechada para el siglo XIX.
Cruzando las diversas informaciones, los investigadores finalmente concluyeron que al menos una parte de los grandes cráneos de cristal fueron tallados por artesanos del sur de Alemania, entre 1867 y 1886. Algunos especímenes, sin embargo, podrían remontar a la época colonial mexicana.
De la calavera conservada en el Museo Popol Vuh, el curador de esta entidad, Oswaldo Chinchilla, confiesa que “lamentablemente no tenemos ningún dato sobre su historia”. No obstante, por sus características técnicas, se puede descartar un fechamiento prehispánico.
A pesar del esclarecimiento de varios de los misterios de los cráneos de cristal, los mismos sabrán conservar por mucho tiempo, en su duro e intrigante material, su poder de fascinación, alimentado este año por las nuevas aventuras del Dr. Jones. Las exposiciones de los museos Popol Vuh y del Quai Branly se dirigen tanto a los adultos como a las jóvenes generaciones.
El establecimiento parisino propone un recorrido lúdico donde “los jóvenes aventureros serán invitados a salir en búsqueda del misterio de la calavera de cristal, escondida en el corazón del museo.” Después de todo, Indiana Jones y El Reino de la Calavera de Cristal se estrenó en mayo, el mes de los museos. |