Semanario de Prensa Libre • No. 207 • 22 de junio de 2008

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D farándula

Mensajera de la espiritualidad
Desde pequeña sabía que la música era lo que quería hacer en su vida y sigue pensando lo mismo.

por fRANCISCO mAURICIO mARTÍNEZ
FOTO: cARLOS sEBASTIÁN

Escuchar su música es como darle vuelta a una moneda. Rompe esquemas y en sus entrañas manifiesta un profundo mensaje lleno de espiritualidad maya. Durante la Guerra del Golfo Pérsico envió a través del correo su disco a la Casa Blanca, el cual expresaba, entre otros mensajes, “que el poder no es importante si la consecuencia es que nos odiemos unos a otros”, dice la cantante guatemalteca Magda Angélica. A continuación, una conversación sostenida con ella.

¿Cómo te iniciaste en la música?

Desde pequeña eso era lo que quería hacer en la vida y, hasta este momento, sigo pensando en lo mismo. Mi mamá me cuenta que la primera vez que dije que quería cantar (tenía tres años) me subí a una especie de escenario.

A los 16 años (1990), llevé a cabo mi primer proyecto musical, el cual fue grabado en casete y, para poder financiarlo, se los vendí a mis compañeras de colegio antes de grabarlo. Los arreglos los hizo Roberto Estrada, quien me cobró una cantidad simbólica, pero para mí era todo lo que tenía ahorrado en mi cochinito. (risas)

¿Habías tenido experiencia musical antes de esto?

Había grabado gingles, integrado coros con Fernando Pérez y Luis Galich e invitada de Alux Nahual en sus conciertos.

Después de tu primer disco, ¿qué sucedió?

En 1996 salió mi segundo CD el cual se llamó Ángeles de Barro. Muchas veces uno empieza con el sueño de ser una gran estrella y ese disco fue como una búsqueda de eso.

¿Qué tipo de música interpretaste en tus inicios?

En la misma línea pero era más pop. En el casete todas las canciones eran mías y en el CD había mías y de otros compositores, como Fernando Schell, Ranferí Aguilar, Paulo Alvarado y distintos arreglistas.

El siguiente disco (tercero) se llamó Tejedora de Sueños y todas las canciones eran mías. En esa época le daba mucha importancia a la letra y defendía lo que yo pensaba ante distintos aspectos de la vida, había protesta, incluso.

¿Cuál era la temática de tu música en ese período?

Siempre me ha importado decir lo que pienso en mis canciones y no estar diciendo “te quiero” o “te fuiste” y “entonces me duele y lloro”. En mis primeras canciones estaba preocupada por la Guerra del Golfo Pérsico.

Hablaba de que el poder no era importante si la consecuencia era que nos odiáramos unos a otros. Un día de esos puse un disco en un sobre y lo envié a la Casa Blanca.

En el segundo disco quise plasmar varias cosas. Por ejemplo, la canción Octavio, que era la recopilación de varias historias de un niño que nace en un ambiente muy tradicional, donde se le enseña que no se tiene que llorar y lo que importa es llegar a tener y no llegar a ser.

¿Cómo te fuiste perfilando en este tipo de música?

Viajé a México (a estudiar) y encontré mucho eco en la música de mujeres, a pesar de que en ese país la industria musical es muy fuerte. Esto ha hecho que las personas busquen caminos alternos y dentro de este fenómeno han surgido muchas mujeres compositoras.

Algo peculiar, es que no han cedido ante las exigencias de la música comercial y se enfrentan a un sociedad muy parecida a la nuestra.

¿En México fortaleciste tus metas?

En este país trabajé con Rafa González quien pertenecía al grupo Botellita de Jerez que tiene una disquera que se llama Antídoto.

Le mostré mi segundo disco y vio que eran como dos tipos de música, una que era como rock acústico y la otra como experimental; entonces me propuso que nos lanzáramos a la aventura de hacer más grande la segunda parte.

Coincidentemente tuve la experiencia de estar con personas ligadas a la espiritualidad mexica nahuatl, lo cual vino a darme respuestas de inquietudes que yo llevaba de Guatemala, donde había vivido mi infancia con dos mujeres cakchiqueles, quienes me inyectaron su forma de ver la vida y su espiritualidad.

Tu música no es comercial. ¿Qué te motiva?

He llegado a un punto en el que siento que mi música está siendo un instrumento, más que yo ser el centro. Se ha convertido en un canal de algo más grande que mi propia energía, y al estar basada en una fuente de sabiduría tan profunda, se convierte en un medio para canalizar dialogo, transmitir energía y en eso va un mensaje, pero no de que yo pretenda cambiar el mundo ni decirle qué hacer.


   

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