La sonoridad de un nombre
La industria del entretenimiento promueve que las estrellas cambien sus apelativos “ordinarios”.

Por Paulo Alvarado
Además de obtener el oro olímpico, para eventualmente convertirse en el único boxeador que ha ganado tres veces el título mundial de los pesos pesados (y el apodo de Bocazas por sus frecuentes fanfarronadas), Muhammad Ali llega a distinguirse por un estilo excepcional sobre el cuadrilátero.
Sin embargo, su verdadero nombre es Cassius Marcellus Clay, como su padre, quien a su vez fue bautizado así en honor de un activista político. Igual que otros, Clay cambió de nombre cuando abrazó un nuevo credo religioso, el islámico en este caso.
Cosa parecida sucedió con el protagonista de Doctor Zhivago y Lawrence de Arabia, el actor egipcio Michel Chalhoub, a quien se conoce bajo el nombre de Omar Sharif. O con el trovador inglés de los setentas, Cat Stevens, ahora llamado Yusuf Islam (y eso, que éste aparece en su partida de nacimiento como Stephanos Demetre Georgiu...)
¿Por qué se cambian de nombre? Para comenzar, en la industria del entretenimiento, la tolerancia a nombres “poco convenientes” es muy baja. Esto ha llevado a varias de sus estrellas más célebres, con nombres “ordinarios” como Norma Jean Baker y Archibald Alexander Leach, a convertirse en Marilyn Monroe y Cary Grant, respectivamente. La icónica rubia escogió el apellido de soltera de su madre, en tanto que el apuesto británico se inspiró en las iniciales de dos grandes de su tiempo, Clark Gable y Gary Cooper. Por el estilo, en diversas circunstancias, Marion Michael Morrison se convirtió en el vaquero John Wayne, Reginald Kenneth Dwight en el cantautor Elton John, y Mary Cathleen Collins en la chica 10, Bo Derek.
Otros ejemplos denotan desasosiegos afincados en diferencias culturales y nacionales. Por muestra, la diva operática Sophia Cecilia Kalogeropolous, famosa como María Callas, cuyo padre griego acortó y modificó su apellido con tal de hacerlo más fácil de usar. O una hija de inmigrantes rusos a Estados Unidos, que a los 4 años de edad pasó de Natalia Nikolaevna Zakharenko a ser la actriz infantil Natasha Gurdin, para luego figurar como Natalie Wood. O el mago y escapista húngaro Erik Weisz, memorable como el sensacional Harry Houdini.
O el rockero Farouk Bulsara, nacido en Zanzíbar y recordado líder del grupo Queen, Freddie Mercury. O el cantante puertorriqueño Enrique José Martín Morales, el llevado y traído Ricky Martin.
Entre los orígenes étnicos más conflictivos que han quedado camuflados detrás de un seudónimo (a veces muy cercano al original) está el de incontables artistas judíos. Allan Stewart Konigsberg es el cineasta Woody Allen; Israel Beilin y Jacob Gershowitz son los compositores Irving Berlin y George Gershwin; Issur Danielovitch Demsky y Jacob Cohen, los actores Kirk Douglas y Rodney Dangerfield; Arthur Arshawsky, el clarinetista de jazz Artie Shaw; Robert Zimmerman, el cantautor Bob Dylan.
Madonna o
Prince, sin
embargo,
conservan sus verdaderos nombres (Madonna Louise Veronica Ciccione y Prince Roger Nelson, respectivamente)
Un caso inverso es el de la talentosa y galardonada Caryn Elaine Johnson. De ancestros negros africanos, rescató y asumió un apellido judío de su familia, para transformarse en Whoopi Goldberg. Paradójicamente decidió retirarse del cine porque, según ella, ahora no hay lugar en el mercado para una intelectual negra con un apellido judío.
Por otro lado, son numerosas las personalidades que han pasado a la historia apenas por una partícula de su nombre empadronado o, incluso, un simple apodo; tales Lester William Polsfuss (Les Paul, inventor de la guitarra eléctrica), Jerry Howard (Curly, de los Tres Chiflados), Helen Folasade Adu (la cantante Sade) o Gordon Matthew Sumner (Sting, del grupo The Police).
Probablemente, los futbolistas brasileños constituyan la manifestación más generalizada de este recurso, con apelativos cándidos como Vavá, Didí, Tostão o Bebeto y, claro, Edson Orantes do Nascimento, el rey Pelé.
Aún más especiales han resultado los seudónimos que ocultan el género del original. Así, para pasar por hombres en el siglo XIX, la francesa Aurore Dupin firmó como el escritor George Sand y la inglesa Mary Ann Evans como George Eliot.
Mientras, los músicos de shock rock emplean nombres de mujer: Vincent Furnier es Alice Cooper, en tanto Brian Warner se hace llamar Marilyn Manson. Y ustedes, amigos lectores, ¿usan el nombre con el que están inscritos en el registro civil? |