Semanario de Prensa Libre • No. 208 • 29 de junio de 2008

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Punto final

El comentarista deportivo y el dictador
La tertulia en la que McKay convirtió al intimidante Castro en una persona común duró cuatro horas.

Por EMILIE DEUTSCH

En el verano de 1991, ABC Sports llenó un barco carguero de 423 pies con 15 unidades móviles, 40 cámaras, 20 millas de cable, 50 videograbadoras, 5 antenas satelitales y suficiente comida para alimentar 350 personas durante tres semanas, y lo mandó a La Habana para cubrir las competiciones deportivas más importantes que se realizarían en Cuba: los Juegos Panamericanos.

Debido al embargo comercial, ABC había recibido permiso especial del gobierno estadounidense para hacer negocios con los cubanos a condición de que, en absoluto, nada —ni una videograbadora, ni un monitor, ni un cronómetro— se quedara allá.

Lo que queda de ese acontecimiento deportivo especial es una entrevista conducida por Jim McKay, comentarista de ABC Sports, con Fidel Castro, el presidente de Cuba en aquel entonces.

Cuando los camarógrafos llegaron para la cita en el ex palacio presidencial a las cinco de la tarde, los cubanos insistieron en inspeccionar cada bolsa y desarmar todo aquello que lograban abrir, para asegurarse de que no se habían empacado explosivos o armas junto con el equipo. Una falange de guardias de seguridad llevó pieza por pieza del equipo al área donde se haría la entrevista, lo que retrasó demasiado el montaje.

Los ayudantes de Castro se asomaron al salón a las 8.30 horas para ver si todo estaba listo; cuando era claro que no, lo escoltaron de regreso a su oficina hasta que todo estuvo completo.

A las 22 horas, Castro entró en la sala, una presencia carismática en uniforme de combate verde y su característica barba gris desaliñada que le colgaba cinco pulgadas por debajo de la barbilla. Se acercó a saludar de mano a McKay; aun cuando era la figura más imponente, más alto por casi 12 pulgadas, quedó claro que se sentía honrado por estar en presencia de un famoso comentarista deportivo estadounidense, al que había seguido durante años en la serie de antología, Wide World of Sports (El amplio mundo de los deportes).

Ambos se sentaron, uno frente al otro, y el intérprete de Castro, justo fuera de cámara. Era un cuadro asombroso: dos hombres con sesenta y tantos años; uno, un periodista de deportes con abrigo y corbata, el otro, un dictador comunista con uniforme, que crecieron en culturas diferentes, pero educados por jesuitas y capaces de encontrar un punto en común en el deporte.

Durante cuatro horas, McKay entrevistó a Castro hablando de un amplio espectro de temas, que incluyeron la caída de la Unión Soviética, el hecho de que hubo ocho presidentes estadounidenses durante su gobierno hasta 1991 y las ventajas de los bates de madera sobre los de aluminio.

En su forma agradable y coloquial, McKay guió con habilidad la conversación usando preguntas simples e incisivas para transformar al Castro intimidante en una persona común.

“Me gustaría saber más sobre usted como hombre, y estoy seguro de que también al pueblo estadounidense”, dijo McKay. “¿Cómo se describiría como persona?”
En otro momento, cuando McKay había preguntado sobre las influencias en su vida, y Castro respondía hablando de Jesucristo y los teóricos políticos José Martí y Carlos Marx, McKay interrumpió: “Pero esos son personajes famosos de la política y la religión. ¿Hay alguien que usted conoció en persona y que tuvo gran influencia en usted?” (La respuesta fue el Che Guevara.)

Castro fue un atleta excelente; además, en el bachillerato, fue proclamado atleta nacional del año en su juventud. Se rumoraba que le habían ofrecido US$5 mil para jugar beisbol profesional en Estados Unidos. Cuando McKay señaló que George H. W. Bush, el presidente estadounidense a la sazón, también había sido un jugador bastante bueno, Castro respondió: “¡Habría preferido que fuera un importante atleta profesional, porque como presidente ha mostrado ser poco amistoso hacia nosotros!”

Ya que la entrevista concluyó a las dos de la mañana, y el personal de Castro llevó un carrito con emparedados y botellas de licores estadounidenses, así como ron cubano al salón, el dictador y el comentarista deportivo se inclinaron hacia una pelota de beisbol y Castro mostró a McKay el agarre de su famosa curva.

A su alrededor, los camarógrafos quitaban las lámparas y la gente se arremolinaba bebiendo ron y comiendo emparedados. Sin embargo, McKay y Castro seguían conversando sobre los jesuitas, los bates de madera, los grandes atletas y los Juegos Panamericanos a punto de empezar.
Luego, Castro se despidió del grupo, estrechó manos y desapareció.
En la pregunta final, McKay preguntó a Castro: “¿Puede ver que durante su vida y la mía vaya a haber alguna forma en la que Estados Unidos y Cuba puedan reanudar relaciones normales?” Castro respondió: “Todo va a depender, mi amigo, de la cantidad de años que vivamos”.

Hace dos semanas enterraron a Jim McKay en un cementerio privado en su granja en Maryland. El gran contador de historias, que les imprimía una cualidad humana, no vivió para ver un descongelamiento en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, pero dejó detrás un legado perdurable por el cual, el resto, estamos familiarizados con las personas más famosas y célebres, ya sea que se trate de atletas o de dictadores.

   

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