Semanario de Prensa Libre • No. 208 • 29 de junio de 2008

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D fondo

Legado de 60 años
El país que hoy tenemos es la construcción de generaciones pasadas y presentes.


por fRANCISCO mAURICIO MARTÍNEZ

Uno de los estribillos que se escucha cuando se conmemora una fecha cívica es: “el país que hoy tenemos es el resultado de lo que hicieron o dejaron de hacer las generaciones pasadas”. Esta premisa está llena de verdades, pero al final de cuentas las preguntas que quedan sin responder son quiénes lo construyeron y qué tipo de sociedad nos han heredado.

Con sus tintes blancos, negros y grises la trama de Guatemala, abundante en sangre y violencia, es el fruto del papel protagonizado, en su momento, por representantes de la sociedad civil, Iglesia, empresariado, Ejército y la élite política (izquierda y derecha).

A esto se debe agregar fenómenos económicos recientes como la globalización, las migraciones a Estados Unidos y las nuevas amenazas que acosan al país como narcotráfico, contrabando, crimen organizado y, últimamente, el precio de los combustibles.

Tejedores del presente

Para muchos, el parteaguas de la película de la cual somos protagonistas principales, secundarios o actores detrás del telón, es la Revolución de Octubre de 1944. El analista político y excanciller Édgar Gutiérrez, dice que Guatemala vivió a partir de 1944 “su tercer asomo a la modernidad”.

Considera que el primero ocurrió con las reformas económicas de Justo Rufino Barrios a partir de 1871 (periodo en el cual se origina el 30 de junio como Día del Ejército) y el segundo fue de carácter cultural derivado del influjo europeo, sobre todo francés, en la década de 1920 y que llegó a través de intelectuales como Enrique Gómez Carrillo y más tarde por Miguel Ángel Asturias.

Para otros analistas, la construcción de la sociedad actual, en buena parte, es producto de cuatro generaciones que aún conviven. Marco Antonio Barahona, de la Asociación de Investigaciones Económicas y Sociales (Asíes), indica que la primera está formada por los que nacieron entre 1920 y 1940 (vivieron el ubiquismo); la segunda entre 1940 y 1960, (la contrarevolución de 1954 liderada por Carlos Castillo Armas); la tercera entre 1960 y 1980 (el conflicto armado) y la cuarta a partir de 1980, quienes vieron la firma de la paz y, probablemente, estén decepcionados de lo que ha sido la era democrática.

Esta última generación, opina Barahona, tiene poco apego al país y les cuesta entender por qué tenemos tantos problemas. Para ellos Guatemala es muy pequeña debido a que están conectados al mundo por medio de la Internet y ahí se informan de todo lo que sucede en el Planeta de acuerdo a lo que, desde su concepción, resulta interesante. “No comprenden por qué les entregamos un país tan apaleado, inestable, poco desarrollado y con dificultad para ponernos de acuerdo”.
Grises y sombras

La pregunta que persiste entre las distintas generaciones es ¿Qué tipo de país se ha edificado? Edelberto Torres-Rivas, protagonista y analista de la historia del siglo pasado, es enfático. Hemos heredado un país social, política y culturalmente atrasado, con odios, miedo y, lo peor, lleno de desesperanza “Esto no lo entiende la gente, cree que los daños sicosociales se curan pronto. ¿Por qué ahora estamos en los últimos lugares del desarrollo?”, se pregunta, “porque las fuerzas dirigentes, durante más de 40 años, se dedicaron a destruir más que a construir”.

El académico considera que en esta herencia tienen mucha responsabilidad las políticas de Estados Unidos hacia el país, así como las fuerzas de la izquierda que en su momento se alzaron en armas. “Se movieron con torpeza. Después de 1983, debieron buscar la firma de la paz, que se alcanzó 13 años después. ¿Qué se peleaba? ¿Por qué el ejercito no fue capaz de triunfar militarmente?”, cuestiona.
A raíz de este conflicto, los protagonistas se desentendieron de los problemas sociales y culturales, ya que se dedicaron a cuidar su status quo.

El analista pone dos ejemplos: primero) En 1960, el desarrollo industrial tenía tasas del 12 por ciento del Producto Interno Bruto; 40 años después, en el 2000, la misma subió un punto (13 por ciento). Hoy se mantiene la misma, solo que con las nuevas cuentas nacionales aparece marcando el paso con el 17 por ciento. “Conclusión: la industria es un fracaso, no han modernizado y diversificado el parque industrial: seguimos exportando lo mismo: alimentos, bebidas, zapatos y otros, todos productos de consumo inmediato”.

El otro ejemplo es que en 1980 el guatemalteco recibía un PIB anual promedio de US$499, que es una cantidad insuficiente para un desarrollo humano aceptable; en los años siguientes, recibió menos ingreso (US$300 o US$350) y 20 años después, en el 2000, volvió a recuperar el mismo ingreso de 1980, es decir, US$499. “¿Cómo es posible que ocurra tan prolongado estancamiento? Son 20 años perdidos para la gran mayoría de la población. Mientras, el ingreso de las élites siempre fue alto”, afirma Torres-Rivas, quien también es consultor del Programa de las Naciones Unidas (PNUD).

Juntos pero separados

Obviamente, se han registrado algunos avances, pero más por inercia que como consecuencia de un plan de desarrollo o políticas de Estado. La capital y las cabeceras departamentales tienen otra fisonomía, han mejorado en infraestructura como carreteras, electrificación y conexión telefónica, pero los niveles de pobreza y pobreza extrema siguen ahí, congelados por el tiempo.

Este escenario es el que más mortifica al país. No hay que caminar mucho para observar la desigualdad, muchos pobres con poco y pocos ricos con mucho, lo cual no es tierra fértil para generar una sociedad en desarrollo. A esto hay que sumarle la crisis económica que se vive en la actualidad, en donde factores externos como la desceleración de la economía de Estados Unidos, la especulación de los precios del petróleo y el alza a los granos básicos, anticipan un panorama de mayor desconsuelo y precariedad.

La globalización ha afectado a las clases menos privilegiadas de Guatemala y por ningún lado se ven esfuerzos por reducir la brecha entre ricos y pobres, al contrario, se profundiza cada vez más debido a que hay muchos guatemaltecos que no tiene acceso a la escuela mucho menos a una computadora. La tecnología avanza a grandes pasos y la mayoría se va quedando rezagada, lo cual se convierte en una enorme carga para el país. Pocos pueden competir en el mercado mundial, por lo tanto, la economía se vuelve cada vez más frágil.

Los matices de la confrontación ideológica de finales del siglo pasado aún se mantienen entre los distintos sectores, lo cual no permite sentarse a dialogar sobre los problemas de interés nacional. El exministro de la Defensa Nacional y suscriptor de los Acuerdos de Paz, Julio Balconi Turcios, dice que cuando se intenta llegar a acuerdos surgen las diferencias del pasado, “lo cual no permite sacudirnos de esos mapas mentales y así exponer nuestras ideas en beneficio del interés común”, indica.

“Es el revanchismo de tipo ideológico que se inició en 1954 debido a que los que salieron derrotados no perdonan el triunfo de la Liberación y desde entonces mantienen ese prurito de dividir a los guatemaltecos, y después de los Acuerdos de Paz en contra de quienes vistieron el uniforme del ejército”, aclara el líder anticomunista y del Movimiento de Liberación Nacional, Lionel Sisniega Otero. Esta situación no recrea un clima de verdadera paz y concordia. “Cuando se rascan las heridas, no llegan a curarse”, asegura.

Silencio caro

En lo que no titubean los expertos es en que uno de los legados de la actual generación es el de gobiernos civiles, después de haber sido gobernados durante casi un siglo por cúpulas militares.

Gutiérrez dice que este fenómeno se registró de manera contradictoria. Por un lado, la meta del Ejército era garantizar la preservación del sistema y por el otro quería lograr el desarrollo; sin embargo, no supo construir la base económica y social para promoverlo. “El resultado fue que se enredaron en sus contradicciones y corruptelas, y cayeron en prácticas de represión aberrante”.

El imperio de las armas generó la cultura de violencia que hoy nos asfixia, la cual pretende aplicar justicia por propia mano y no cree en la institucionalidad. Creo una sociedad dispersa, difusa dividida y muy temerosa debido a la represión. Nineth Montenegro, cuyo esposo fue asesinado en la década de 1980, lo cual la llevó a convertirse en activista de derechos humanos y en la actualidad es diputada, cuenta que en el periodo de los militares, cuando “la gente quería hablar se le mataba y el que se oponía se le secuestraba y silenciaba. Desde ahí se fue creando la cultura del resentimiento que hoy nos divide”.

De los resabios de la guerra de 36 años, pocos dudan. Balconi Turcios, reconoce que esta lucha exacervó las diferencias que hoy se marcan entre ricos y pobres, ladinos e indígenas, hombres y mujeres, capitalinos y pobladores del área rural; sin embargo, afirma que el papel del Ejército fue de primer orden, “pese a que se le señale de haber ido más allá de lo que le correspondía como institución armada”.

Pocos pasos

Pero no todo ha sido desconsolador, la apertura democrática a partir de 1986 y la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, han permitido dar algunos pasos seguros. El exministro de la Defensa asevera que en estos tiempos el Ejército está sujeto al poder civil electo por la población.

Además, está en marcha el proceso de conversión, ya que se redujo en 66 por ciento el número de efectivos y también de su presupuesto. Aparte de eso, se cambió la mentalidad de la institución a partir de la actualización de los contenidos curriculares en las escuelas de formación y profesionalización militar. “ Hemos contribuido al fortalecimiento de la democracia sujetándose a las autoridades que manda la ley”, explica.

No obstante, enfatiza que, desde la apertura democrática, existen otros sectores que han tenido mayor incidencia en las decisiones políticas, por ejemplo la Iglesia, debido a que más del 90 por ciento de guatemaltecos es cristiano (católicos y evangélicos).

A lo anterior se debe agregar los intereses del sector económico y los poderes paralelos que, de alguna manera, se han incrustado en el Estado y generan temor entre la población y los responsables de impartir justicia.

Poco a poco se han abierto los espacios de expresión, ahora hay libertad de participación para cualquier concepción política a través de las elecciones. También hay libertad de pensamiento, no importa si es a favor o en contra de los que están haciendo gobierno, porque saben que su vida política no corre peligro como antes. “Hemos recuperado, si no a plenitud, la mayoría de derechos ciudadanos”, opina el militar.

Lionel Sisniega Otero, quien desde la Revolución de 1944 ha enarbolado la bandera del anticomunismo y fue líder del partido de ultraderecha Movimiento de Liberación Nacional, asegura que en este tiempo, el poder está en manos de los empresarios, quienes han convertido la política en empresa y cuyo principal objetivo es satisfacer los intereses de determinados grupos, lo cual ha modificado el esquema de la realización del país. “Guatemala ha tenido dos tipos de gobierno: los militares que han mandado, pero no gobernado, y los civiles que ni gobiernan ni mandan”.

En medio de todo hemos avanzado en la democracia formal, aunque todavía falta en la real, participativa e inclusiva. Hace unos 25 años era impensable abordar la problemática de los pueblos indígenas, así como entrar en el debate de género. En la actualidad, esta temática es parte de la agenda nacional y sus protagonistas actores del proceso. “Mal que bien, hay logros.

Lo que aún se mantiene enquistado en las instituciones es la poca transparencia en los procesos, si no veamos los casos de corrupción en el Congreso de la República”, dice Barahona.

La generación perdida

Dentro de todo este calvario de lágrimas y dolor, en la mente de muchos guatemaltecos existe la gran incognita de qué tipo de país tendríamos en estos momentos si el pensamiento de los 45 mil desaparecidos durante el conflicto armado hubiera tenido ingerencia en la construcción de Guatemala. “Prácticamente hay un vacío generacional que no pudo desarrollar sus ideas en diferentes áreas como la social, económica y cultural”, indica Montenegro, quien considera que este hecho es el que más ha influido en la vida del país. En el ambiente siempre quedará la duda del rumbo que habría tomado el país si esta generación perdida hubiera sobrevivido.

Vistazo general

La memoria de Guatemala está llenas de protagonistas durante el siglo XX. El analista Édgar Gutiérrez hace la siguiente semblanza.

Las cúpulas empresariales vivieron el trauma de la diversificación económica de la época. Ya no eran sólo latifundistas cafetaleros y grandes comerciantes, eran también pujantes industriales, agroindustriales, financieros y comerciantes modernos. Se asumieron como clientes del Estado en una posición acomodadiza con los militares en el poder.

La cúpula de la izquierda hay que separarla en dos: los que trabajaron dentro de los marcos legales de entonces y los que se declararon contestatarias desde inicios de los años de 1960. La primera hizo una lucha tenaz a favor de reformas, lo cual muchas veces les resultó frustrante, pero sin ellas hubiera sido imposible el retorno a la democracia. La segunda, clandestina y armada, renegó la primera y fue la que al final perdió la guerra y su contribución, desde la firma de los acuerdos de paz, ha sido difusa y pobre, en términos de las condiciones materiales que se propusieron transformar.

La cúpula de la derecha, tuvo un rol subordinado y esquizofrénico durante el periodo. Defendían los intereses conservadores terratenientes, pero su base era campesina; hicieron acuerdos a regañadientes con los militares; a veces se comportaban más radicales contra la izquierda que los propios grupos fácticos (terratenientes y militares), pero, a la vez, tenían necesidad de ganar autonomía ante esos grupos.


   

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