El apocalipsis de la Bolívar
La avenida que durante varias décadas fue un referente del desarrollo comercial de la capital, hoy está en decadencia.

Por Francisco
Mauricio Martínez
Fotos: Carlos sebastián
La rutina de la avenida Bolívar se ha transformado de la noche a la mañana. Lejos quedaron los años en los que las personas se arremolinaban en los comercios para preguntar por los precios de lo que ahí se vendía. En la actualidad, los vendedores que aún conservan su trabajo ofrecen con desgano sus mercancías a los escasos vecinos que se asoman.
“¿Qué busca? Pase adelante; pregunte, pregunte”, son algunas de las frases que expresan los dependientes de manera casi mecánica. En sus rostros y su apagado tono de voz se advierte el pesimismo... como sabiendo de antemano que sus palabras se las llevará el viento. “Qué nos queda... ofrecer, porque para eso nos pagan”, dice una vendedora de enseres de sala ubicado en la 36 calle, entre bostezos.
La algarabía que imperaba en este centro del comercio es ahora solo una postal del recuerdo de las décadas de 1970 y 1980. Cada vez es menos la cantidad de negocios que abren sus puertas; algunos propietarios, incluso, ya no lo hacen a diario. Este es el caso de un restaurante de comida china. “(Su propietario) lo abre cuando quiere, tal vez porque no le va bien”, dice Faustino Pérez, un voceador.
Inicio de la decadencia
Los vendedores de este ícono del comercio capitalino tienen claras las causas y el momento en que se inició el apocalipsis en esta arteria, y no dudan de que fue la puesta en marcha del proyecto del Transmetro, en enero recién pasado. Con esto, los autobuses urbanos ya no circulan por el lugar y, por lo tanto, los clientes se alejaron. Además, los cepos empezaron a proliferar en los vehículos de los que intentaban comprar. “En la calle de atrás se pueden parquear, pero la gente no lo sabe”, explica Ester Neira, encargada de una mueblería, desde hace ocho años.
Los negociadores consultados no se oponen a este proyecto de transporte, debido a que están conscientes de su importancia; sin embargo, lamentan que sean las mayores víctimas. Neira considera que, para no convertir en “un cementerio” esta área, deberían dejar circular algunas rutas de transporte urbano. Pedro Cardona, otro vendedor de muebles, considera que la Policía Municipal de Tránsito debería ser menos drástica con los compradores que se estacionan durante algunos minutos (la multa es de Q500).
De la noche a la mañana
No se necesita hacer complicadas operaciones matemáticas para darse cuenta del fenómeno. En cada cuadra se observan rótulos donde se lee: “Se alquila” o “Se vende, llamar al tel...”. En otros casos, el drama es mayor, debido a que no tienen ningún anuncio, pero se observan los estragos del abandono. Las pintas de nada sirven, porque nadie está dispuesto a comprar o arrendar un inmueble, debido a que le ven poca plusvalía. “Todo se vino abajo”, lamenta Neira.
Los alquileres se están viniendo a pique, por varias razones. Los arrendatarios dicen que son tan pocas las ganancias que no les alcanza para pagar la renta, por lo que deben trasladarse a un local más pequeño y barato. Al marcharse, el impacto lo recibe el propietario del inmueble, porque debe alquilarlo por una suma menor o se condena a que nadie lo ocupe. Este fenómeno se evidencia cuando se observa el estado de abandono de algunos bienes.
El despido de empleados ha sido galopante. Cardona cita como ejemplo que, antes del Transmetro, trabajaban cuatro vendedores en la mueblería; en la actualidad, solo hay dos. Aparte, los sueldos se han estancado, debido a que no hay ingreso de recursos. “Algunas patojas (vendedoras) renuncian porque lo que ganan es poco y, al final, optan por irse a otra empresa”, explica Cardona.
Lo anterior no significa que la mano de obra sea escasa en los negocios. El propietario de un almacén de electrodomésticos, que pide no ser identificado, cuenta que pese a que los sueldos son bajos, existe demanda de los puestos, lo cual se observa cuando algún empresario coloca un anuncio en los clasificados de los diarios.
“Vienen muchas señoritas y jóvenes de las maquilas que están cerrando”, dice.
Una de las líneas más afectadas fue la comida, debido a que la gente transita por la avenida es escasa. La poca demanda de alimentos proviene de los propietarios y empleados del área. Durante este lapso han cerrado sus puertas, entre otros, un restaurante de comida italiana, la cafetería Bolívar y el local de una cadena de pasteles. Algunos dicen que en total han sido 20, 30 y 40; cada quien tiene su propia versión. Aparte, la mayoría de vendedores de golosinas, tacos y hot-dog han emigrado.
Sin presente ni futuro
Los más previsores están conscientes de que en esta avenida queda poco por hacer. El propietario de la ferretería Contrufeso, que fue abierta en 1971, por su padre, cuenta que desde enero del año recién pasado decidió ya no comprar un tornillo más, debido a las expectativas que le creó el nuevo sistema de transporte.
El caso de su negocio se puede replicar a otros empresarios. Durante muchos años, gracias a la lucha de su padre, se convirtió en la ferretería más grande del área. En la actualidad, la realidad dista mucho de las décadas de 1970 y 1980, debido a que las galleras (sitio donde se coloca el material para construcción) se encuentran vacías, así como también las bodegas del segundo piso. “Ahora sólo vendo saldos”, se queja.
El desconsuelo para este pequeño empresario es mayor cuando evoca que hace unos años le daban Q1.6 millones por el local. Ahora, las cosas han cambiado drásticamente. Durante cuatro meses ha publicado en anuncios clasificados la venta del inmueble y, quizá, ha llamado nada más un 10 por ciento de la cantidad de personas que se interesaron antes; los que llaman, no se acercan en lo más mínimo al precio. “La Bolívar no tiene presente, mucho menos futuro”, dice, con nostalgia. |