Semanario de Prensa Libre • No. 191 • 02 de marzo de 2008

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D cultura

¿Así que eso es ser escritor?
Paulo Coelho describe, en su libro Ser como el río que fluye, la forma como eligió el camino de las letras.

 

“Cuando yo tenía quince años, dije a mi madre:
—He descubierto mi vocación. Quiero ser escritor.
—Hijo mío —me respondió ella, con expresión triste—, tu padre es ingeniero. Es un hombre lógico, razonable, con una visión precisa del mundo.

¿Sabes tú qué es ser escritor?
—Alguien que escribe libros.
—Tu tío Haroldo, que es médico, también escribe libros y ya ha publicado algunos.

Ve a la escuela de Ingeniería y ya tendrás tiempo de escribir en los ratos libres.
—No, mamá. Yo quiero ser sólo escritor, no un ingeniero que escribe libros.
—Pero, ¿has conocido ya a algún escritor? ¿Has visto a un escritor alguna vez?
—Nunca. Sólo en fotografías.
—Entonces, ¿cómo es que quieres ser escritor, sin saber exactamente lo que es eso?
Para poder responder a mi madre, decidí hacer una investigación. Esto es lo que redescubrí sobre lo que era ser escritor a comienzos de decenio de 1960:

a) Un escritor siempre usa gafas y no se peina bien. Pasa la mitad del tiempo enojado con todo y la otra mitad deprimido. Vive en bares discutiendo con otros escritores con gafas y despeinado. Habla de una forma difícil de entender. Tiene siempre ideas fantásticas para su próxima novela y detesta la que acaba de publicar.

b) Un escritor tiene el deber y la obligación de no ser comprendido jamás por su generación... o nunca llegará a ser considerado un genio, pues está convencido de haber nacido en una época en la que impera la mediocridad.

Un escritor siempre hace varias revisiones y cambios en cada frase que escribe. El vocabulario de un hombre común y corriente se compone de tres mil palabras; un verdadero escritor jamás las utiliza, ya que existen otras 189 mil en el diccionario y él no es un hombre común y corriente.

c) Sólo otros escritores comprenden lo que quiere decir un escritor. Aun así, detesta en secreto a los otros escritores, ya que se disputan las mismas oportunidades que la historia de la literatura brinda a lo largo de los siglos.

Conque el escritor y sus pares se disputan el trofeo del libro más complicado: se considerará el mejor al que consiga ser más difícil.

d) Un escritor entiende de temas cuyos nombres asustan: semiótica, epistemología, neoconcretismo. Cuando desea sorprender a alguien, dice cosas así: “Einstein era un burro” o “Tolstói es el payaso de la burguesía”. Todos se escandalizan, pero repiten a los otros que la Teoría de la Relatividad está equivocada y que Tolstói defendía a los aristócratas rusos.

e) Un escritor, para seducir a una mujer, dice: “Soy escritor”, y escribe un poema en una servilleta: siempre da resultado.

f) Gracias a su inmensa cultura un escritor siempre consigue un empleo de critico literario. En ese momento es en el que demuestra su generosidad, escribiendo sobre los libros de sus amigos. La mitad de la critica está compuesta de citas de autores extranjeros; la otra mitad son análisis de frases, donde emplea siempre términos como “el corte epistemológico” o “la visión integrada en un eje correspondiente”. Quien lee la crítica comenta: “¡Qué persona más culta!”, y no compra el libro, porque no va a saber cómo continuar la lectura cuando aparezca el corte epistemológico.

g) Cuando le piden que diga qué está leyendo en ese momento, un escritor siempre cita un libro del que nadie ha oído hablar.

h) Sólo existe un libro que despierta la admiración unánime del escritor y sus pares: Ulises, de James Joyce. El escritor nunca habla mal de este libro, pero cuando alguien le pregunta de qué trata, no consigue explicarlo exactamente, con lo que hace dudar de que de verdad lo haya leído. Es un absurdo que Ulises nunca sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como una obra maestra; tal vez se deba a la estupidez de los editores, que desaprovechan la oportunidad de ganar mucho dinero con libro que todo el mundo ha leído y apreciado.

Provisto de todas esas informaciones, volvía hablar con mi madre y le expliqué exactamente lo que era un escritor. Ella se quedó un poco extrañada.
—Es más fácil ser ingeniero —dijo—. Además, tú no llevas gafas. Pero yo ya estaba despeinado, llevaba mi cajetilla de Gauloises en el bolsillo y una obra de teatro bajo el brazo (Limites de la resistencia, que para alegría mía, un critico califico de “el espectáculo más loco que he visto”), estudiaba a Hegel y estaba decidido a leer Ulises a toda costa. Hasta el día en que apareció un cantante de rock, me pidió que compusiera las letras de sus canciones, me retiró de la búsqueda de la inmortalidad y me colocó de nuevo en el camino de las personas comunes y corrientes.

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