Semanario de Prensa Libre • No. 192 • 09 de marzo de 2008

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D cultura

Tiempos de jacaranda
¿A qué vino al mundo? Al igual que la hoja que cae y tan sola viaja: no sabe.

Por Juan Carlos Lemus

Jacaranda. Voz lila de marzo y abril. Como cuando las nubes sueltan la lluvia o el trigo brinda sus fibras para el nuevo pan, la jacaranda despide a sus flores para mojar de lila su propia sombra.

De los árboles milenarios, del ciprés cuyos frutos alivian del mal de amígdalas, del pino que afeitado cubre de olor a leche vegetal los pies de los enfiestados, es la jacaranda un árbol tierno y robusto que pone música visual sobre la tierra seca, y da el coro a las marchas fúnebres de Semana Santa.

Por estos días, el árbol de jacaranda desprende a sus hijas, las flores, y de pronto es un pequeño otoño el que surge a sus pies, un lago morado.

El corozo: fragancia que contiene la religión y la muerte, espesa niebla de olor pantanoso, fragante arco de los cementerios. La jacaranda es hermana del corozo y de las veladoras que se constriñen para expulsar su raro espíritu, el humo. Parientes del himno procesional, del sudor en los cuellos penitentes o de los que brillan sobre las nucas en las playas, danzan con su pesadez enraizada.

La jacaranda recibe las tijeras del viento que al botar sus flores retoca la tierra.
Las ropas moradas de los cucuruchos, sus pálidos lilas en los pechos o en los cinturones, el resplandor violeta de sus gorros: es la jacaranda ritual que adorna la zafra luctuosa del año. Los penitentes enfilan por las calles acompañando al Justo herido, espectral y muerto que se desplaza lentamente, humillado pero victorioso, descarnado, bello; pasa vagando en rima con el diapasón fúnebre del dolor, más triste que las campanas cuando doblan a muerto en las catedrales.

¿Qué tiene la jacaranda, cuya dentadura cae, hecha papel violeta, y deja las ramas cicatrizadas? ¿Qué quiere? ¿Por qué da su vino gratuito, su copa, un plato en la tierra, por qué cede al viento? No quiere, parece, nada. Tampoco el corozo busca satisfacer los olfatos místicos. Ni el pino sabe que regado en el suelo será barrido por la pareja que intercambia dulzonas hormonas. No sabe tampoco a qué vino la jacaranda al mundo, ni lo sabe la hoja que cae y que solitaria viaja.

Pronto vendrán mayo y junio con sus guerreros de agua para replegar al pueblo dentro de su casa. Y las prendas lilas serán dobladas dentro del armario que volverá a sacar, si tiene suerte, el cucurucho al año siguiente.

Pero las flores lila de las jacarandas se harán ajados papeles sepia dentro de la basura; adquirirán su propio color de muerte, su putrefacción apelmazada entre los costales, su propio cementerio.

El árbol de jacaranda, ese nocturno que soporta el frío de las madrugadas y los diabólicos rayos del sol, esa jacaranda del Cerro del Carmen reflorecerá con gracia el año venidero. Y repartirá su vino, su alfombra, lila de engañosa franela, y volverá a dejar que las tijeras del viento le corten sus frutos, sin saber por qué, ni para qué, tal como la Naturaleza no sabe para qué viaja, ni para qué existe.

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