Manuel Ledesma
“Se debe incluir la muerte del ego”
Ledesma explica lo que dice la antropología gnóstica acerca
de la simbología de la Semana Santa.
Por Juan Carlos Lemus
Foto: Carlos Sebastián
Con la Semana Santa llega la penitencia. Mas ¿qué hay del retorno a la ira, la agresividad y el odio el resto del año? Lo psicólogos y los religiosos tienen sus respuestas. El director del Círculo de Investigación de Antropología Gnóstica de Guatemala, Manuel Ledesma, expone algunos puntos de vista de la institución que representa.

¿Cómo es la Semana Santa, desde el punto de vista de la antropología gnóstica?
Es un proceso profundamente antropológico, cuyas raíces, obviamente, están centradas en la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo, pero que, lamentablemente, a la larga solo suele celebrarse el punto de vista histórico, que en nuestro país se conmemora con las procesiones y con las tradiciones que tenemos. Hay una fascinación, no cabe duda, con todo este evento, pero, sobre todo, es curioso que quizá lo que más atrae de la Semana Santa es el aspecto de muerte que se da con la sangre, los golpes, con la tortura misma. No cabe duda que, en este sentido, Sigmund Freud tenía razón: hay dos grandes impulsos en el hombre, uno es el de Eros, que tiene que ver con la lívido, con la sexualidad, y el otro es el de Tánatos, que es el de la muerte y que vemos reflejado en la Semana Santa cuyo día más relevante es el Viernes Santo. En este sentido, las procesiones del viernes son más relevantes que el Día de la Resurrección, y debería ser al contrario, porque es el del triunfo de Jesús sobre la muerte.
¿De dónde tal fascinación por la muerte?
No cabe duda de que somos una cultura donde se nos dedica un enorme esfuerzo y energía para prepararnos para la vida, tanto en la casa como en el colegio o la universidad, pero no se nos prepara para la muerte, como ocurre con otro tipo de culturas orientales, por ejemplo, donde la muerte es sencillamente un paso más, donde se aprende que vida y muerte vienen a ser lo mismo, las dos caras de una misma moneda. El proceso de la muerte no es un tema que se pueda tocar en una sobremesa de domingo familiar, ya que es algo incómodo, por eso, mucha gente lo elude, aunque al mismo tiempo existe la etapa de fascinación.
¿Significa que vemos a la muerte como algo negativo?
La vemos en su aspecto negativo porque representa una separación dolorosa personal de algo, de ingresar en un umbral desconocido, lo cual genera temor; pero al mismo tiempo se logra intuir que hay algo más.
La persona que es fundamentalmente religiosa intuye la existencia de algo más allá de la muerte, algo que le da una razón de ser más profunda, pero posiblemente eso le genera el temor propio que da la incertidumbre. Habría que ver a la muerte desde otra faceta. En muchas culturas antiguas se ven templos que están cubiertos con calaveras; templos donde se le rendía culto a la muerte; eso tendemos a verlo como algo truculento, salvaje.
El maestro Jesús de Nazaret, con el drama que él mismo escenifica, no sólo hace un pacto de redención sino que nos deja una especie de manual ilustrado de lo que el hombre tendría que hacer para trascender y que su alma y su espíritu lo lleven nuevamente a perfeccionarse.
Para eso, la muerte es indispensable. Pero, obviamente, él hace referencia, con énfasis, no a la muerte física, sino al ego. Como él mismo lo anunciara: si queremos que un árbol crezca bien, la semilla tiene que morir.
Es decir, si queremos que surja en nosotros algo superior, la naturaleza interior nuestra tiene que desaparecer, tiene que morir. El planteamiento judeo-cristiano dice de que el hombre fue creado como un ser perfecto en su origen, pero a causa de que cometió una falta queda sujeto al dolor, a una especie de maldición.
Sabemos que es así como el hombre va complicando su existencia a lo largo de los siglos, pero la divinidad envía periódicamente mensajeros, profetas, con el propósito de volver a enseñarle cuál es la razón de su existencia.
Y esta razón no es el éxito comercial o la riqueza, aquello que usualmente busca, sino que es volver nuevamente a conectarse al principio divino o creador. Ese es el sentido de la palabra religión, que viene del latín religare y significa volver a unir, en este caso, el alma del hombre con su principio creador.
¿El objetivo de la existencia, sería, entonces, volver a la religión?
No, el fin de la existencia sería ejercitar la religión. Ésta viene a ser el sistema, el método. Hay una vida de tipo religioso cuya máxima aspiración es el reencuentro, ese retorno al origen, pero la inmensa mayoría de los seres humanos más bien lo que tiene es una fascinación por la existencia, por lo que la vida le puede dar para gozarla. Las personas no religiosas se olvidan de la divinidad.
Las personas que tienen una aspiración de tipo religioso comprenden que algo tiene que cambiar dentro de ellas, porque una persona cargada de dolor y amargura difícilmente puede proyectar felicidad hacia otros; no podría ser un bálsamo para los demás; pero una persona que ha hecho trascender su propio sufrimiento y que ha recuperado esa felicidad intrínseca natural del hombre sí puede ser ese bálsamo.
Una persona debería buscar dónde están las raíces de su dolor.
Una razón aparente puede ser una enfermedad o una mala situación económica, o sus problemas familiares, pero realmente hay una causa. Cuando una persona lo ve así, como algo que tiene una causa y que el objetivo del dolor es que el alma madure, es entonces cuando puede ver los procesos de la Semana Santa de una forma no solamente histórica.
Los antiguos gnósticos veían al Cristo no sólo como un personaje histórico y como Mesías, sino además como la manifestación física de algo que todo ser humano posee en su interior, una partícula del Cristo que está dentro de cada individuo.
Para los antiguos gnósticos y para los modernos, el principio de religión no es algo externo al hombre. Jesús hizo su labor, su proceso redentor, pero le queda otra parte por hacer al individuo, pues si con lo que Jesús hizo fuera suficiente, todos viviríamos en un paraíso, pero realmente lo que tenemos es un mundo terrible y violento, lleno de bajas pasiones, en fin, seguimos teniendo todo lo que Él quiso erradicar; algo ha fallado, pero hemos sido nosotros, no Él ni la religión.
¿Cuál es la utilidad de los esfuerzos en Semana Santa si no hay una erradicación del sufrimiento?
Hay que recordar que la sociedad es la suma de los individuos. Buscar cambios sociales es una visión equivocada porque la historia nos ha demostrado que no podemos hacer un cambio social por decreto. La persona que quiere cambia y si no quiere, está en su derecho. Pongamos por ejemplo, si una persona quiere dejar algún vicio como el alcohol o las drogas, va a ser mucho más fácil si está convencida de que tiene que dejarlos porque eso le está destruyendo la vida; pero no funciona si alguien le quiere imponer que se los quite. En el caso de la gnosis, lo que pretendemos es que el individuo, en primer lugar, se conozca a sí mismo, por eso, es una autognosis con el fin de identificar todas esas facetas de su interior. Cuando vemos ese símbolo extraordinario de cuando Jesús entra al templo, látigo en mano, y expulsa a los mercaderes del templo, hay personas que justifican la ira diciendo “cómo no me voy a enojar, si el propio Jesús se enojó y sacó a golpes a los mercaderes”, pero, en realidad, eso es un símbolo.
¿Cuál es ese símbolo?
Lo que representa el Cristo en este caso es el Cristo interno; el templo vendría a ser el interior del hombre mismo, tal como dicen las escrituras: “Sois templos del Dios vivo”. Cristo tiene que sacar a los mercaderes con látigo en mano; el simbolismo de ese látigo es la voluntad, los mercaderes del templo son las bajas pasiones, las emociones negativas, lo que el cristianismo llama los siete pecados capitales; son el ego, los “yoes” que son los que gobiernan la psique del ser humano y que mientras sigan allí dentro, es imposible que el hombre tenga paz.
¿Cuál es la gran alegoría del Vía Crucis, muerte y resurrección?
La Semana Santa es un proceso interno. La semana tiene siete días porque, según el Génesis, Dios crea el universo en ese tiempo. La Semana Santa es volver a practicar el mismo proceso de la creación dentro del individuo, en aras de que muera lo que está demás dentro él, lo negativo, el yo; cuando eso se erradica, se alegoriza todo el drama de la Pasión de Jesús, entonces se forma un nuevo cosmos. Esta palabra, cosmos, en griego, significa “orden”; es decir, llega a existir un nuevo orden dentro del individuo, se crea algo nuevo.
Cualquiera afirmaría que se trata de un círculo vicioso, porque se celebra la Semana Santa, pero el resto del año se continúa en el conflicto interno y la violencia.
Lo que sucede con los ritos, propiamente con los rituales que vemos en las misas, los cultos, las procesiones, etcétera, es que se suelen tomar tan sólo por su significación externa. Asistir a esos ritos o cargar en las procesiones es una actividad interesante, pero que debe incluir la muerte del ego. Una persona puede ir a éstos y cumplir, pero puede que siga siendo iracunda, orgullosa, es decir, no cambia, porque lo que se requiere es comprender las enseñanzas del maestro Jesús, quien nos enseñó que hay que expulsar a los mercaderes del templo interior.
Cuando el hombre no ha comprendido esto, lo único que hace son cambios cosméticos. Lo maravilloso es que los ritos externos se complementen con el proceso de cambio interior. Las personas usualmente esperan ser felices en base a que las personas a su alrededor cambien, porque ven la causa de su infelicidad centrada en otros. Pero si una persona se ve liberada de todos los factores negativos internos, comprende el sentido real del rito para vivirlo a plenitud.
En la actualidad, nos angustiamos por la violencia que se vive en nuestro país y esperamos que alguien venga y solucione el problema, que lo solucione el Gobierno, la Policía, pero lo cierto es que el primer compromiso que tenemos es con nosotros mismos.
¿Cómo pueden ocurrir esos cambios?
La gnosis es un proceso eminentemente experimental, lo que busca es que el individuo se abra ante la posibilidad y lo intente, y conforme practique por sí mismo empiece a cambiar. La visión terrible del redentor en la cruz viene a reflejar eso: es el “hombre de dolor”, pues quitarse las pasiones a las cuales uno está aferrado genera dolor. El término real que deberíamos usar no es el término cristiano sino crestiani. Ambos términos son griegos y existen desde antes de Jesucristo. Cristo es el ungido, y el único que podría denominarse cristiano es aquel que ha logrado encarnar al Cristo en sí mismo. El crestos, para los antiguos griegos, era el “hombre de dolor”, el “aspirante a”, el que se estaba preparando para convertirse en cristiano. Nos hemos quedado en la etapa del crestos, es un círculo vicioso donde hemos permanecido por siglos porque no hemos entendido el proceso.
Manuel Ledesma
En 1999 fue nombrado Coordinador Nacional para Guatemala del Círculo de Investigación de la Antropología Gnóstica, institución benemérita mundial con presencia en más de 25 países alrededor del mundo, puesto que desempeña hasta la fecha.
Ha impartido conferencias en Canadá, Estados Unidos, México, El Salvador, Costa Rica y Francia.
En 1984 se graduó como Instructor Gnóstico en el Centro de Formación de Instructores Gnósticos de México.
En 1987 asumió la dirección, junto con su esposa, de la Asociación Gnóstica de Estudios Antropológicos y Culturales de Guatemala.
En 2004 tuvo a su cargo la dirección del XVI Congreso Internacional de Antropología Gnóstica, en la Antigua Guatemala; evento que contó con la participación de delegaciones provenientes de 17 países, entre los que se encuentran Australia, México, Canadá, Estados Unidos, los países centroamericanos, Portugal, España, Francia, Italia, Puerto Rico, Italia, Argentina, Chile y Uruguay. |