La música santa
Se trata, en su conjunto, de una música que podemos llamar guatemalteca, debido a sus rasgos idiosincrásicos.

Por Paulo Alvarado
Fotos: Carlos Sebastián
El maestro Ricardo Solórzano dirige la banda para la procesión que inaugura la Semana Mayor —la que sale a las 6 de la mañana, el Domingo de Ramos, del templo de Capuchinas— desde hace 14 años. Como otros directores de banda, su trabajo consiste en coordinar un ensamble que oscila entre 30 y 40 músicos (en procesiones más grandes, llega a participar el doble de intérpretes), mientras camina de espaldas a las andas que, en este caso, llevan una imagen de Jesús montado en una borriquita.
Durante el trayecto, que dura casi una jornada laboral completa, se incluyen piezas cuyos inconexos orígenes posiblemente sorprenderían a la generalidad de quienes acompañan el cortejo: Puente sobre el río Kwai... Belice es Guatemala... Cadete guatemalteco...
Sin embargo, la música empleada para esa ocasión no es la que distingue a la Cuaresma en nuestro país. Lo que caracteriza a la música procesional chapina, desde Quadragésima (como anteriormente se denominaba al domingo que inicia este ciclo litúrgico) hasta el Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado de Gloria), son las marchas fúnebres. El Domingo de Resurrección, cuando el motivo de conmemoración es el triunfo sobre la muerte, las bandas vuelven a tocar obras festivas.
Dentro de lo interpretado se cuentan fragmentos de obras europeas que han servido de machote, por así decirlo, para las marchas de la Semana Santa, como La Lacrymosa de Mozart, el Stabat Mater de Rossini, el Agnus Dei de Bizet y, ante todo, el célebre tercer movimiento de la sonata Opus 35 para piano de Chopin —su Marche Funèbre—.
No obstante, el grueso del catálogo consta de piezas debidas a músicos locales, muchos de los cuales son recordados únicamente por algún ejemplar del género. Es imprescindible La Granadera, que se toca a la salida y a la entrada de los templos, así como las piezas con las que han llegado a identificarse determinados barrios del Centro Histórico de la capital: Una Lágrima (Candelaria), La Reseña (La Merced), Jesús del Consuelo (La Recolección), Ternura Infinita (La Parroquia), La Fosa (Santo Domingo)... por mencionar unas cuantas, de la gran cantidad de piezas que los músicos se saben de memoria.
Se trata, en su conjunto, de una música que podemos llamar guatemalteca, más por sus rasgos idiosincrásicos que por sus peculiaridades artísticas. Al igual que el cristianismo, cuyas festividades complementa, esta música es una aproximación a prácticas extranjeras, y su origen no es tan remoto como a menudo se piensa. De hecho, finalizada la época colonial todavía se estilaba música barroca para la liturgia y la devoción, compuesta y ejecutada por personas especialmente preparadas para tal propósito.
En cambio la mayoría de las piezas que se ejecutan en la actualidad para las procesiones cuaresmales fueron escritas durante el Siglo XX con base en modelos decimonónicos, y quienes las tocan no son músicos ligados al culto eclesiástico, sino miembros de bandas militares u otros contratados para el efecto.

Es de notar, de manera parecida a lo que sucede con la marimba, que el repertorio musical de las procesiones no ha cambiado gran cosa en cien años, y cualquier contribución inédita debe ajustarse a esa tradición para postularse al repertorio. “La costumbre se vuelve ley”, comenta Solórzano respecto de la resistencia que exhiben, tanto autoridades como los propios integrantes de las bandas, cuando se trata de encarar nuevas propuestas.
Por parte de los primeros incluso “existe oposición a que se interpreten piezas de tinte folclórico, como los sones”, mientras que los segundos prefieren repetir lo mismo cada año “a fin de no verse en la necesidad de aprender temas con tratamientos melódicos o armónicos diferentes”, agrega este maestro con varias décadas en la faena.
En última instancia, lo que conmueve al espectador es la estimulación simultánea de sus sentidos: la dramática talla de las imágenes, el esfuerzo físico de quienes cargan las andas, su vistosa indumentaria, las espléndidas alfombras de serrín, el olor a corozo, a flores, a incienso, y... la cadenciosa música de la Semana Santa guatemalteca.
Datos curiosos
Entre los instrumentos de viento se cuentan el pícolo o flautín, el clarinete, la trompeta, el trombón, y las tubas: tenor, barítono y bajo. La percusión abarca redoblante, platillos, bombo y lira. Montados sobre ruedas, pueden incluirse timbales y gong.
A fines de la década de 1950, una procesión de ocho horas de duración suponía un pago de Q4 por músico, a razón de Q0.50 por hora. Hoy la hora se paga entre Q30 y Q70, según la categoría del ejecutante y la disposición de los organizadores.
La procesión más breve es de dos horas. La más prolongada dura hasta 14 horas. |