Un tarro de academia y jolgorio
Joaquín Orellana (derecha) autor de las Cancioncillas nostalgimientes bufonantes, junto al cantante Fernando López.
Por Juan Carlos Lemus
Foto: Carlos Sebastián
Joaquín Orellana es un minero que desciende a las profundidades de su interior y extrae, a golpe de piocha y pentagrama, rocas que sube a la superficie de sí mismo convertidas en música cromática.
Sus composiciones para piano, violín, coros, “útiles sonoros” y otros instrumentos tienen trazos de gran colorido; sus emociones van de pigmentos tenues, a veces llorones, a las violentas filtraciones de un buen aguacero.
Su habilidad excepcional para crear diseños melódicos es consecuencia de una osada experimentación con la forma y el contenido que ha revelado a lo largo de su vida artística. Sus famosos “útiles sonoros”, por ejemplo, son instrumentos musicales de impresionante variedad tonal.
Además, constituyen el más atrevido rediseño formal que se haya hecho derivado de la marimba. Esculturales y útiles, evidencian el pulso de un artista de auténtica cepa, empeñado en la búsqueda de nuevos giros musicales puestos al servicio de sus emociones.
Los músicos serios, por lo general, pulen la estructura musical con plomada y teodolito en mano. Alcanzan la perfección a fuerza de poner a prueba cada uno de los ángulos; encuentran la justa verticalidad; calculan que las notas no sobren ni falten.
Lo mismo hace Orellana, pero él avanza siempre caverna dentro; hunde las manos y escarba el subsuelo para ver qué combinaciones pueden describir de mejor manera su dolor, nostalgia, bufonería y jolgorio.
Por eso es que su música, además de la solidez que le otorga su rigurosidad estructural, llega empapada de fantasmas. La furia humana, bien lo sabemos, puede bombardear una ciudad o crear la Novena Sinfonía.
Esa combinación en Joaquín Orellana, donde lo académico y lo emocional bailan su mimoso vals, de la mano y entre las tormentas de sus instrumentos, se halla encerrada en cada una de sus composiciones, todas ellas experimentales, contemporáneas y de difícil aceptación dentro de los círculos académicos más conservadores.
Por estos días prepara uno de sus más inusuales proyectos: un disco y una película documental que se titulan Cancioncillas nostalgimientes bufonantes, que serán publicados en junio.
Es un volumen de nueve canciones, ocho letras del maestro y una de la poetisa Carolina Escobar Sarti. El intérprete es Fernando López, uno de los más celebrados trovadores del país. Si Orellana pone su genio, López dispensa la voz que hace vibrar ese genio.
Este cantante ha tenido una carrera ascendente desde los años 1980, cuando junto con los de su generación (José Chamalé, Gad Echeverría, Rony Hernández, Canto General) tenían el horizonte puesto en el desarrollo de una música urbana, trovadora y de contenido social.
Los instrumentos para Cancioncillas nostalgimientes son guitarra, un poco de marimba y piano (interpretado nada más y nada menos que por Alma Rosa Gaytán). Los ritmos: sones, pasillo venezolano, algo de tango y rasguños de bolero. En algunos momentos, las composiciones, cita Joaquín Orellana, están centradas “en el sagrado ámbito del Lied”.
En efecto, el disco, que fue grabado el 23 y 24 de febrero, es una extraña tierra de nueve canciones apelmazadas cuya mezcla es un ladrillo poderosamente poético, hecho de materia lúdica, nostálgica y amorosa. Es un tarro de academia y de jolgorio.
Las letras tienen lingotes de pasión (Sonecito chilero y Has de añorar); amores complejos (Cervecita del tarro dorado.
Sentimentalada con guiño, en memoria de un idílico momento matizado con cerveza de barril); nostalgia por la niñez (Barrio mío); un resabio operático y fantasmal (El piano de la Calle 4); la divertida impotencia de un pretendiente (Para decírtelo bien); una reconciliación al momento de la muerte (Alfarera del perdón, de Escobar Sarti); el coqueteo amoroso (Sueño de poetisa y bufón), y la balada de una migrante muerta en el camino.
Episodios grotescos, gemidos nostálgicos y cierta bufonería son el sello de Orellana que, sumada la voz de López, hacen de Cancioncillas nostalgimientes bufonantes un tomo importante de la nueva canción guatemalteca.

Orellana recalca, autocrítico, que sus letras contienen ciertas combinaciones “fáciles”, tales como “calles calladas”, “sutil pensil”, “cantor ruiseñor” o “piano lejano”, todas hechas a propósito.
Sin embargo, en cuanto aparece una de ellas (o algún clisé, que también los tiene, como “en tu tierno modo de sonreír”, por ejemplo) inmediatamente se impone la virtud melódica y se aceptan como justa cuña para cantar con honestidad lo que no se debe disfrazar con vestidos elegantes. Es así como la sencillez (la verdadera y honesta sencillez) es traída de las profundas categorías de la psique, donde habitan Dios y el diablo.
El maestro supo que se haría músico a los 8 años de edad, cuando lo sorprendió jugando cincos un concierto para piano de Tchaikovsky; ahora sigue combinando cincos y sublimidad.
Después de inventar instrumentos musicales, de crear composiciones propias de un músico contemporáneo y académico por excelencia, nos ofrece un tarro de cerveza donde su rigor intelectual se une con esa actitud lúdica y —queramos o no queramos— también chingona que, afortunadamente, siempre nos ofrece la vida.
La obra del compositor
La obra de Joaquín Orellana incluye más de 40 composiciones y 30 útiles sonoros derivados de la marimba.
Títulos: Humanofonía (1971); Violín sideral (1972); Imposible a la X (1980); Híbrido a presión (1982); Canción de Imbervalt (1984); El violín valsante (1984); Cerros de Ilom (1992); Sacratávica (1998); Ramajes de una marimba imaginaria (1990), grabada en CD del mismo nombre en 1995; La tumba del Gran Lengua (2001), presentada en Guatemala y España.
Útiles sonoros: Imbaluna, Circumar, Ciclo Im, Aluperlin, Troam, Pinza-Fer, Bazookimba, Ululante y Prehimulinho.
Libro: El violín valsante de Huisderio Armadel.
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